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NOLA, entrevista a Antonio Jiménez Morato

Esther Peñas entrevista a Antonio Jiménez Morato con motivo de la publicación de su libro, NOLA. En Solidaridad Digital:

«La Historia no es más que una rama de la literatura con pretensiones documentales»

nolaDespués de algunos títulos más que estimulantes (La piedra que se escribe, Mezclados y agitados o Lima y limón), del florilegio antólogo de Poesía en mutación o de la selección –como toda colección siempre impugnable– de cuentos del mejicano Alberto Chimal, Siete, este filólogo y maestro, también crítico literario llamado Antonio Jiménez Morato (1976) acaba de regalarnos una novela alucinada, densa como sangre de sacrificio en prosa, que nos atropella, nos seduce, nos embiste y nos fascina a partes iguales: NOLA (Jekyll & Jilles), un asentamiento en intensidad de escala (narrativo, emocional, lingüístico, sonoro) en la ciudad de Nueva Orleans.

«Suena horrible, lo sé, me imagino tu cara ahora mimo hipócrita lector», escribe el narrador cuando da cuenta del olor de los jóvenes que viven en la calle. ¿La buena literatura es aquella que incomoda al lector?

No sabría decir si tiene que incomodar como tal, porque la sensación de displacer no es la única característica de la buena literatura, quiero decir que la buena literatura no se caracteriza solo por ser displicente, pero sí creo que, desde luego, no puede dejar indiferente al lector. Iría más allá, no solo no debería dejar indiferente al lector, sino tampoco al estamento literario, ni a su industria o ámbito profesional, elija cada uno el término que quiera, ni siquiera al propio autor que la escribió le podría dejar incólume. Porque muchas veces se olvida algo tan sencillo como eso, que una literatura que el autor suelta como quien va al retrete no va a cambiar la literatura, ni siquiera va a permanecer allí mucho tiempo, apenas lo que se tarde en accionar la cisterna. Hoy vivimos en medio de una profusión de una literatura de consumo, contra la que no tengo nada per se, hay literatura de consumo que es estupenda, aunque conviene no perder de vista cuáles fueron sus objetivos y presupuestos, no dejar de lado como suele hacerse demasiado a menudo que tampoco eran especialmente ambiciosas en lo literario, y eso las lastra aunque no queramos verlo porque todos tenemos eso que ahora llaman «placeres culpables» y antes se denominaban «debilidades», estoy pensando en Zweig o Simenon, cimas de la literatura de consumo pero literatura de consumo a fin de cuentas. Sí que me resulta un tanto incómodo que el mero argumento de la cantidad de libros vendidos sirva como marchamo de la supuesta calidad de un libro, que sea un mecanismo objetivo no lo hace válido, ni sobre todo omnipotente, me temo. Nadie diría que un menú de una cadena de hamburgueserías es mejor que un filet mignon porque se vendan muchos más menús. Por ejemplo, bajando mucho el listón respecto a los ejemplos anteriores: todo el revuelo con los Carmen Mola. Parece que lo indignante sea que tres tipos se enmascaren tras un nombre femenino, cosa que leída de modo literal lo que evidencia es que sí se ha producido un vuelco real en la industria del libro y la institución literaria respecto a la situación del pasado, o sea, que esto debería haber sido leído como una victoria del feminismo más superficial y no como una afrenta, que es lo que ha sucedido porque no se quiere ver lo obvio, y en cambio ha pasado desapercibido y considerado como cosa perfectamente normal lo verdaderamente escandaloso: que se pueda fabricar, siguiendo unas directrices reconocibles a las que amoldarse un súper ventas y que sea exitoso, porque la mayoría de estos best sellers prefabricados no venden un carajo, por eso las librerías están llenas de libros malos hechos pensados para que se vendieran, en buena medida son malos por eso, porque quisieron ser los más acomodaticios de todos los libros, y en cambio estos dieron en el clavo, molaron podría decirse, como en su momento hizo Umberto Eco con El nombre de la rosa, por