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Dadas las circunstancias de Paco Inclán en El Mundo



Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en la lista de los 20 libros para llevarse de vacaciones. Diario El Mundo. Selección de Antonio Lucas y Luis Alemany.

Dadas las circunstancias, de Paco Inclán (Jekyll & Jill)dadas-las-circunstancias

La obra de este viajero y escritor valenciano tiene un punto de rigor y delirio personalísimo. En esta ocasión, Inclán abunda en la literatura de viajes, el periodismo y la realidad inverosímil en un puñado de estampas divertidísimas que van desde el viaje del autor al país del esperanto [encerrado en un museo], un paseo por La Habana en busca del chiste que mató a un escritor decimonónico, el encuentro con el último hablante del híbrido lingüístico entre el romaní y el euskera o una visita a la taberna praguense que sirvió de escenario para el poema más desconcertante de Roque Dalton. Una lectura gozosa.

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Joaquín Fabrellas reseña Dadas las circunstancias de Paco Inclán



Joaquín Fabrellas reseña Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en su blog Lo bello y lo difícil:

Dadas las circunstancias. Paco Inclán

Serie de relatos donde la literatura se construye como un laberinto subterráneo de alusiones y recovecos, vasos comunicantes que se expresan con una prosa particular, accidentalidades que llevan al personaje a Praga a buscar la razón por la que Plutón dejó de ser un planeta para ser un cuerpo transneptuniano. La geografía inexacta de lo arbitrario que destroza de nuevo los límites del género narrativo.

¿Es la de Inclán una muestra de literatura fragmentaria en la que se vierte un superyó que unifica la narración?, o, ¿es una novela exenta que viene para revolucionar el género?, cuitas aparte, es su estilo un lugar fronterizo, unido por el lenguaje insólito de lo común que, paulatinamente, se reconvierte en extrañeza rayana en lo onírico, o donde el recuerdo se convierte en invención, y toda reinvención se ve agrandada por la fabulación, casi borgiana, de rememorar lugares o autores, a los que convierte en literatura mediante una exégesis sentimental que fuerza incluso el cambio de persona gramatical, porque Inclán se finge personaje de sus relatos, se observa en ellos en primera persona, excepto cuando habla de una sorprendente historia de amor en Cuba en busca de un chiste mortal, donde utiliza la segunda persona para referirse a un amor casi olvidado, reencontrado mucho más tarde en otras circunstancias.

Una obra que muestra aquellos lugares de los que habla en mapas muy fieles, pero con escasa leyenda, mapas vacíos con números en una geografía real que se vuelve fantasmagórica, porque no encontraremos la anécdota explicativa del lugar, sino aquella que explica solo la circunstancia particular del personaje que se va metamorfoseando en cada uno de los relatos, o bien, adaptándose a cada realidad exigida por el texto.

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Si en Borges la biblioteca es el mundo, convertida en laberinto cierto y complicado, como metáfora de la vida, en una intrincada educación sentimental, en la que somos responsables de nuestras elecciones; para Inclán, la biblioteca aparece como símbolo delicuescente, fungible, como nuestra memoria escrita y encuadernada en libros; tienden a desaparecer, las nuevas bibliotecas serán digitales, o no existirán, de ahí la descripción del edificio avejentado, soviético, de la biblioteca cubana, orilla de los naufragios expurgatorios europeos, que mandan allí todo lo que sobra desde las bibliotecas universitarias españolas, que ya no saben qué hacer con tanto remanente e inservible material escrito, con cuyos volúmenes, los niños cubanos harán manualidades.
Como aquella intención de explicar idiomas inciertos, el esperantujo, el erromintxela, (un juego entre Perec y Tolkien), donde Inclán procede como los grandes lingüistas alemanes obsesionados con aquel indoeuropeo madre de todas las lenguas actuales, pero que nunca existió en realidad, ni se habló en ningún lugar, solo fue una koiné intelectual.
Porque hay una crítica también en este libro al sistema de valores de la ultra modernidad que se basa en una fe ciega por la tecnología, sin ser siquiera criticada, y que se expresa en un idioma único basado en el deseo, una neolengua sin subjuntivos o dobles sentidos,(aquella pesadilla orwelliana), y es hora de criticar todo ese discurso postcapitalista, según Inclán, mediante el lenguaje, la forma de hablar, el idiolecto en su narrativa, tiene un lugar preferente, se pasea el autor entre los idiomas, que al fin y al cabo, definen nuestro sistema de pensamiento, sus personajes hablan en checo, en inglés, en francés, en valenciano, macedonio, esperantujo o erromintxela, de ahí la búsqueda incesante, geolingüística, en todo este libro.

De ahí se desprende la ironía del autor porque observa todo con un sesgo distanciador, enunciando un discurso alejado de las modas que imperan en una industrial editorial que busca la superventa en detrimento del contenido, la literatura de Inclán critica la narrativa desde las construcciones imposibles de sus relatos que se pueden ir uniendo como una novela única en donde el personaje juega a desaparecer ofreciéndonos la lengua como hilo conductor y protagonista total.

Su literatura no es celebratoria, no ha creído el discurso propuesto por las grandes compañías que ofrece el pensamiento único; la de Inclán busca la potencialidad expresiva en cada una de sus páginas, el hallazgo preciso entre su historia y su lugar.

Otro acierto de Víctor Gomollón al cuidado de la edición.

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Entrevista a Paco Inclán en Bestia Lectora



Tes Nehuén entrevista a Paco Inclán en Bestia lectora con motivo de la publicación de su libro Dadas las circunstancias:

Paco Inclán: «Viajar también es un estado de consciencia»

Converso con Paco Inclán sobre su libro «Dadas las circunstancias» publicado en Jekyll & Jill.