poner un ejemplo de alguien que era brillante, ahí están sus ensayos para demostrarlo y hacía buena literatura comercial o de consumo, porque el problema es que suele pensarse que los escritores de estos libros son menos brillantes que los otros, cosa que no es real. Pero lo que se confirma es que sí se puede fabricar un producto para un nicho de mercado reconocible, y esto viene además acompañado no ya de las campañas de publicidad y promoción lógicas y esperables de las editoriales para colocar sus productos, el otro día llegué a ver carteles por las calles como si de conciertos de pop se tratase, sino, y creo que es incluso peor, de una legitimación a manos de críticos de suplementos culturales, porque en los suplementos se publicaron críticas laudatorias de los libros de Carmen Mola como ya sucedió antes con los de Pérez-Reverte para legitimarlos y tantos otros ejemplos de por qué están las mesas de novedades de las librerías tan bastardeadas y llenas de lo que están llenas. Entonces, frente a esa literatura de mero consumo, intercambiable, casi podría decirse que desechable una vez ha servido a su uso, efímera y banal, sí que me gusta ensalzar una literatura que interpela, que incomoda, que hace pensar, que obliga a cuestionar cosas. Una literatura que conmueve, que remueve, que escapa a las clasificaciones y que surge de modo muy intuitivo, incontrolable y hasta cierto punto doloroso para su creador. No creo que todo eso suceda solo mediante la sensación de incomodidad, pero sí que, y en eso estoy de acuerdo con la mayor de la pregunta, está claro que desde luego no con o desde la de comodidad. Una literatura comodona y apoltronada no es buena, no puede serlo casi por definición, y desde luego no es algo que a mí me interese, ni como lector ni como autor. Pero de aquí surge otra paradoja que voy a explicar porque no querría ser malinterpretado. Llama la atención que mucha de la literatura que se nos vende, uso el verbo con toda la malicia del mundo, como «arriesgada» sea en cambio eminentemente comodona, porque requiere para funcionar de que se mantenga el estado de cosas. Digo esto porque, precisamente, una de las «marcas de identidad» de mucha literatura actual es la búsqueda del escándalo, pero lo hace recurriendo a una supuesta inmoralidad que en realidad impone, exige, la existencia de esa moral a la que se ataca. Por ejemplo, casi todo lo que leo sobre el poliamor da bastante vergüenza ajena, porque está cimentado en una actitud del tipo «qué salvajes e intrépidos somos, y lo somos porque hay que ver cuánto molestamos al burgués por follar con quien queremos». Luego necesitas la existencia de esa moralidad establecida y que se perpetúe para que alguien pueda sentirse escandalizado por tu libro. El día que eso se resuelva tu libro pasa a ser una rareza de museo, como mucho. Si la única virtud de tu libro es el escándalo, mal negocio. Si seguimos leyendo a Rimbaud, a Verlaine y a Flaubert es porque sus libros eran buenos, no por el escándalo generado en torno a ellos en la sociedad de su tiempo. De hecho, la mayoría de la gente que se acerca a ellos ni siquiera sabe que sus autores tuvieron problemas con la ley. Otro ejemplo más doloroso si cabe es la continua revisión del canon que se lleva a cabo de modo constante y un poco ingenuo desde filas feministas o poscoloniales: lo verdaderamente rupturista sería desactivar la idea del canon, no querer meter la cabeza y exigir formar parte de algo tan aburridamente burgués como la idea de un conjunto de modelos y referentes comunes, esto es, una imposición para los planes educativos, instituciones artísticas, gobiernos, etc. O sea, en última instancia no van contra el sistema que se ha revelado inoperante y excluyente, sino que quieren integrarse en él. Pues vale, me parece perfecto, pero volviendo al principio, entonces no te incomoda el canon, la idea de exclusión o de unos valores impuestos, te incomoda no estar en él, no ser doxa, y en ese fascismo dúctil e interesado me cuesta encontrar algo que me provoque simpatía.  SEGUIR LEYENDO

Entrevista a Álvaro Cortina Urdampilleta en Solidaridad Digital

Esther Peñas entrevista a Álvaro Cortina Urdampilleta con motivo de la reciente publicación de su ensayo Abisal, libro de zonas y de figuras. En Solidaridad Digital:
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«La vida cotidiana de cada cual es bastante más extraña de lo que después pensamos»

Hay libros que son tan frondosos como junglas y tan exquisitos y bellos como los jardines babilónicos, libros que son un entramado de conexiones delirantes, fascinantes, atrevidas, deliciosas. Libros de cartografía imposible pero trazada (en índices con sentido), libros de espíritu humanista y gamberro desplegado en un festín privado para el que se expenden venias. Abisal. Libro de zonas y figuras (Editorial Jekill&Jill), de Álvaro Cortina Urdampilleta (Bilbao, 1983). Por ejemplo. 

¿Qué nos dice de un escritor el hecho de que el índice sea una de las cosas de las que más orgulloso esté?

Seguramente, nos dice que siente que, pese al caos y a las contingencias, ha conseguido fijar un camino, una senda, y que la ha seguido. Prefijar sendas y realizar la marcha, hacer planes y cumplir planes: ¿no es esto, acaso, Esther, un reflejo de la vida y la medida de nuestros éxitos y nuestros fracasos? ¡Eso nos dice un índice, pero cuando el libro ya ha sido escrito, Esther, nunca antes! Antes es sólo un exoesqueleto, un cúmulo de promesas. Como ves, he tenido sentimientos muy intensos con mi índice.

¿La vida es esto mismo, un rizoma (por utilizar el símil de Deleuze), un entramado de conexiones? 

La vida, técnicamente hablando, tiene una estructura. Tengo entendido que el orden es: nacer, desarrollarse, morir. Entre medias, a veces, también encontramos la reproducción y la cotización en la seguridad social; otras, no. Pues bien, aquí hay una estructura. Otra cosa es la imaginación. La vida de la imaginación es más caótica, se crea por asociaciones, por ocurrencias y por apropiaciones: esto genera un magma portentoso, siniestro o cómico, y en todo caso abisal. El libro es un tratado sobre las formas de la imaginación. Un bestiario de estados de ánimo. Las zonas esenciales, los espacios vistos por los poetas, las figuras de esas zonas (pobladores y moradores), y las madréporas temporales son sus protagonistas. Esto es compatible con nacer, con desarrollarse y con morir. Técnicamente, es un mundo paralelo. SEGUIR LEYENDO

Entrevista a Rubén Martín Giráldez


Esther Peñas entrevista a Rubén Martín Giráldez con motivo de su traducción del ensayo Este pequeño arte, de Kate Briggs (Jekyll & Jill, 2020), en Solidaridad Digital:

«Jekyll & Jill ha publicado uno de los ensayos más suculentos y luminosos de este annus horribilis, un texto que reflexiona sobre el arte del matute lingüístico, sobre el oficio de la alquimia semántica, la traducción. Este pequeño arte, de Kate Briggs, que tradujo a uno de los tipos más hondos en su pensamiento, Roland Barthes. Pero, ¿qué sucede en la traducción cuando lo que se traduce en un texto que habla sobre eso mismo? Hemos conversado con Rubén Martínez Giráldez, encargado de trasvasar al castellano esta celebración de contenido.  

Traducir un texto sobre la traducción, ¿no resulta un tanto inquietante?

A mí me cuesta más pensar en un texto o en una frase oída al vuelo que no estén reflexionando —aunque sea de una manera elíptica— sobre su propio desciframiento. O, más bien, que no llamen la atención sobre su cifrado. Seguramente eso explica por qué se me da mal hablar. Me parece que cada frase, incluso la que acabo de pronunciar hace un momento —«Cuando puedestepequenoarteas, ¿un café aquí fuera, por favor?»—, lleva su propio aviso de posible error del sistema. De manera que una traducción sobre traducción casi es un oasis de excusas para refocilarse en el sentido, paréntesis entre paréntesis dentro de un corchete en una nota al pie de los caballos. Aquí se puede confesar la convención, se puede hablar abiertamente de la convención, y nadie se va a escandalizar. Lo inquietante es que pasas al primer plano cuando se empieza a hablar del papel del traductor en segundo plano.