Entrevista con Paco Inclán
El poeta Roque Dalton, la huella del Che Guevara, el esperanto y un par de historias de encuentros y desencuentros caben en Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill), un libro fabuloso en el que Paco Inclán ha trabajado la huella de las pasiones mediante el viaje y la pregunta latiendo en las fronteras —las geográficas y la que divide ficción y realidad—. Conversar con él sobre su manera de mirar y entender el mundo es un regalo para mí, porque me parece uno de los tipos más lúcidos en el campo de lo literario. Un regalo que él me hace y que yo lo extiendo a quienes gustan de abrir los ojos para entender lo que aparentemente no tiene doblez, porque con Inclán descubrirán que todo es susceptible de ser mirado y encontrado desde otro ángulo.
P—¿Qué es el viaje y por qué viajamos?
R—Hace mucho escribí que el viaje más largo en kilómetros que puede hacer una persona es regresar a sí misma por el otro lado. Creo que solo lo leyó mi amigo Pepe Bernabé, pero me lo recuerda a menudo. Hay muchas maneras de viajar, tantas como viajes. Desconozco por qué viajan los demás. Yo lo hago para escribir, escapar de rutinas, imaginarme que soy otro en otro lugar. Aunque tampoco hay que irse muy lejos para ello, viajar también es un estado de consciencia. Llevo un tiempo paseando por el barrio que hay enfrente de mi casa. Solo tengo que cruzar una avenida. Y es un viaje con el que también puedo escribir, escapar e imaginarme otro.
PDadas las circunstancias no reúne las características para ser un ensayo ni un libro de viajes ni un libro de relatos, pero es todos esos géneros a la vez. ¿Cómo lo concibes tú?
R—Dejo que sea cada lector el que decida cómo quiere acercarse a las historias del libro. El otro día mi amiga Águeda Forés me comentó que las había leído como un estudio de casos de proyectos de gestión cultural. Me pareció estupendo. Yo me digo que escribo textos. Obviamente, hay autobiografía y crónica en el sentido que escribo sobre situaciones vividas en lugares que he visitado. Pero también intento contar qué hay más allá de lo que se percibe a primera vista. Me parece interesante la definición de lo real maravilloso de Alejo Carpentier, donde la fantasía se integra en la realidad como iluminación favorecedora de sus inadvertidas riquezas y ampliación de sus escalas. El formato híbrido me da mucha libertad creativa, la escritura es el territorio donde más libre me siento, no tengo que rendir cuentas a nadie. Y una vez publicados, la interpretación de cada texto pertenece a los lectores. No es una frase hecha. En el grupo de lectura que coordino en Bombas Gens he conocido de cerca el poder de buenos lectores y sobre todo de buenas lectoras para transformar y completar lo leído con sus sensibilidades y percepciones particulares. Resulta fabuloso.
P—Lo real maravilloso pretende actuar sobre la realidad a través de esa epifanía. ¿Te propones tú algún tipo de cambio favorecedor en el mundo de las ideas?
R—Intento transmitir una idea fascinante del mundo y del encuentro con los demás, con sus obsesiones, anhelos y contradicciones. Amo a todos mis personajes, sientan o piensen de manera diferente a mí. Me dedico a observar, imaginar y contar. Con esta premisa, intento transmitir universos delirantes que provoquen goce a los lectores, ese es el objetivo, creo. Si le quitamos toda la parafernalia que rodea a la escritura, solo puedo decir que intento pasármelo bien escribiendo, aunque también lo sufro en alguna parte del proceso, y que el lector disfrute del resultado. Para mí la epifanía es conectar con un lector o una lectora, que sean cómplices de mis historias, que les despierten alguna emoción, incluso que se apropien de ellas. Cuando pasa eso, resulta mágico. Y me doy por satisfecho.
P—¿Qué te interesa del ensayo y qué de la ficción?
R—Del ensayo me interesan los datos, las fechas, la documentación, la bibliografía. No invento nada sobre estos asuntos, todo se puede verificar. Disfruto mucho con el hallazgo de hechos históricos que me servirán para iniciar una misión, que es como llamo a las investigaciones que son el punto de partida de mis textos. Casi todas mis historias empiezan con esa motivación investigadora pero me permito que el lector me acompañe en el fracaso de mis pesquisas. No me salen textos académicos, rígidos, asépticos. Tampoco acabo de sentirme a gusto con la ficción pura, no sé sentarme en mi escritorio a inventar historias, necesito de contextos reales para crearlas. No escribo para evadirme de la realidad sino para reconstruirla, me gustó como lo dijo Menéndez Salmón en su reseña de Dadas las circunstancias. Quizás por eso escribir me cueste tanto: es un proceso que requiere de muchos viajes, lecturas, anotaciones y tiempo mirando al techo. Recurro a la imaginación pero considero que lo que imaginamos también forma parte de nuestra experiencia, no es algo ajeno. Para mí imaginar es cuestión de supervivencia, un espacio de libertad y eso influye en mi vida, tiene su peso. La imaginación me interesa para introducir percepciones que pasarían desapercibidas en una observación superficial de la dimensión que consideramos realidad, que por otra parte también es inventada: cada uno la interpreta como quiere. En este sentido, no confronto realidad e imaginación, las integro en un mismo plano. Convivo con ambas y nos llevamos bien.
P—¿Por qué Dadas las circunstancias?
R—Primero apareció en uno de los textos y cuando lo releí pensé que podría funcionar como título. Al fin y al cabo, el personaje-narrador está sujeto a las circunstancias en todas las historias, las decisiones que va tomando dependen en gran medida de lo que le va sucediendo. Como la vida misma.
P—¿Eres un viajero que desprecia el turismo?
R—También practico el turismo, las últimas veces en Alcoy y Segovia, me encantaron. Sin embargo, para escribir sobre lugares, personajes e historias sí que necesito sentir que viajo sin brújula, sin tiempo ni guías, dejándome llevar por los acontecimientos. Cuando hago turismo, me relajo, busco descanso. Cuando viajo, busco que sucedan cosas, meterme en líos. Y si no aparecen, los provoco. Cuando voy de turista busco el placer. Cuando viajo, estoy dispuesto a sufrir por una buena historia. Cuando voy de turista, estoy de vacaciones. Cuando viajo, escribo. Y no importa que sea en Bután o en el barrio que te comentaba antes.
«Dadas las circunstancias» de Paco Inclán (Jekill & Jill)
P—Viajamos con el objetivo de conocer sitios, con destinos fijados, pero el planteo del libro es más bien ir en busca de lo que aún no se ha escrito, de lo que no aparece en las guías. ¿Te propusiste escribir contra la manera en la que nos enfrentamos a la idea del viaje?
R—Necesito conocer los sitios sobre los que escribiré, por eso la idea del desplazamiento está integrada en mi escritura. Y sí, en los textos propongo un viaje abierto sin planificación ni expectativas. Uno debe soltar amarras, ir con todo, integrarse lo máximo posible en el lugar visitado. Es mucho más enriquecedor viajar así, pero también mucho más cansado. Yo lo hago porque son las historias sobre las que me interesa escribir. El viaje que propongo es principalmente con el lenguaje. Puedes vivir una historia tremenda pero lo importante cuando la escribes es cómo vas a narrarla. Mi viaje es semántico, con las palabras construyo espacios, personajes, situaciones para que los lectores me acompañen con la escritura a ciertos lugares. Cuando escribo sentado en el sofá también es como si estuviera viajando, aunque ya no me centro en el viaje en sí sino en cómo contarlo. Que un viaje haya resultado interesante no garantiza que salga una buena historia.
P—¿No te da miedo que la ficción se coma toda la investigación? Me refiero a que los lectores puedan interpretar tus obras como un gran desvarío sin tomarse el trabajo de contrastar la información…
R—Al contrario, intento que la naturaleza de los textos sirva para acercar a los lectores cuestiones que me resultan interesantes. Investigación y desvarío son compatibles. El desvarío me sirve para desmenuzar la investigación que se sustenta en información verificable. Muchas veces las investigaciones que leo son tan asépticas que se pierden matices que las enriquecerían. Por ejemplo, me interesa la antropología pero no esa que muestra sus resultados con esquemas, estadísticas y gráficos. Por otro lado, son cuestiones tratadas muchas veces en obras endogámicas que solo son consultadas por especialistas y duchos en la materia. Con el desvarío que comentas, intento expandirlas, provocar el interés en un público más amplio. El otro día una pareja de amigos me comentaba que la lectura del texto sobre el museo del esperanto les había llevado a profundizar por su cuenta sobre lenguas artificiales. Otro amigo me comentó que tras la lectura de Incertidumbre buscó más información sobre psicogeografía. Me encanta cuando sucede esto.
P—¿Qué riesgos supone flirtear tanto con el recurso de la ironía?
R—Que no haga gracia, supongo. O no llegar o pasarse de gracioso. Con el humor literario pasa algo curioso, está tan infravalorado como sobrevalorado: se supone que no goza de muy buena consideración pero al mismo tiempo es empleado como recurso de márquetin en las contraportadas de muchos libros que luego no son tan divertidos como prometieron. Hacer reír con la palabra escrita es complicado, hay que darle muchas vueltas para ver en qué momento meter cierta escena, dónde cierto comentario… y mejor si es un humor sutil, irónico, que no se note que el escritor tenía la intención de hacer reír, como que le ha salido una gracia sin darse cuenta. Paradójicamente, para eso hay que hilar muy fino.
P—Cuando entrevisté a Marcos Giralt Torrente me dijo que le gustaría incorporar más el humor en su narrativa, para que quien escribe sea más parecido a la persona que escribe, a él mismo. ¿Se parecen en tu caso el escritor y el hombre, y me refiero a la forma de entender y jugar con el humor?
R—Sí, el humor forma parte de mi vida, aunque embadurnado con una capa melancólica. Cuando viví en Dublín me sorprendió la forma que tenían de cantarle a las derrotas, celebrarlas. Tiene algo de eso el humor que me hace sentir arropado, el de la alegre melancolía que me transmitió Irlanda. No hace falta que el humor me haga reír necesariamente, pero sí que me invite a pensar. Por otro lado, deberíamos relajarnos, que hubiese más risa y cachondeo, no tomarnos tan en serio. Pienso mucho en la muerte, cuatro o cinco a veces al día, y eso también me ayuda a tomarme la vida con optimismo. Estamos aquí para pasar un rato, así que mejor si podemos hacerlo de manera aligerada, sin muchos rollos. Siempre habrá circunstancias que intenten desviarme de esta convicción. Pero el humor también es una forma de militancia. Hay que lucharlo.
P—Las contradicciones humanas, el desperdicio de oportunidades, son algunos de los temas reincidentes en tu obra. ¿Una obsesión con la insistencia del daño?
R—Me interesa la vida en su plenitud y eso incluye reconocernos como seres vulnerables y con propensión al fracaso. Nos hemos inventado una sociedad en la que parece que tenemos que estar todo el rato fuertes, a tope, sin dudas. Y todos, también yo, participamos de eso. Cualquier charla es ahora una master class, si eres director de algo añades «general» que parece que tiene más pompa. Cuando todo es premium ya nada lo es. Cuando disimulamos nuestras flaquezas y contradicciones nos estamos perdiendo una parte de nosotros que también tenemos derecho a disfrutarnos, no debería resultarnos dañino ni doloroso. Por eso de vez en cuando me encanta regalarme un curso de clown con Los Hijos de Augusto, me ayuda a reírme de mis propias debilidades y torpezas. Me interesa escribir sobre los tropiezos, lo que no salió, los besos que no dimos, los lugares a los que no llegamos, los caminos que no tomamos, las becas que no nos dieron. Todo eso da mucho juego narrativo. Con Víctor Gomollón hablamos a veces de un libro que se llamase Confort donde todo estuviese bien, un viaje a las islas Seychelles con comida exquisita, hotel perfecto, playas paradisíacas, camareros amables, días apacibles de descanso. ¿Qué literatura saldría de ahí? Es otro reto. Si alguien me paga un viaje a las Seychelles, me ofrezco encantado para intentarlo. Solo necesitaría diez días.
P—Entre Incertidumbre y Dadas las circunstancias ¿cuál es la diferencia en la propuesta de escritura?
R—Creo que con Dadas las circunstancias hay un propósito más ensayístico en algunas cuestiones, como con las lenguas artificiales, Plutón como planeta enano, la biografía de Arnau de Vilanova… pero luego se me escapa el personaje y me recreo en la narración detallada de mis investigaciones malogradas en las que acontecen peripecias con escritores enanos checos, dobles del Che, nietos de Pancho Villa y postres sirios. Al final siempre me acabo alejando del tono ensayístico que tomé como punto de partida. Estos días de confinamiento he intentado escribir reseñas sobre libros que significaron mucho para mí y he acabado metiendo esos libros en historias que imagino. No tengo remedio.
P—¡Una maravilla! La fábula te supera. Y en medio de esa indagación, ¿por qué quisiste empezar por Dalton?
R— Su biografía me resulta fascinante y también su poesía, ambas están vinculadas. Era altanero, contradictorio, bullanguero en una atmósfera, la comunista, en la que ese tipo de actitudes eran consideradas osadas y sospechosas. Dalton estuvo además en lugares que me interesan como territorios literarios: México, Cuba, Corea del Norte, El Salvador, Checoslovaquia, la Unión Soviética… Visitar la taberna praguense donde él concibió su poema más conocido era una idea que me sedujo durante años. Son esos proyectos que mantengo vivos hasta que puedo realizarlos. Decidí empezar el libro con ese homenaje a Roque Dalton porque era una historia de largo recorrido, insertada en mi propia biografía. La idea es recrear la atmósfera que él describió en su poema «Taberna» cincuenta años atrás. Es de esas historias que me dejan huella, resultado de viajes, lecturas y notitas sueltas en servilletas que perdí luego. La de las lenguas artificiales es otra de ellas.
P—A Julián del Casal yo tuve que googlearlo. ¿Me recomiendas por dónde empezar a leerlo?
R— No sé si me atrevería a recomendártelo. De Del Casal me atrapó su historia paradójica de poeta melancólico que muere de un ataque de risa. Pensé que era el arranque perfecto para viajar de misión a La Habana: buscar el contenido de aquel chiste homicida a sabiendas de que no iba a encontrarlo. Me interesaba contar Cuba desde un lugar distinto al que estamos acostumbrados y la muerte de risa de un poeta decimonónico de versos tristes fue el punto de partida. Dicho esto, por responderte: me leí partes de un libro que recoge su poesía completa y prosa selecta. Recuerdo que hubo un texto que me gustó mucho, El amante de las torturas, sobre un hombre que se recorre las librerías de La Habana en busca de libros raros.
P—Morirse de risa parece una manera aceptable de irse. Ya que vamos a tener que enfrentar esa circunstancia que sea con goce. ¿Hay algo de eso en tu fascinación por este personaje?
R— Para narrar la muerte de Del Casal pensé mucho en la circunstancia que rodea al acto de morirse de risa y no creo que sea la mejor manera de hacerlo. Debe ser bastante desagradable, un momento aterrador de mucha histeria e incomprensión. Puestos a elegir, preferiría morir durmiendo, como Javier Krahe. Mi interés por afrontar la muerte de risa de Julián del Casal era el de recorrer La Habana. Las investigaciones que acometo son una excusa para salir de casa. Son historias que me mantienen vivo, motivado, en alerta.
P—Aparte de los personajes que aparecen en el libro, ¿qué autores o autoras te han marcado o te han ayudado a encontrarte como escritor? ¿Podrías recomendarnos alguna lectura?
R—Leo un poco de todo, de manera aleatoria, quizás porque muchas de mis lecturas están relacionadas con lo que escribo. Siempre cito El antropólogo inocente, de Nigel Barley, lo cito tanto que parece que sólo me he leído ese libro, pero lo cierto es que me ayudó mucho a encontrar la voz desde donde quería narrar. De Alejo Carpentier leo y releo párrafos sueltos, fascinado por su precisión estilística. Por mencionar lecturas más recientes: La boca pobre de Flann O’Brien; la biografía de Arthur Cravan de Maria Lluïsa Borràs o Distraídos venceremos de Andrea Valdés, un rico ensayo que se adentra en territorios literarios tan escondidos como extraordinarios. Otro libro que me ha sorprendido últimamente ha sido El koala asesino de Kenneth Cook. Hay un relato, «Cien botellines», que me hizo reír, literalmente. Va de dos clientes en un bar del interior de Australia que apuestan a que otro cliente puede beberse cien botellines de cerveza del tirón. Muy divertido. Aunque esto de leer va según gustos y momentos: cada lector es diferente y cada lectura también lo es.
P—¿Qué opinión tienes de la literatura contemporánea?
R—Estoy tentado a contestar algo pero creo que opinar está sobrevalorado, lo cual paradójicamente también es una opinión. Me resulta liberador no tener que opinar de todo. Debería ser yo quien te preguntara a ti en este caso, que desde tu atalaya de la Bestia Lectora tienes una visión mucho más amplia sobre literatura contemporánea. Creo que es necesaria tu labor de descubrirnos nuevas lecturas, de explorar que hay más allá de campañas de márquetin y otras cuestiones ajenas a la literatura. Aprovecho para mencionar a otros autores que también se dedican a estudiar y reflexionar sobre el tema, como Vicente Luis Mora en La huida de la imaginación y Violeta Ros Ferrer en La memoria de los otros. Prefiero remitirme a quienes os dedicáis a ello con mayor esmero.
P—Da la sensación al leerte de que toda búsqueda siempre es interrumpida por un hecho nimio que evita que lleguemos al final. ¿Lo importante siempre es lo que está a punto de suceder?
R—Me interesa narrar el proceso de una historia, entretenerme en detalles que aparentemente no tienen importancia. La literatura que me gusta es la que engrandece esos hechos nimios, lo que no se ve o no se percibe a simple vista. Cuando me propongo un objetivo para narrar una historia solo es una excusa para empezar a investigar, caminar e imaginar. No me interesa tanto encontrar lo que salgo a buscar como contar qué sucede mientras lo busco. Quizás por eso no me interese tanto el final como lo que va sucediendo o lo que está a punto de suceder. Lo que narro es el «mientras tanto», que durante un tiempo fue un posible título para lo que acabó siendo Dadas las circunstancias. Digo que salgo en busca de algo que solo sabré qué es cuando lo encuentre. Lo importante es saber detectarlo cuando aparezca, tener esa intuición. La realidad siempre nos desborda, estábamos pensando en montar un festival y nos sobrevino una pandemia, por ejemplo. Mis historias requieren de contrariedades, que tomen un devenir que no estaba previsto. Recurrir al azar es una estrategia en todo esto. Además, por concluir, me interesan las historias que terminan pero no acaban. Finalizado el cuento, prosigue la vida, irremediablemente.
P—Una forma también de ir contra la literatura moralista o que elabora un camino cerrado que empieza y termina casi en el mismo lugar.
R—Exacto, huyo de moralejas. Prefiero que cada lector extraiga sus propias conclusiones.
P—Si te pidiera que te definieras dentro de una generación, ¿cuál sería? No me refiero a la temporal sino a la estética, a la época de escritura con la que sientes que encajas mejor.
R—No lo sé la verdad, no he pensado en eso. A mí lo que me da placer es practicar la escritura como oficio, encerrarme tres días en un hotel de Almuñécar con la antepenúltima versión de un manuscrito. Rehúyo de la solemnidad en la que suele enmarcarse la literatura. A veces trato de imitarla pero no me sale. Todavía asisto a las ferias del libro con la sensación de ser un intruso con afán de vivir aventuras, colarse en fiestas para robar canapés que son gratuitos, ensoñar que lo traducen al polaco y conocer a escritores coreanos obsesionados con pingüinos. Imagino que en todas las épocas ha habido escritores que tuvieran esa misma sensación. Me identifico con ellos, son una generación transversal en el tiempo.
P—¿Qué querías hacer con este libro? ¿Lo has conseguido?
R—Cuando uno decide mostrar lo que escribe es para que lo lean el máximo número de lectores. Dadas las circunstancias ha salido durante una pandemia de carácter global y ahora está en búsqueda de los lectores y las lectoras que conectarán con su contenido pero todavía no lo saben. Estamos en ello con Jekyll & Jill. Poco a poco, el libro va sumando nuevos cómplices.
Entrevista con Paco Inclán

Dadas las circunstancias en Estado Crítico



Excelente reseña de José Manuel García Gil sobre Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en Estado Crítico.

Actividades improductivas en tierras extrañas

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JOSÉ MANUEL GARCÍA GIL | En los últimos años ha proliferado una clase de libros que se benefician de la capacidad de apropiación y de ensanchamiento de la literatura de viajes para construir un molde aparentemente novedoso: el relato híbrido o posmoderno. En realidad, no son sino el producto de la radicalización de un recurso ya existente, como lo es la fusión de géneros. En términos generales, la hibridación surge de la combinación entre la crónica de viajes, el ensayo o el cuento, hasta el punto de que la adscripción a un subgénero u otro resulta, cuando menos, infructuosa. Esta condición mestiza recorre buena parte de la obra de Paco Inclán (Valencia, 1975), en donde las fronteras entre investigación periodística o antropológica, memoria viajera, ficción o autobiografía, quedan ampliamente superadas. Dadas las circunstancias, su último libro, hermosamente editado por Jekill & Jill, no podía ser ajeno a ese paradigma.

En distintas ocasiones, Ricardo Piglia afirmó que todo relato cuenta una investigación o un viaje. Sin embargo, en el caso de Inclán, ambos modos básicos de narrar se dan la mano desde el origen de su literatura. Aunque de tal afirmación no se deduzca que lo sigan haciendo en el punto de llegada. En ese orden, Dadas las circunstancias no es propiamente un libro de viajes en el sentido clásico de la palabra, como tampoco cabe definirlo en puridad como un trabajo de investigación periodística. No trata su autor de extraer la esencia de los sitios visitados o de reflejar el universo que como viajero descubre, poco a poco, dentro de sí por medio de la travesía. Al abrir las páginas de estos ocho episodios nos topamos con una mirada más que incisiva, original, inteligente y socarrona. Y con la voz de alguien que, aunque se ha documentado a fondo acerca de unos temas raros y poco relevantes, no acaba conduciéndonos al objeto de sus estudios sino llevándonos de una revelación paradójica y absurda a otra, de una epifanía poco creíble a la siguiente, como si su quiebra como investigador no fuese sino la antesala de sus logros como escritor.

Sobre este suelo, más humano que territorial, Paco Inclán camina cómodamente entremezclando la erudición y la autobiografía, la parodia y la emoción, la ingenuidad y la astucia. La lectura resulta desconcertante debido a la cantidad de temas tratados y de caminos alternativos propuestos. Nada como ir de un lugar a otro, sin más compañía que las vueltas de la imaginación o una curiosidad imbatible y contagiosa que termina por despertar la del lector gracias a la capacidad que el autor tiene, en cada momento, de sacarle el jugo a sus relaciones con la gente que encuentra.

Dadas las circunstancias nos lleva, mapas incluidos, a lugares tan dispares como Praga, La Habana, Llodio, Valencia, Céret, Sant Pau d’Ordal, Veracruz, Valladares o Berlín. Lugares que no son sino la atmósfera necesaria para que el narrador ponga el foco donde habitualmente no se pone, en la periferia de la historia, en los márgenes en lugar de en el centro, más común y trillado. De este modo, desde la solapa hasta el colofón, este libro es el reflejo de la heterodoxia y excentricidad de su autor. Quiero decir que Paco Inclán es un escritor excéntrico, alguien que está fuera del centro o tiene un centro diferente. Se trata, en definitiva, de darle la vuelta a esos lugares -algunos están muy estereotipados o carecen del menor reclamo- e intentar narrarlos desde otro punto de vista.

Paisajes con figuras extravagantes: un escritor checo enano autor de una novela sobre enanos, el último hablante de una lengua primitiva -el erromintxela-, la viuda de un forofo esperantista, un actor-clown que proyecta durante un almuerzo imágenes espeluznantes del conflicto bélico en Siria en contraste con las delicias de la gastronomía de aquel país, uno de los tropocientos nietos de Pancho Villa que asiste en Veracruz a la proyección de un documental sobre el vínculo inexistente que tuvo su abuelo con aquel lugar, entre otros tantos. Son personajes peculiares que coprotagonizan las situaciones de corte surrealista en las que derivan los estudios variopintos de su principal protagonista: un interés repentino por la suerte de Plutón como planeta, una investigación sobre casos de personas que murieron de risa, un estudio del excremento, un artículo sobre literatura en esperanto o un ensayo sobre ausencias para demostrar a ciencia cierta la presencia de personalidades en lugares a los que nunca fueron, son algunos de ellos.