Un buen texto original, ¿resiste cualquier traducción, por pésima que sea?

Yo creo que un libro bueno se puede destruir cambiándole unas cinco palabras. En unos segundos puedes destruir la confianza del lector en que lo que hace el autor es fruto del estilo y no de una carencia, o que hay voluntad y no sólo suerte (vamos a decirlo así) en sus oraciones.

 

¿Cuánto de autoría tiene la traducción?

Al final, creo que se puede resumir diciendo que se trata de una colaboración, en sentido recto. Por citar a Briggs: «Nos llega escrito por partida doble; la segunda vez, de mano de su traductora.»

En su caso, ¿prima más el sentido general del texto frente a la exactitud del modo?

Me gusta mucho cómo lo plantea el libro echando mano de la traductora de Mann, Lowe-Porter: «[…] se espera, como de hecho sucede, que fusione materia y estilo en un todo orgánico. Las traducciones tienen que traslucir un esfuerzo parejo por parte del traductor».

Para que «este pequeño arte» funcione, ¿qué se requiere? ¿Qué cualidades ha de tener un buen traductor?

Una incomprensión casi absoluta de todo lo que no sean las palabras, a lo mejor. No lo sé; traductor o no, siempre hay que huir del aforismo. Igual eso es un aforismo, no hay escapatoria.»  Seguir leyendo

Esther Peñas entrevista a Rafa Cervera en Solidaridad Digital



Esther Peñas entrevista a Rafa Cervera con motivo de la publicación de su nueva novela Porque ya no queda tiempo. En Solidaridad Digital (ONCE):

«Hubiera compartido confinamiento con Patti Smith»

Esther Peñas / Madrid

Porque ya no queda tiempo (Jekyll&Jill) es una autobiografía que no lo es. Unas memorias enmendándose la plana del género, una autoficción desbordada que ennoblece la moda. Para alguien que se dedica a escuchar (música, para hacer reseñas; testimonios, para pespuntar entrevistas) la palabra brota orgánica y fresca, contándose por momento con cuerpo lírico, extraño, diferente. Lo cual es gloria bendita. Hablamos de Rafa Cervera (Valencia, 1963), y de su segunda novela.

¿Cuándo sabe uno que ya no queda tiempo?

Cuando la lista de cosas que ya no puedes hacer empieza a crecer cada vez más deprisa. Esa lista incluye también el no poder ver más a personas que son importantes para uno.

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¿Cómo se convierten las vivencias en narración, quiero decir cómo saber qué parte es materia de ficción, puede trascender?

Dándole poder absoluto a la narración. El biográfico es un material muy poderoso siempre y cuando se sepa administrar bien. En mi caso, contar mi vida no es ningún objetivo. Se trata más bien de contarme a mí mismo escribiéndome. Y en esta novela lo he hecho reconstruyendo y manipulando hechos y personajes reales, poniéndolo todo al servicio de una historia que quería narrar. Schoppenhauer dijo que la vida y los ensueños son hojas de un mismo libro.

Sin ánimo de ser impertinente pero esta moda de la autoficción, ¿indica, como apunta algún crítico, a que la imaginación está herida de muerte?

Podría ser. Yo, por ejemplo, solo consigo aplicar la imaginación para hablar de mí mismo. Al menos, ha sido así hasta ahora. No sé qué ocurrirá en el futuro. A nivel general, igual es que la autoficción se está convirtiendo en un género. Igual llega un momento que asumimos que existan ese tipo de libros de la misma manera que hemos asumido que hay novela negra o libros de diarios.

Uno de los logros –me parece- de la novela es cómo se juega con el tiempo. ¿En qué difiere el tiempo narrativo del vital?