A veces el lector se pregunta cuánto hay de verdad y de mentira en estos textos. Los mismos títulos de los libros de Inclán –Tantas mentiras (2015), Incertidumbre (2016) y este Dadas las circunstancias (2020)- nos advierten de la poca inclinación de su autor a la hora de discernir entre lo que es falso y lo que es cierto. Al final, da igual con cuánta ficción o exageración de hechos reales nos topamos. En las primeras páginas de la lectura, uno coge su móvil para corroborar si el autor ha inventado este personaje o aquel dato, pero lo hace solo al inicio. Luego se deja llevar a esa dimensión en la que los límites entre realidad y ficción nada importan porque han sido superados por la buena literatura. Esa que concluye que, verdadero o falso, el lector se cree lo que se le cuenta.

El objetivo de la investigación en los ocho relatos “verídicos” -profusión de documentación y notas al pie incluidas- no interesa sustancialmente. Es una manera de empezar a caminar sin verdadera intención de encontrarlo. Lo que importa es en lo que acaba convirtiéndose el hecho preparatorio de ir a buscar esto o aquello. Inclán sale a escudriñar algo en algún grupo excéntrico (unos comensales alucinados, un club de esperanto, un banco de horas…), se extravía y encuentra una cosa distinta y más valiosa literariamente hablando. Es el hallazgo inesperado que se produce de manera accidental, casual o por destino, el vértice de estos experimentos narrativos.

En «Paisajes cubanos (como recuerdo)», por ejemplo, el protagonista viaja a La Habana en busca del chiste que mató a Julián del Casal. Esa es la excusa para un recorrido por una serie de situaciones en las que aparecerán personajes más excéntricos aún que la investigación de partida: un doble del Che, una librera desencantada, un vendedor ambulante de tarjetas de memoria, un maestro del PCE desilusionado con la realidad revolucionaria o la hija de este con la que el alter ego de Inclán acaba inesperadamente en la cama del cuarto contiguo al que duerme su padre.

Algo así sucede cuando nos sumergimos en cada relato de Dadas las circunstancias.  Hay algunos hilarantes, como el dedicado al erudito y médico del siglo XIII Arnau de Vilanova, sabio en lucubraciones escatólógicas, que abunda en datos y referencias bibliográficas que funcionan literariamente, en paralelo con la lectura, como obstáculos en la carrera desesperada de su protagonista hacia el lavabo cuando se va de vientre. En otros, el componente ensayístico es más difuso. Así, “El postre sirio” funciona como un relato redondo. Al final, todas las historias actúan a modo de prisma en el que, según la inventiva de su autor, se prefiere una cara más que otra.

La buena literatura parece seguir más unida a la sensibilidad de quien viaja en dirección contraria o sin destino ni coordenadas, que al viajero previsible y obediente que sigue el itinerario marcado por las migas de pan de las guías turísticas. Quizás, por eso, Inclán se ha convertido en uno de nuestros más originales prosistas. Por convertir cada expedición y cada indagación en una anécdota de factura maravillosa. Con un desenlace en el que él mismo acaba por preguntarse: “¿Quién me mandaría llegar tan lejos con estas cosas?”

Recogía el mexicano Juan Villoro aquel aserto de Hemingway acerca del origen de la literatura norteamericana: comienza cuando Mark Twain escribe: “Es hora de irnos a aquellas tierras”. Una invitación al viaje, en resumidas cuentas. Se trata, sin duda, de un gesto cervantino: salir al mundo en busca de experiencia, estructurar la trama a partir de los desplazamientos. Eso hace Paco Inclán en este nuevo libro: invitarnos como polizones a acompañarle por tierras y asuntos extraños, a veces alocados o absurdos, por senderos que se bifurcan en torno a la máxima horaciana prodesse et delectare que, a nuestros efectos, bien pudiera traducirse por pesquisas y divertimentos.

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Alejandro Espinosa Fuentes reseña Dadas las circunstancias de Paco Inclán


Alejandro Espinosa Fuentes reseña Dadas las circunstancias de Paco Inclán en LEE/ALGO:

FATAL HILARITY

Conocí a un vagabundo en una gasolinera de San Luis Potosí que tenía el plan de acabar con el problema del frío talando todos los árboles del mundo para incendiarlos en una colosal hoguera amurallada. Mientras hablaba con él, no dejaba de pensar: ¿Dónde está Paco Inclán cuando más lo necesitas? En cierto modo, sentía que la historia se estaba desaprovechando conmigo. Una prosa aguda y sabia como la de Inclán, el gran nómada valenciano, sabría hacerle justicia a esta premisa mínima, absurda, ridícula y, a su vez, todopoderosa.
Me ocurrió de nuevo en un sonidero veracruzano, donde el dj más aclamado de los Tuxtlas me confesó su sueño de postularse para gobernador con el único fin de ordenar por decreto que todas las tortillerías de México vendieran tortillas de color azul en vez de amarillo. Son más sabrosas, sin duda, y el morado es un color más chingón, argumentaba. Yo lo escuchaba completamente desconcertado, no por su plan imposible, sino porque otra vez sentía que yo no era el escritor más adecuado para recibir su extraordinaria idea. ¿Dónde está Paco Inclán?

El cronista valenciano domina con maestría un rasgo imprescindible de la comedia que no tiene que ver exclusivamente con el contenido de una anécdota, sino con el ritmo. Cada uno de sus textos produce un efecto trascendental en el lector pese a que la mayor parte de sus tramas acudan a la ironía por decepción que encandilaba a los clásicos:  Parturient montes, nascetur ridiculus mus, [Parirán los montes, nacerá un ridículo ratón].

Abro su nuevo libro publicado por Jekyll & Jill, Dadas las circunstancias, y temo, desde el epígrafe, que esta nueva obra no logre superar la gracia de su libro anterior, Incertidumbre, que es la única lectura que me ha hecho retorcerme a carcajadas en los pasillos de un tren de alta velocidad. A continuación ocurren muchas cosas, pero ninguna se parece a la desilusión. Otra vez Inclán hace de las suyas, guiándome por geografías insospechadas, enseñándome que locos hay en todo el mundo, y en todos los casos, su locura delata más genialidad que insania.

Me sumerjo en la primera crónica y atestiguo una maquiavélica conspiración, promovida por Walt Disney, para defender el estatus planetario de Plutón por ser el único astro del sistema solar descubierto por un americano y bautizado en homenaje al perro amarillo de Micky Mouse. La decisión de rebajarlo a “planeta enano” se tomó en Praga, donde ahora acompaño a Paco Inclán adentro de la misma cantina a la que Roque Dalton dedicara uno de sus mejores poemas. El conflicto apenas comienza. Inclán se inserta en una discusión gratuita con un escritor enano (que no habla español ni inglés), al que quiere preguntarle por todos los medios cuál es su opinión sobre el nuevo estatus de Plutón.

El tema por excelencia en la obra de Paco Inclán es la condena de Babel, la imposibilidad comunicativa debido a las múltiples lenguas y dialectos, que siempre lleva a malentendidos y conjeturas ingeniosas, donde caben todas las posibilidades. La ausencia de un código común orilla a los interlocutores a buscar a como dé lugar una pizca de sentido mediante traducciones improvisadas y una lectura coherente del contexto. Pero si los interlocutores además son especímenes obsesivos esta traducción pocas veces será acertada.

Arranca el desfile: un imitador del Che Guevara apuesta fortuna en un museo privado de sí mismo, el último hablante de una lengua mezcla de euskera y romaní, el editor de una revista de madadas-las-circunstanciasrihuana escrita en esperanto, un macabro refugiado sirio que organiza opíparas comidas mientras obliga a sus invitados a mirar imágenes de bombardeos; todos ellos coronados por el mismo Inclán, que hace hasta lo imposible por quedar a la merced de estos sabios marginados.

El segundo tema en la obra de Inclán es el humor como concepto y síntoma. Si en Incertidumbre nos presentaba a un mecánico de la periferia que, tras la crisis económica de España, fue a probar suerte en un poblado de Guinea Ecuatorial donde, pese a ser el único blanco, se integró a la perfección a base de incorrección política y un humor hiriente, en Dadas las circunstancias explora las posibilidades de este humor como una herramienta valiosa, la cual, llevada demasiado lejos, puede ser fatal.

Paco Inclán viaja a La Habana en busca del chiste que mató de risa al poeta Julián del Casal. Según nos indica en las notas al pie, no se trata de una muerte tan extraña; reyes y filósofos han caído fulminados por sus propias carcajadas. En inglés se le conoce como Fatal Hilarity y se refiere, literalmente, a morirse de risa. Pareciera que Inclán le hiciera  una propuesta antagónica al lector. Por un lado parece decirle: Sigue conmigo que lo que viene a continuación será aun más gracioso. Y por otro lado: Ten mucho cuidado, pues la misma gracia que te hace la locura ajena podrá llevarte a la tumba y te sumará al repertorio de anómalas soledades que habitan este libro. No conozco pacto de complicidad con el lector más sincero, más horizontal, más reflexivo.

Hace poco vi en un viejo reportaje catalán una charla entre los escritores J. A. Masóliver y Enrique Vila Matas en donde el primero le decía al segundo que a ellos en España los consideraban raros, pero que en México eran uno más, porque en México lo normal es ser un poco raro. Claro que ellos lo decían con ese amor por México que sienten los  europeos que visitan el país una vez al año para presentar libros o recibir premios. La relación con México de Paco Inclán es ligeramente distinta, su integración es plena, como le sucede en todos los países del globo. En la penúltima crónica de Dadas las circunstancias, descubrimos a un raro entre los raros, un cronista confuso que atestigua, sin condescendencias, lo que el europeo telescópico denominaría “surrealismo mexicano”, pero que el nativo designaría con todas sus letras como la estupidez de la burocracia cultural priista.