En que el tiempo narrativo se puede dominar, pero el real, no. Lo que pasa es que escribiendo el autor puede llegar a tener la sensación de que domina también el tiempo real. Lo cual no ocurre nunca en ningún caso.

¿Qué música pondría como banda sonora a esta novela?

Yo dejaría que sonasen únicamente las voces de los personajes que van apareciendo.

Si “glorificar la oscuridad es absurdo”, ¿cómo escribir desde lo luminoso, que tan mala fama tiene en la literatura?

La pista esencial para llegar a eso antídoto a eso nos la dio Agustín Fernández Mallo en Trilogía de la guerra: “Pareciera que el mal lleva un prestigio asociado, del cual carece el bien”.

¿En qué momento la música se transforma en sexo?

En el momento en el que crea una reacción física que va más allá de lo meramente motriz. Hay música que es como un generador de reacciones eróticas. En algunas canciones es muy obvio pero en otras la sensualidad emerge de una manera inesperada. Escuchando a Al Green cantar determinadas canciones, por ejemplo.

De los muchos músicos que deambulan por estas páginas (Lou Reed, John Cale, Patti Smith…) ¿con quién hubiera compartido confinamiento?

Con Patti Smith. Es la única artista fundamental para mí a la que todavía no he podido entrevistar. Y porque de todos los músicos que aparecen en la novela, intuyo que debe de ser la menos conflictiva. Aunque también me produce mucha curiosidad cómo sería verse en una situación así con Debbie Harry, que es una mujer fuerte y valiente desde el principio de su carrera.

Si el tiempo es el fuego, ¿qué devora y que cincela?

Devora los sueños y cincela la esperanza.

Las fotografías son el músculo de la memoria pero, ¿me da la sensación de que cada vez las miramos menos? 

Totalmente de acuerdo. Hay sobreabundancia de fotos, de imágenes. Antes, disparar una instantánea requería un esfuerzo. Ahora se hace como acto reflejo. Cuando veo a esas personas por la calle que, en cuanto ocurre algo anómalo, apuntan con el móvil para grabar, me produce mucha inquietud. Lo importante es apoderarse de imágenes, aunque no sepamos para qué las queremos, y no seamos conscientes de que, a causa de eso, cada vez vemos menos.

ENLACE a la entrevista

Entrevista a Andrea Valdés en Solidaridad Digital


Esther Peñas, del diario Solidaridad Digital, entrevista a Andrea Valdés con motivo de la publicación de su libro Distraídos venceremos:

«Escribir no consiste en dar una explicación al caos sino una unidad»

Esther Peñas / Madrid

Distraídos venceremos (Jekyll&Jill). Con este título, tomado de unos versos del inclasificable escritos Paulo Lemimski, Andrea Valdés (Barcelona, 1979) trisca con una voracidad y un apasionamiento arrolladores en la escritura (auto) biográfica de una huestes de escritores perdidos, orillados, casi imposible por la pureza que gasta. Algún nombre conocido, Rosa Chacel, por ejemplo, o Mario Levrero. Que este ensayo se abra con los versos catódicos de Leónidas Lamborghini es toda una declaración de guerra a lo adocenado. Valdés tiene una manera de leer a los otros y de contar (nos) que hace posible que aquellos de quienes habla nos resulten tan necesarios como la aurora.

¿Cuándo la escritura autobiográfica sana y cuándo enferma de gravedad?

Me es difícil responder así, en abstracto, a una pregunta tan compleja, pues cada cuerpo, circunstancia y obra es un mundo. Lo que sí tengo claro es que muchas veces la escritura es un acto transformador y esa es una de las cosas de las que hablo en Distraídos venceremos, en cómo cambió a ciertos autores. A veces son ellos quienes lo anuncian directamente (Carlos Sussekind, Jorge Baron Biza, Gloria Anzaldúa) pero otras es el propio texto el que lleva las marcas de esa transformación (Lopes Cançado, Viel Temperley…) A su vez quise hablar de cómo me afectó a mí su lectura, de ahí que mi voz esté muy presente en el texto. En ningún caso se trató de exhibir mi conocimiento sino de compartir mi perplejidad ante unas obras de las que igual no se ha hablado lo suficiente y que para mí son muy meritorias.

Ben Marcus , writer, Berlin 2013, American Academy, only for online purpose No image is to be copied duplicated modified or redistributed in whole or part without the prior written permission from Heike Steinweg mail@heikesteinweg.de

 ¿Se escribe para sobrevivir (se)?

En parte sí, pero espero que no sea el único motivo. De hecho, esto me recuerda a lo que dijo la poeta Ana Cristina César para quien escribir no es exactamente decir la verdad. Eso es imposible. “Y como es imposible opto por lo literario, y esa opción tiene que conllevar cierta alegría. Tiene que ser grata.” Cristina César se suicidó bastante joven, por eso me llamó la atención que insistiera en esto, en la escritura como un placer y no como una vía de escape, ni siquiera un consuelo. Dicho esto, me gusta pensar que quienes escriben muchas veces desconocen la razón. Creo que es importante dejar ese espacio. Asumir que no siempre tenemos una coartada clara o una intencionalidad que podamos expresar con palabras.

¿Puede cerrarse una herida con la escritura?

Yo creo que sí y la literatura está plagada de ejemplos. Memorias desde abajo de Leonora Carrington podría ser uno de ellos. También Borderlands/La Frontera de Gloria Anzaldúa o el resto de trabajos que comento hacia el final de Distraídos, donde las autoras escriben muy condicionadas por los territorios en que nacieron: una reserva, una favela, una frontera… En todos esos casos, la escritura busca restaurar un daño muy concreto, me refiero al de esas identidades que política e históricamente aún estar por completarse.

¿Cómo saber que eso que no se dice, “lo que está justo detrás”, es lo que el lector presupone que está escuchando?

Una vez escrito, el texto ya no pertenece a su autor sino a quienes lo leen y aquí cada cual interpreta las sombras que dejan las frases, porque para mí la mejor escritura es la que hace sombras. La transparencia es información. No pertenece a la literatura, que implica un riesgo. Ese riesgo es asumible si uno acepta que estamos llenos de incongruencias, que todo es movimiento, y que escribir no consiste en dar una explicación al caos sino una unidad.

En su aproximación a los diarios de Chacel, propone la hipótesis de que lo que oculta esta inmensa escritora es una infidelidad. ¿Tanto le dolió que no fue capaz de mentarla, siquiera?

No creo que su problema fuera la infidelidad en sí sino el hecho de que para abordarla ella tuviera que lidiar con algo para lo que no tenía palabras y es el erotismo o su ausencia, tema que desarrolló en La confesión, donde habla de otros autores y destaca el pudor de “sus maestros” (Unamuno, Galdós…) en relación a esta materia, pudor que ella acabó heredando.

Pienso en alguno de los autores que menciona en el ensayo, Lopes Cançado, por ejemplo. ¿La locura es a la escritura su quintaesencia o todo poeta habita una cierta locura? Siguiendo con esta autora, ¿es posible “matar al sistema” con la palabra?

La relación entre escritura y locura es muy compleja. Para mí es todo un misterio, considerando que el lenguaje es una construcción racional que tiene su gramática y convenciones. El lenguaje es un orden. Entonces ¿cómo crear estando fuera de él y, sobre todo, cómo hacerse inteligible? Imagino que cuando se escribe es sobre todo a pesar de la locura, en momentos de calma, lo que no impide que se puedan registrar esas alteraciones e incluso inventarlas, como propugnaron los surrealistas. O no reconocerse en lo que uno ha escrito y en ese sentido la entrevista de Viel Temperley que incluyo en el ensayo me impactó mucho. Creo que es de las más bellas y humanas que he leído. Habla como tomado por la palabra, sin filtros. En cuanto a Lopes Cançado, es difícil matar a un sistema con la palabra si ese sistema no te reconoce como interlocutora, de ahí que ella matara a una persona: para hacerse oír. Es como si una violencia alimentase a otra, pero quiero creer que gracias a su testimonio y a tanto otros hemos aprendido algo sobre la esquizofrenia, aunque aún quede mucho por hacer.