Inclán asiste a la proyección de un documental sobre la relación de Pancho Villa y el estado de Veracruz. Dicha relación consiste en que no hay ninguna: Pancho Villa jamás estuvo en Veracruz. El documental tiene por premisa su ausencia, pero esto no evita que las autoridades despilfarren un dineral en el evento; invitan a uno de los 300 nietos de Pancho Villa, al que tratan como a un rockstar, y los académicos más necios llegan a comparar al revolucionario duranguense en Veracruz con el campo de Higgs: “algo que no podemos detectar no prueba que no esté entre nosotros”. Aplausos. Paco Inclán encuentra una mina de oro para futuros proyectos: “Me imagino inmiscuido en inabarcables investigaciones para demostrar a ciencia cierta que ni Franz Kafka estuvo en Zaragoza ni Marie Curie pisó Bilbao”.

“El hombre del tiempo”, última crónica del conjunto, le revela al lector la existencia de un banco del tiempo en un pequeño poblado de Galicia, donde, en vez de dinero, se pagan y se adeudan horas de vida entre los pobladores. El banco es gestionado por Manuel, un tipo que vive al borde del colapso nervioso, preocupado porque su pequeña utopía salga a flote. Como toda convivencia debe contabilizarse para evitar las burbujas económicas, los favores no pueden existir. Por supuesto, el nómada valenciano llegará a perturbar todo el sistema y a hacer hasta lo imposible para integrarse y convertirse en uno más.

No sé si Dadas las circunstancias sea el mejor libro de Paco Inclán; quizás la crónica “El último hablante de Erromintxela” se queda un poco corta y a “Escatología en la obra de Arnau de Vilanova” le falta una conclusión que trascienda lo gástrico, pero sin duda en este nuevo libro hay textos que están entre lo mejor de su producción, y entre lo mejor que se ha escrito de crónica en la última década.

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Miguel Ángel Hernández escribe sobre Dadas las circunstancias de Paco Inclán



Miguel Ángel Hernández recomienda Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en Diario de escritura, La Verdad

dadas-las-circunstancias«Por la noche, lees Dadas las circunstancias, el último libro de Paco Inclán, y se te saltan las lágrimas de la risa. Agradeces este oasis en medio del derrumbe. Es uno de tus autores preferidos. Incertidumbre, su libro anterior, incluye alguna de las mejores crónicas que has leído jamás. Aquí ha destilado la fórmula. Inclán tiene la capacidad de relatar lo que le sucede combinando la visión precisa del mundo con el surrealismo y el humor. Son situaciones absurdas, como la confusión del término escatología, la búsqueda del último hablante de un idioma que mezcla el vasco con el romaní o el intento de encontrar el chiste que mató en Cuba a un poeta melancólico. Situaciones muchas veces embarazosas que desencadenan la carcajada. Crónicas –o antropologías– frustradas. Narrativa perfecta. Que un libro te haga reír y disfrutar de esa manera en estos días tristes es una doble alegría.»

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Vicente Luis Mora reseña Dadas las circunstancias de Paco Inclán



Vicente Luis Mora reseña Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en Diario de lecturas:dadas-las-circunstancias

Hay quien piensa que Paco Inclán toma sus vivencias y les introduce unas gotas de ficción para hacer sus libros. Algo me dice que no es así; sospecho que, en realidad, es justo al revés: Inclán toma un lugar y una anécdota, puede que reales, puede que conocidos de primera mano (o no) y, desde ahí, comienza a ovillar y fabular y tejer posibilidades hasta que localidad y anécdota quedan indisolublemente unidos, como si hubieran sido paridos así desde el principio de los tiempos. Alguna pista ofrece al explicar en la página 69 que sus modos de investigación no son los convencionales: no es un modo de abrirse al encuentro de lo inesperado, sino de reconocer que “investigación” aquí es lo mismo que “ficción”. / Todos los libros de Inclán son extraterritoriales —que no globales— e insertan los mapas donde sucede cada historia; aunque las geografías son distintas y están bien re-construidas, hay un aire de familia de lo humano a punto de fracasar, o recién fracasado, que une todos los cuentos: “a ciertas horas, el mundo se parece demasiado” (p. 57), sostiene una frase memorable. / El lenguaje, que se supone vía de comunicación, lo es aquí de distorsión: tortilogos, erralengua. Muchos de sus personajes, ya desde el monje tibetano de Tantas mentiras (2015), están lost in translation y de ese equívoco comunicativo surgen otros tipos de encuentros. Esa devoción lingüística de Inclán puede moverle a estructurar un cuento sobre el filo entre las dos acepciones de la misma palabra, como sucede con la anfibológica “escatología”, que le permite acercarse a la figura de Arnau de Vilanova en tonos tan quevedianos como impredecibles. Otro ejemplo es ese delirante congreso sobre el idioma esperanto al que Inclán supuestamente acude y que tanto me ha recordado —por el humor y los paraísos artificiales— a “Badajoz”, el fascinante relato de Robert Juan-Cantavella incluido en Proust Fiction (2005), también basado en la lectura delirante de la realidad de un congreso académico escrito desde el otro lado del espejo. Con “Viaje al país del esperanto” y “Badajoz” se puede dar un taller sobre las posibilidades de dinamitar los límites entre realidad y ficción desde la calidad literaria —detalle que no pocas veces se olvida al cruzar ese transitado río—. Juan-Cantavella hace en ocasiones periodismo gonzo; Inclán, en cambio, utiliza el gonzo como género literario, como forma donde sus semánticas chapotean felices y rotundas. / Si aparece la merecidísima segunda edición, estaría bien corregir el apellido Burke por Bourke en la página 82. / En resumen, Inclán hace crítica social geopolítica disfrazada de crónica humorística implacable con el propio narrador de la historia. Es lo contrario de la autoficción, vestido de autoficción. / Lo mejor de esta intuición mía sobre su naturaleza estructuralmente ficcional es que, incluso si es falsa o despistada, me hace disfrutar el doble de sus libros. Déjenme permanecer en el error. / La voz del narrador de los libros de Inclán puede parecer sencilla o accesible al lector no avisado, por la empatía que despierta, pero es una diabólica obra de arte: la de un escritor tan bueno que teme parecer soberbio y se hace pasar por otro más enrollado y humano, al que le cae la vida en lo alto. / Es una literatura singular, humana hasta la médula, brillante. Aquí tiene un fan duradero.

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Dadas las circunstancias en Poemas del alma


Tes Nehuén reseña Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en Poemas del alma:

«Dadas las circunstancias», de Paco Inclán Jekyll & Jill

«Dadas las circunstancias» es un libro de viajes fantástico, en su sentido más literal y armonioso posible, que nos invita a deshacernos de los prejuicios y a respirar hondo.

La noticia de que Plutón dejó de ser un planeta le llegó al narrador mientras se bañaba en unas playas de México. Éste es el punto de partida de Dadas las circunstancias de Paco Inclán (Jekyll & Jill), un libro difícil de calificar y cuya simiente es una epifanía que sirve para reflexionar sobre todos aquellos grandes descubrimientos que desaparecen, se pierden como polvo de estrella, sin que podamos hacer nada por evitarlo. Es decir, sobre la cualidad inasible de la vida.
 El fantasma de la lengua

«Dadas las circunstancias» no es un libro de viajes, pero nos lleva a través de distintos paisajes. Viajamos a una Habana descascarillada donde todo el ideal revolucionario se desparrama sobre un suelo derruido, también visitamos bibliotecas y edificios que conservan algunas obras exquisitas de la literatura.

Berlín, Valencia, Praga y los muchos idiomas que baldean nuestra vida y nuestra cultura. La búsqueda del esperanto y el erronmintxela; el placer de hablar el propio idioma a océanos de distancia. El lenguaje de los cuerpos, de los ojos que no quieren ver. El lenguaje de la literatura y el de la risa. Todo esto nos ofrece: un viaje evidentemente, tan alucinante como inspirador y divertido.

Sobre lenguas muertas, dialectos moribundos y búsquedas lingüísticas, se construye la parte más interesante del libro. Con un mestizaje curioso y divertido que se apoya en lo escatológico y que abre la posibilidad de exploración de un sinfín de imágenes, asociaciones y teorías que nos hablan del fin del mundo y de lo material que resulta el lenguaje al fin y al cabo.

Paco Inclán viaja y nos enseña los mapas de esos viajes pero en verdad los sitios a los que nos lleva tienen mucho del imaginario literario que rodea a esos lugares. Por eso, pese a que visitamos sitios específicos, nuestra mirada siempre está en otra parte, como si el sentido de las cosas no pudiera atravesarse con realismo, sólo con la simbología, a veces incomprensible, del lenguaje.

Morir de risa y escritura

Quizá en esta frase resida gran parte de la identidad del libro. Los viajes nos cambian y ciertamente el narrador va mutando y resignificando su propia existencia a la luz de los paisajes que visita. Sus obsesiones cambian en torno a los estímulos y el aprendizaje. Lo que resulta verdaderamente importante no es el viaje en sí, ni siquiera los lugares que se visitan, sino todo aquello que no está, lo que ya no está. En ese sentido podría ser un libro sobre lo que estuvo y ya no está, sobre nuestra efímera huella en los lugares.

¿Puede alguien morir de risa literalmente? El segundo relato de este viaje es alucinante. Inclán, como un personaje que se mueve entre lo ficcional y lo autobiográfico, llega a La Habana buscando el chiste que mató a un poeta cubano del siglo XIX. La risa le provocó un aneurisma. Se murió de risa. En el sentido pleno de la frase. Y lo cuento tan sólo para que puedas hacerte una idea del tipo de hilos que tira Inclán para componer una obra fabulosa. Hilos que le sirven para reflexionar sobre temas diversos, todos ellos atravesados por el oficio de la escritura, como puerta de la memoria y también como refugio frente al vacío del futuro incierto. Pero en la escritura también hay miedo y senderos inconclusos.

La seductora narrativa de Inclán

Hay varias cosas fascinantes en esta lectura. Supongo que esto es muy subjetivo, pero hay algo en la escritura de Inclán me ha devuelto a mi adorado Hunter Thompson. Tiene que ver con la escritura que atraviesa el terreno de lo sórdido pero no por ello se rebaja a lo vano; es decir, que sigue y se mantiene en una línea estética dificilísima, imposible. En el periodismo gonzo hubo (y hay) muy pocos escritores capaces de hacerlo. Es difícil entender la regla principal de esta estética, que consiste en atravesar la suciedad del mundo sin mancharse, procurando que el lenguaje siempre vuele un poco más alto que la mugre. Paco Inclán sorprende siempre consiguiendo tocar temas pringosos sin perder el norte del lenguaje y su estética. Y creo que esta es una de las principales razones por las que hay que leerle; como volvemos a «Los diarios del ron», con la sensación de llegar por vez primera.

Y sigo. Paco Inclán tiene dos cualidades que yo le admiro, y que me encantaría tener. Sabe atraparte en sus narraciones de forma casi inmediata, como si te contara un cuento de hadas, una historia tradicional, con su intriga y su heroísmo. Su otra virtud es encontrar en el humor un hueco donde hacer las preguntas importantes, sin llegar a ser pedante y sin visitar el terreno de lo ordinario. Una escritura que nos incómoda pero no nos aplasta.

En este libro volvemos a encontrarnos con lo más delicioso de su búsqueda como escritor: el fondo del lenguaje, el cruce lingüístico de las voces que nos alimentan y conforman. «Dadas las circunstancias» es un libro que lleva a su sentido más elevado la incertidumbre de la vida y la escritura y nos invita a mirarnos de una forma nueva. Cabe un comentario más a la edición: el mimo con el que cuida Gomollón sus libros tampoco es de este mundo. Quién no haya tenido en sus manos un título de Jekyll & Jill, no sabe lo que se está perdiendo. Viajemos todos con Inclán en estos días revueltos porque dadas las circunstancias que atravesamos un poco de luz y de humor no nos vendrá nada mal.

DADAS LAS CIRCUNSTANCIAS
Paco Inclán
Jekyll & Jill
978-84-948915-4-0
160 páginas
16,00 €

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Rafa Cervera recomienda Dadas las circunstancias de Paco Inclán



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Rafa Cervera recomienda Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en CulturPlaza, de Valencia Plaza.

«Acabo el último libro de Paco Inclán, Dadas las circunstancias. Adoro lo que escribe Paco. Me parece tan único, tan dueño de su propia visión que no puedo dejar de admirarlo. De hecho, mientras corrijo este texto, me doy cuenta de que yo bien podría ser el personaje de uno de sus relatos, que hablan de extravagantes que viven felizmente refugiados en sus cráneos, quizá trastornados por un mundo que siempre será más extravagante que ellos.»

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Dadas las circunstancias de Paco Inclán en Babelia El País



Carlos Pardo reseña Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en Babelia El País:

El hombre que atrae a los locos

Paco Inclán explora la relación entre individuo y masa en una narración cargada de personajes excéntricos

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El narrador se encuentra en la ciudad mexicana de Veracruz, en un centro cultural donde va a estrenarse una serie documental dedicada a las grandes personalidades del lugar (el narrador está allí porque va a casarse, pero “ese es otro cuento”). El primer retratado es Pancho Villa; su nieto, gran bigote y modos de oficialidad, es aclamado por los 400 asistentes. Pronto se comprende que Pancho Villa nunca estuvo en Veracruz, circunstancia que no amarga al público; antes bien, comienza un diálogo sobre lo difícil que es certificarlo, la pertinencia de un “estudio de las ausencias” que, por ejemplo, demuestre “que ni Franz Kafka estuvo en Zaragoza ni Marie Curie pisó Bilbao”. El narrador menciona delirios similares en bibliografía reconocida: la ausencia de George Sand en Are­nys de Mar, de donde debía partir para Mallorca; o la de Proust en Trieste, ciudad que el novelista describió como un “lugar delicioso donde la gente es pensativa, las puestas de sol son doradas y las campanas de la iglesia tañen ­melancólicas”.

Otro ejemplo: si Inclán investiga los círculos “esperantistas” catalanes, una intuición perversa lo lleva a intimar con el responsable de “la primera y posiblemente la última editorial que se dedica a la difusión en esperanto de los beneficios de la marihuana”. Es decir, el marginado entre los raros.
Y es probable que el personaje que es el propio Paco Inclán en su literatura, una especie de humilde bromista bonachón, atraiga a los locos y los excéntricos, pero asimismo hay que comprender que uno de sus temas mayores es, precisamente, la relación del individuo (excéntrico) con una pequeña masa (ditirámbica). En Inclán, comunidad y persona son vulnerables resistencias de un mundo igualmente idiota, pero mejor falsificado; es decir, que pasa por normal. Y en estos errores “de especie” halla el autor algunos signos de autenticidad supervivientes a las convenciones de nuestro tiempo, incluso cuando el protagonista de un texto es un imitador del Che Guevara (“Paisajes cubanos”).

El amor por lo relegado eleva los textos de Paco Inclán por encima de la miniatura bizarra, del chiste contracultural. Es la clave de su logro como escritor y del encanto de todo lo que escribe: un magistral sentido de la empatía. Por eso hace tiempo que ha dejado de ser un autor de culto y se ha convertido en uno de los más originales prosistas en español; además, de una especie de la que es el único (el primero y el último) espécimen.

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Paco Inclán en La torre de Babel



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Ana Segura entrevista a Paco Inclán en el programa La torre de Babel (Aragón Radio) con motivo de la publicación de su libro Dadas las circunstancias. Además, pueden escuchar un relato completo en la voz de Rafa Moyano con la realización técnica de Vicente Bordonaba.

ESCUCHAR programa

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Entrevista a Paco Inclán en el diario De aquí



Andrés García entrevista a Paco Inclán en el periódico De aquí con motivo de la publicación de su libro Dadas las circunstancias:

Un momento de la entrevista en el parque de MarxalenesUn momento de la entrevista en el parque de Marxalenes

Paco Inclán: «Una parte importante de escribir consiste en aprender a borrarse»

El escritor Paco Inclán (València, 1975) acaba de publicar Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill)

Dadas las circunstancias libro de la semana en La estación Azul (RNE)



Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, libro de la semana en el programa La estación azul, de Radio Nacional de España. Lo entrevista Jesús Marchamalo. A partir del minuto 38:34.

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Dadas las circunstancias de Paco Inclán en Revista Détour


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Óscar Brox dedica una excelente reseña a Dadas las circunstancias, el nuevo libro de Paco Inclán, en Revista Détour.

Paco Inclán. Un heterodoxo, por Óscar Brox

Dadas las circunstancias, de Paco Inclán (Jekyll & Jill) | por Óscar Brox

Paco Inclán | Dadas las circunstancias

Siempre tengo la sensación de que las novelas de Paco Inclán -aunque me gusta más decir los artefactos– mantienen una serie de conexiones subterráneas, literarias y hasta espirituales que, a su manera, las hacen inseparables. Forman parte de un gabinete de curiosidades, de una crónica de viajes sedentarios (esto último se lo leí hace un rato al propio autor) y de un gusto, más bien literario, por embellecer la anécdota hasta convertirla en un signo de cultura. En un vestigio. O, ya que estamos, en una tentativa de abarcar las cosas más comunes desde otros ángulos. A Jean Echenoz, por ejemplo, le preocupaba más construir a Ravel a partir de su obsesión por comprobar que había cerrado la llave de paso de su casa que a través de las partituras que compuso; al fin y al cabo, esto último está al alcance de cualquier estudio. Y algo así sucede cuando nos sumergimos en la primera miniatura de Dadas las circunstancias, en la que las cuitas en torno a la existencia (o la trascendencia de Plutón) se entremezclan con el recuerdo de Roque Dalton en una taberna checa, en medio de una conversación en otro idioma con Hesel, autor enano. Así, uno tiene la sensación de que Inclán nos conduce por cada recoveco de la historia, aglutinando gestos, detalles y cosas, como una especie de ruido de fondo, que paulatinamente dibujan un paisaje. Un paisaje marciano, pero al que nos agarramos como si se tratase de la traducción más cercana de aquello que nos conmueve. A esto suena Taberna, de Dalton, podría decir mientras trata de descodificar la sonrisa del enano Hesel en una mesa del U Fleku.

De Chequia pasamos a Cuba, Islandia o Sant Pau D’Ordal. A Inclán en busca de un chiste perdido en una Habana en la que se habla valencià y la hija del Che dicta una de tantas hagiografías en torno a la Revolución. Aquí hay un chiste asesino, como en el sketch aquel de los Monty Python, un barrido por la geografía cubana, ficción que parece una autoficción que parece una ficción, encuentros culturales y genealogías del chiste, alguna que otra recensión sobre la obra de Julián del Casal y una pizca de sexo para desengrasar la aventura. O para unir dos latitudes, dos idiosincrasias, en lo que dura leer un ejemplar de la revista Bostezo. Inclán siempre está ahí para sacar punta de la ocurrencia y brillo a lo insignificante, dejando que hablen las ruinas de una librería de viejo, que se critique con resignación el establishment que solo cree en la lectura del Granma y de José Martí o que un viaje a Cuba se convierta en toda una psicogeografía por una ciudad permanentemente atrapada en sus contradicciones.