“La escritura es una voz”. Se detiene en tanto autores extremos, auténticos, que cuando uno regresa al panorama de novedades le resulta de un sucedáneo mayúsculo. ¿Cuándo se convierte el acto de escribir en una estafa? 

No sabría decirlo. Lo que está claro es que publicar con criterio es muchísimo más caro que hacerlo con cierto cinismo y acorde a las modas, que en el mundo editorial también existen. En realidad no haya nada más difícil que intentar construir nuevos lectores, sobre todo en este país donde la mayoría es muy conservadora, de ahí vino mi interés por sondear otras literaturas, al margen de la anglosajona, de la que no paran de traducirse cosas cuando en nuestra lengua hay tanto por descubrir. En ese sentido celebro la recepción de Distraídos venceremos, que escribí como quien lanza una botella al océano… Me hace feliz que gracias a él, otros se animaran a leer a Baron Biza o María Moreno.

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De todos los autores mencionados, ¿cuál le ha marcado más y por qué?

Me sería difícil decirlo pues con cada uno tuve una experiencia lectora muy distinta. De Carlos Correas me impactó su extrema negatividad; de Audre Lorde, el cómo convierte la ira en algo constructivo; de Gloria Anzáldua que me interpelase desde tan lejos; de Levrero fue más bien lo opuesto: es como si nos conociéramos. Quizás Lopes Cançado es quien me dio más bronca pues no es fácil leer desde la cordura a quien la está perdiendo, y en algún momento me preocupó esa asimetría.

Le devuelvo una pregunta, que trasciende los territorios literarios, ¿cómo convertirse en lo que uno es? 

¡No tengo ni la menor idea!

¿Es necesario comprometer la vida con la escritura o es al revés?

A saber dónde empieza una cosa y acaba la otra, pues para mí se necesitan mutuamente. Lo difícil es asumir que toda entrega tiene un peaje, pero también es lo bonito: el tener miedo a perder algo. Sin ese miedo no concibo la valentía, que es la conclusión a la que llegué en Distraídos venceremos, tras ponerle algo de humor, y creo que el título ya da una pista.

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Entrevista a Paco Inclán en Solidaridad Digital



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Esther Peñas entrevista a Paco Inclán en el diario Solidaridad Digital, con motivo de la publicación de su nuevo libro Dadas las circunstancias:

«Cada uno ubica el centro y el margen donde le place, tanto en la literatura como en la vida»

Esther Peñas / Madrid

Viajemos. Pero zascandileando por entre raros, sorteando los lugares a donde hay que ir para escoger aquellos en los que queremos estar. Habitémoslos. Busquemos la compañía de insurrectos. Roque Dalton. Julián del Casal. Por ejemplo. Caminemos. Aún hay gente que habla esperanto y tabernas en las que sentir el latido más reconfortante de la vida. Y leamos. Estas doce historias que nos comparte Paco Inclán (Valencia, 1975) en su última entrega: Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill).

¿Qué peso tienen, en el actuar de uno, las circunstancias?

Si nos atenemos a la definición de circunstancia supongo que debemos estar todo el rato actuando circunstancialmente, adaptándonos en la medida de nuestras posibilidades. No escogemos ni el lugar ni la época ni el entorno donde nacemos, cuestiones que influyen enormemente en nuestro devenir. Como dice un amigo: «Aquí, en la vida, cada uno hace lo que puede». Aplica también para la escritura.

Si hasta Plutón puede, en un momento determinado, dejar de ser planeta, ¿qué cosas hay en la vida inmutables? ¿Y en la escritura?

Hay dos momentos cruciales en la vida, uno no lo puedes recordar y el otro no lo puedes contar: uno es cuando naces, el otro cuando mueres. Entre uno y otro, pasan cosas.
Sobre lo inmutable en la escritura me lleva a pensar en la inalterabilidad de la letra impresa, algo que se ha perdido con lo digital. La emoción que provoca el cierre de un libro, el último cambio —una coma, un colofón, un detalle imperceptible— antes de que entre en imprenta. Una íntima trascendencia.