No sé si fue por culpa de Los amos locos, de Jean Rouch, que me volví un hooligan de las etnoficciones y me pasé unos cuantos años con la idea de trabar contacto con otra cultura, más bien perdida, más bien olvidada, en busca de ese shock cultural que se produce cuando te topas con algo que apenas se ha estudiado, articulado o encadenado a una explicación. Todo esto viene a cuento del erromintxela, las lenguas nómadas y ese otro capítulo en el que Inclán narra el encuentro improbable con el último hablante de una lengua mezcla de euskera y romaní. O el periplo en dirección a Llodio para una improbable entrevista con el último superviviente del erromintxela. De Inclán me gusta ese gesto un poco autorreflexivo, otro poco irónico, de preguntarse y preguntar abiertamente por sus formas heterodoxas. En lugar de pasar el peaje de la Academia, del estudio -bostecemos- riguroso y bla, bla, bla, convierte cada historia en una microaventura, dejada de la mano de Dios y a merced de un ambiente más propio de Livingstone que de un Departamento de Filología; entre barro, frío, aire y bosques, pero sin un ápice de épica. Más bien, como un anticlímax que no necesita de desenlace para convencernos de que, al final, lo importante era la ocurrencia. Como cuando lees una plaquita ubicada en algún lugar ignoto y te da por imaginar qué puñetera historia te ha conducido hasta allí. Lo de menos, en definitiva, es si es verdad o no. Para eso está la ficción, ¿cierto?

Total, que Inclán nos transporta durante todo el libro por diversos estados. Hay capítulos, como el dedicado a Arnau de Vilanova, que duran lo que una carrera desesperada hacia el lavabo cuando vas de vientre. O lo que abarca una graciosa confusión etimológica con la fortuna de un término como escatología (la e, en este caso, no es baladí). De ahí a esa lengua-territorio que es el Esperanto, a una exaltación de Veracruz o, mi favorita, la historia en la que un banquete de comida se entremezcla con la crudeza de la proyección en vídeo de una guerra que no cesa. Esa misma a la que los estómagos agradecidos hacen oídos sordos mientras el mundo mira en cualquier otra dirección.

Y así, un poco por muchas cosas, uno llega a la última página de Dadas las circunstancias con la impresión de que Paco Inclán es un heterodoxo, un viajero sedentario o un aspirante a la logia del OuLiPo, si es que algún día le da por jugar con las palabras, además de con las anécdotas, y el orden del discurso. Mientras eso sucede, lo mejor es releer cada una de las piezas de ese gabinete de curiosidades que aloja en las páginas de su obra. De una obra capaz de saltar, de psicogeografía en psicogeografía, enseñándonos sus entrecruzamientos con la ficción, la autoficción y la etnoficción, con esa gracia con la que se saca brillo a lo insignificante. Que, como si hiciera falta volver a decirlo, en verdad es lo más valioso de las cosas.

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Entrevista a Paco Inclán en Solidaridad Digital



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Esther Peñas entrevista a Paco Inclán en el diario Solidaridad Digital, con motivo de la publicación de su nuevo libro Dadas las circunstancias:

«Cada uno ubica el centro y el margen donde le place, tanto en la literatura como en la vida»

Esther Peñas / Madrid

Viajemos. Pero zascandileando por entre raros, sorteando los lugares a donde hay que ir para escoger aquellos en los que queremos estar. Habitémoslos. Busquemos la compañía de insurrectos. Roque Dalton. Julián del Casal. Por ejemplo. Caminemos. Aún hay gente que habla esperanto y tabernas en las que sentir el latido más reconfortante de la vida. Y leamos. Estas doce historias que nos comparte Paco Inclán (Valencia, 1975) en su última entrega: Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill).

¿Qué peso tienen, en el actuar de uno, las circunstancias?

Si nos atenemos a la definición de circunstancia supongo que debemos estar todo el rato actuando circunstancialmente, adaptándonos en la medida de nuestras posibilidades. No escogemos ni el lugar ni la época ni el entorno donde nacemos, cuestiones que influyen enormemente en nuestro devenir. Como dice un amigo: «Aquí, en la vida, cada uno hace lo que puede». Aplica también para la escritura.

Si hasta Plutón puede, en un momento determinado, dejar de ser planeta, ¿qué cosas hay en la vida inmutables? ¿Y en la escritura?

Hay dos momentos cruciales en la vida, uno no lo puedes recordar y el otro no lo puedes contar: uno es cuando naces, el otro cuando mueres. Entre uno y otro, pasan cosas.
Sobre lo inmutable en la escritura me lleva a pensar en la inalterabilidad de la letra impresa, algo que se ha perdido con lo digital. La emoción que provoca el cierre de un libro, el último cambio —una coma, un colofón, un detalle imperceptible— antes de que entre en imprenta. Una íntima trascendencia.

Aparte de traerle a la memoria al poeta Roque Dalton, ¿qué se encuentra en las tabernas, en las cantinas?

Durante muchos años fueron mi oficina. De hecho, mi cantina preferida en Guadalajara (México) se llama así, Mi oficina. Allí pasé algunas mañanas trabajando con horario de funcionario. Los bares han sido el espacio de trabajo idóneo donde recoger historias. De algunas me acuerdo, otras me las invento.

¿Qué tiene Roque Dalton que hace necesaria su compañía?

Dalton murió asesinado el año en el que nací, me he imaginado alguna vez que hubiéramos sido amigos. Me enganchó lo visceral de su vida y de su obra. Mi relación con El Salvador es curiosa. Es un país en el que nunca he estado pero que está muy presente en mi vida, a través de Dalton, del Mágico González, de amigos salvadoreños que he ido encontrando en el camino, de mis encuentros con José Luis Sanz, director del periódico digital El Faro, referente del periodismo bien hecho. Buena parte de salvadoreños viven fuera de El Salvador, quizás por eso sea un país que haya acabado conociendo también desde fuera, sin pisarlo. Si escribiera una guía de viajes sobre lugares en los que no estuve, empezaría por El Salvador: sus playas, sus gentes, sus bares, sus poetas, sus pupusas.

Julián del Casal, otro invocado en estas páginas. ¿La verdadera literatura transcurre en los márgenes?

Lo de los márgenes es cuestión de perspectiva. Cada uno ubica el centro y el margen donde le place, tanto en la literatura como en la vida. Recuerdo cuando tras un viaje tortuoso de muchas horas en camioneta llegué a un pueblo remoto  en los Andes colombianos y le comenté a una señora que estaban muy lejos. «¿Lejos de dónde?», me respondió. Para mí era una esquina del mundo lo que para ella era el centro. Ese es el lugar desde donde me gusta contar historias.

¿Qué se le pregunta al último hablante de una lengua?

Do you speak english?

¿Qué aprende uno en cada viaje?

A mí viajar no me gusta mucho, padezco bastante en los trayectos. Lo que me gusta es estacionarme en muchos sitios, practicar una especie de ubicuidad sedentaria. Me encanta sentirme parte del lugar donde me encuentro, he aprendido a desarrollar esto. Cuando llego a un sitio localizo enseguida el que será mi bar de la esquina, mi tiendecita, me saco el carné de alguna biblioteca, me apropio de lugares que no aparecen en las guías. Me gusta la idea de tener un sofá y una mantita en cada ciudad del mundo. En algunas lo he conseguido. Agradezco a las amistades que me han hecho creer que uno puede afincarse en el mundo.

¿Qué tienen en común los países a los que ha viajado el protagonista de esta docena de historias?

Creo que lo que tienen en común es la mirada que aplica el narrador sobre cada una de las realidades reflejadas en los relatos del libro. Una mirada que no se deja influir por estereotipos ni expectativas, dispuesta a dejarse sorprender e incomodarse. Normalmente nos encontramos con lo que ya teníamos previsto encontrarnos. Cuando rompes con esto, entras una dimensión desconocida que me sirve como material narrativo.

Morirse de risa… ¿es la mejor de las muertes posibles?

Me provoca cierto desasosiego imaginarme muriendo de risa. Me veo agobiado mientras asumo que la risa se me está yendo de las manos, que ya no la podré atajar y que la muerte será irremediable. Visualizo segundos de mucha congoja, salpimentada además con el miedo a estar haciendo el ridículo; es ridículo sentir miedo a hacer el ridículo mientras te estás muriendo. Así imaginé la trágica muerte de risa de Julián del Casal. Si hay que morirse, prefiero hacerlo durmiendo mientras sueño que estoy en una playa caribeña, por ejemplo.

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Dadas las circunstancias en La Nueva España



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Dadas las circunstancias, de Paco Inclán, en el suplemento cultural de La Nueva España (Asturias), por Eugenio Fuentes.

Paco Inclán: humor inteligente para pensar y vivir despierto

Quienes sepan del valenciano Paco Inclán ya estarán familiarizados con tres rasgos muy suyos: un humor que fluye más deprisa que su respiración, un «culoinquietismo» que le propulsa a cualquier esquina del planeta y, lo más importante, una prosa que refleja con precisa flexibilidad cualquier destello que asaete sus neuronas. Inclán (1975) tiene una distancia ante el mundo reservada a quienes convierten el pensamiento crítico en ejercicio de inteligencia. El resultado, que se paladea de nuevo en Dadas las circunstancias, son textos, llámenlos autoficcionales, que les harán pensar y reír en Praga y en Berlín, en La Habana (un tercio del volumen) y en Veracruz, y hasta en la periferia de Vigo. Imaginen una historia disparatada. Por ejemplo, la del último hablante de erromintxela, romaní pasado por euskera. Pues Inclán la tiene. No sean tontos, no se lo pierdan.

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Conferencia de Paco Inclán en el CENDEAC, Murcia



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El artista valenciano Paco Inclán vive desde hace días en un postmoderno contenedor instalado al lado de un tradicional hórreo en la parroquia de Valladares. // J. Lores. El Faro de Vigo (3-8-2017)

 

El próximo martes, 28 de noviembre, Paco Inclán impartirá una conferencia sobre su libro  Incertidumbre en el CENDEAC (Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo) de Murcia, dentro del ciclo-club de lectura Un otoño de libros. Será a las 19:30 horas y la asistencia al acto es libre, hasta completar aforo. No pueden faltar.

Entre otras cosas, Paco Inclán hablará sobre su estancia en la Parroquia de Valladares, experiencia artística psicogeográfica que dio como fruto el cuaderno de campo Hacia una psicogeografía de lo rural, que los lectores encontrarán al final de su libro de relatos de viaje Incertidumbre. Aquí la noticia de agosto de 2011 en El Faro de Vigo:

Valladares presta campo para sembrar arte

CENDEAC
Pabellón 5. Antiguo Cuartel de Artillería
C/ Madre Elisea Oliver Molina, s/n. Murcia

Incertidumbre de Paco Inclán en El País Semanal



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Silvia Hernando publica un artículo sobre la flânerie y escribe sobre Paco Inclán y su libro Incertidumbre (2/4/2017).