Aparte de traerle a la memoria al poeta Roque Dalton, ¿qué se encuentra en las tabernas, en las cantinas?

Durante muchos años fueron mi oficina. De hecho, mi cantina preferida en Guadalajara (México) se llama así, Mi oficina. Allí pasé algunas mañanas trabajando con horario de funcionario. Los bares han sido el espacio de trabajo idóneo donde recoger historias. De algunas me acuerdo, otras me las invento.

¿Qué tiene Roque Dalton que hace necesaria su compañía?

Dalton murió asesinado el año en el que nací, me he imaginado alguna vez que hubiéramos sido amigos. Me enganchó lo visceral de su vida y de su obra. Mi relación con El Salvador es curiosa. Es un país en el que nunca he estado pero que está muy presente en mi vida, a través de Dalton, del Mágico González, de amigos salvadoreños que he ido encontrando en el camino, de mis encuentros con José Luis Sanz, director del periódico digital El Faro, referente del periodismo bien hecho. Buena parte de salvadoreños viven fuera de El Salvador, quizás por eso sea un país que haya acabado conociendo también desde fuera, sin pisarlo. Si escribiera una guía de viajes sobre lugares en los que no estuve, empezaría por El Salvador: sus playas, sus gentes, sus bares, sus poetas, sus pupusas.

Julián del Casal, otro invocado en estas páginas. ¿La verdadera literatura transcurre en los márgenes?

Lo de los márgenes es cuestión de perspectiva. Cada uno ubica el centro y el margen donde le place, tanto en la literatura como en la vida. Recuerdo cuando tras un viaje tortuoso de muchas horas en camioneta llegué a un pueblo remoto  en los Andes colombianos y le comenté a una señora que estaban muy lejos. «¿Lejos de dónde?», me respondió. Para mí era una esquina del mundo lo que para ella era el centro. Ese es el lugar desde donde me gusta contar historias.

¿Qué se le pregunta al último hablante de una lengua?

Do you speak english?

¿Qué aprende uno en cada viaje?

A mí viajar no me gusta mucho, padezco bastante en los trayectos. Lo que me gusta es estacionarme en muchos sitios, practicar una especie de ubicuidad sedentaria. Me encanta sentirme parte del lugar donde me encuentro, he aprendido a desarrollar esto. Cuando llego a un sitio localizo enseguida el que será mi bar de la esquina, mi tiendecita, me saco el carné de alguna biblioteca, me apropio de lugares que no aparecen en las guías. Me gusta la idea de tener un sofá y una mantita en cada ciudad del mundo. En algunas lo he conseguido. Agradezco a las amistades que me han hecho creer que uno puede afincarse en el mundo.

¿Qué tienen en común los países a los que ha viajado el protagonista de esta docena de historias?

Creo que lo que tienen en común es la mirada que aplica el narrador sobre cada una de las realidades reflejadas en los relatos del libro. Una mirada que no se deja influir por estereotipos ni expectativas, dispuesta a dejarse sorprender e incomodarse. Normalmente nos encontramos con lo que ya teníamos previsto encontrarnos. Cuando rompes con esto, entras una dimensión desconocida que me sirve como material narrativo.

Morirse de risa… ¿es la mejor de las muertes posibles?

Me provoca cierto desasosiego imaginarme muriendo de risa. Me veo agobiado mientras asumo que la risa se me está yendo de las manos, que ya no la podré atajar y que la muerte será irremediable. Visualizo segundos de mucha congoja, salpimentada además con el miedo a estar haciendo el ridículo; es ridículo sentir miedo a hacer el ridículo mientras te estás muriendo. Así imaginé la trágica muerte de risa de Julián del Casal. Si hay que morirse, prefiero hacerlo durmiendo mientras sueño que estoy en una playa caribeña, por ejemplo.

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