Elogio de la holganza

El actual ‘boom’ literario en torno a la ‘flânerie’ podría revelar una voluntad de retorno a la esencia física y sensorial de la vida.

HACE UNAS SEMANAS se publicó en España el libro de David Wagner De qué color es Berlín (Errata Naturae). Se trata del enésimo título que recupera la figura del flâneur, ese viajero a pie sin destino fijo que guía sus pasos al ritmo de los latidos de la ciudad y que, en su versión actualizada, ha decidido prescindir del móvil y de tecnologías como el GPS en sus expediciones urbanas. Si en esta ocasión el terreno de las caminatas lo propiciaba la capital alemana, en los últimos años se han editado volúmenes sobre Londres (La ciudad de las desapariciones, de Iain Sinclair), París (El peatón de París, de Léon-Paul Fargue) o, en general, sobre las bondades de deambular para el cuerpo y la mente (Wanderlust, de Rebecca Solnit, o Elogio del caminar, de Frédéric Gros). Existen incluso relatos que desbordan las fronteras naturales del flâneur en su sentido más estricto –las marcadas por los límites de la metrópolis– para dar un paseo por el campo. Es el caso de Hacia una psicogeografía de lo rural, un texto de Paco Inclán basado en una acción artística desarrollada en el pueblo vigués de Valladares e incluido en Incertidumbre (Jekyll & Jill).

Aunque el planteamiento se puede rastrear hasta el París del siglo XVIII, en cuyas noches ya se aventuró el escritor Rétif de la Bretonne, la idea del flâneur como algo más que un mero zascandil fue caracterizada por Baudelaire en el XIX.

Posteriormente, Walter Benjamin revisó su significado para izarlo como clave de la moderna cosmovisión capitalista. Hace 100 años se vagaba sin mayor pretensión que la de pasar el tiempo, pero este esparcimiento daba frutos en forma de vivencias y experiencias entre la multitud. A partir de los cincuenta, las ­tardovanguardias nimbaron esta noción del espíritu del juego y acuñaron términos como deriva o psicogeografía. “Al ser una actividad desinteresada”, apunta el fotógrafo Manolo Laguillo, “es normal que se asimilara a la ocupación artística”. Esta “idea situacionista del azar”, agrega Paco Inclán, estaba vinculada con otra opuesta y complementaria: la de la “toma de decisiones”. “Todo lo que tenga que ver con experimentar es una manera de mirar desde otra perspectiva”.

En el presente, como señala la escritora y crítica María Virginia Jaua, la urbe como espacio social se ha transformado hasta el punto de que “ya no hay ciudadanos, sino consumidores”. “Antes los barrios tenían su personalidad, se daban otro tipo de relaciones”. Siendo así, ¿cómo explicar este boom literario? ¿Qué relevancia tienen hoy –­cuando Internet se ha elevado a la categoría de territorio– esas historias sobre azarosos itinerarios? Laguillo aporta una respuesta: “Porque estamos hartos de una ética del trabajo que impulsa a planificarlo todo”. Como artista (amén de estudioso de Benjamin y traductor de Franz ­Hessel, el autor de Paseos por Berlín), él lleva décadas volcado en la flânerie, con un enfoque estético y moral sobre la periferia. Inclán, escritor y editor de la revista Bostezo, intuye también que este retorno al vagabundeo plantea una reacción ante la digitalización de todo: un impulso por “recuperar lo físico y dejarse llevar por las sensaciones”. “Quizá sea una cuestión melancólica”, barrunta Jaua, “un mecanismo inconsciente para renovar la manera de transmitir la experiencia de la ciudad desde un punto de vista contemporáneo”.

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Tantas Mentiras Paco Inclán

Tantas mentiras de Paco Inclán en Revista Ñ



Paco Inclán

Con motivo de la publicación del libro Tantas mentiras, doce actas de viaje y una novela, de Paco Inclán, la revista Ñ publicó el relato «LOS OTROS ASSANGE»

Tantas mentiras, doce actas de viaje y una novela (Jekyll y Jill) incluye un esperpéntico secuestro en una cafetería de Bogotá, un paranoico espionaje a tres excarpinteiros en una parroquia gallega, un hotel en la frontera colombo-ecuatoriana, un festival de cine en el Sáhara, un acto zapatista en el Zócalo del D. F., una encrucijada en la embajada de Corea del Norte en México. El narrador observa, transmitiéndonos una crónica fragmentada del encuentro entre las propias vivencias del narrador y las vicisitudes de sus prójimos —tan extraños como cercanos— con los que se va encontrando en su obstinado deambular.

Su autor, Paco Inclán (Valencia, 1975), es editor desde el año 2008 de la revista de arte y pensamiento Bostezo. En los últimos años ha participado en varios proyectos que lo han embarcado en una experiencia viajera constante: Feria del Libro de Malabo (Guinea Ecuatorial, 2014), residencia artística en Montalvo Arts Center (California, 2013), proyecto radiofónico La radio como herramienta para la construcción de la paz (frontera colombo-ecuatoriana, 2012) o una residencia artística de la Fundación Campo Adentro en Alg-a Lab (Valladares, Vigo, 2011), entre otros.

Ha investigado la época dorada (1924-1952) de la pelota vasca en Catalunya (Institut d’Estudis Catalans-Eusko Ikaskuntza, 2003) y la etapa de Max Aub como director de la radio y la televisión de la Universidad Nacional Autónoma de México (Fundación Max Aub, 2000). Durante una estancia de dos años en México (2005-2007) fue columnista dominical del diario Milenio y asiduo colaborador de la revista Replicante. Ha publicado La solidaridad no era esto (La Tapadera, 2001), El País Vasco no existe (La Tapadera, 2004), La vida póstuma (Fides Ediciones, México D. F., 2008) y Hacia una psicogeografía de lo rural (Fundación Campo Adentro, Madrid, 2011). La ilustración de cubierta de Tantas mentiras, doce actas de viaje y una novela es obra de Víctor Coyote Aparicio.

 

 

LOS OTROS ASSANGE

Dirección General de Extranjería de la República del Ecuador,
avenida 6 de diciembre (entre La Niña y avenida Colón), Quito

Pasé cuarenta horas encerrado con otros extranjeros
en la Dirección General de Extranjería de Ecuador.
Todos esperábamos lo mismo: una firma.

Paradójicamente, el primero en perder los nervios ha sido un monje budista que, en inglés tibetano, ha soltado una serie de improperios que no he logrado entender del todo. Al parecer tiene prisa pues de madrugada debe viajar a la ciudad de Ambato para impartir una conferencia sobre cómo acceder a la paz espiritual. Ataviado con su túnica naranja, hacía apenas un rato que con gesto afable nos había estado repartiendo unos folletos sobre meditación al grupo de veinte extranjeros que permanecemos encerrados desde ayer por la mañana en la Dirección General de Extranjería de Ecuador. Esperamos con ansias la llegada de un señor al que los funcionarios nombran como El Embajador, que es el único que puede autorizar con su firma nuestros visados. Nos aseguraron que aparecería antes de las cuatro de la tarde. Son las diez de la noche del día siguiente.

La oficina cerró oficialmente ayer viernes. La información es confusa: a medianoche de hoy sábado entrará en vigor una nueva ley de extranjería y los funcionarios no nos aseguran si sus efectos serán de carácter retroactivo. De serlo nuestros trámites quedarán invalidados en un par de horas. Ningún extranjero se atreve a moverse de allí hasta que el mentado «embajador» firme sus documentos. Yo tampoco. La sola idea de tener que comenzar de cero la tramitación de mi visado me hace mantenerme firme en esta oficina ubicada en la avenida Colón de la ciudad de Quito. Habían sido meses de espera para conseguir que una funcionaria sin rostro del consulado de Ecuador en Valencia me autorizara la entrada en el país, previo pago de ciento veintiséis euros, no sin antes atormentarme con una serie de quebraderos burocráticos a través de notarías, colegio de médicos, detectores de metales, laboratorios de análisis sanguíneos, el ambulatorio, justificante de antecedentes penales, «vacíe sus bolsillos y deje sus pertenencias sobre la bandeja», vacunas, pago de tasas, detectores de metales, fotocopiadoras, «quítese el cinturón», fotografías tamaño carné con fondo azul y el cajón de mi infancia donde guardo mis amarillentos expedientes académicos. Tras cuatro meses de idas y venidas, a punto de tirar la toalla, obtuve un visado de entrada como misionero, ante la imposibilidad de que se me expendiera uno de cooperante o trabajador foráneo, estatus más relacionados con mi actividad a desarrollar en Ecuador. «Para eso usted debería acudir a la embajada en Madrid». Era 18 de marzo y estaba a punto de comenzar la mascletà en la plaza del Ayuntamiento de Valencia. Miles de personas jadeaban sudorosas al otro lado de la ventana del consulado. «No, no, está bien, póngame de misionero», decidí para acabar rápido con esto. Pero todavía faltaba que desde la Dirección General de Extranjería en Quito me firmaran el visado, un trámite que debía solicitar dentro de los primeros treinta días de mi entrada en el país andino, donde aterricé anteayer.

Lo peor ha sido pasar mi segunda noche en Ecuador en esta sala burocrática, donde un par de televisores repiten machaconamente amables anuncios gubernamentales que dan la bienvenida a los extranjeros. Los que hemos tenido más suerte hemos dormido sin cerrar los ojos sobre incómodos asientos de plástico; los demás han pernoctado de pie y durmiéndose abrazados a los pilares. A media noche una religiosa haitiana ha comenzado a usar mi hombro de almohada. Al amanecer, cuando llevaba unos cuarenta segundos durmiendo, me ha despertado una llamada de mi madre desde España. Le he dicho que estoy bien, sin entrar en detalles. Con la llegada del día, algunos, como el monje budista, han comenzado a exteriorizar su nerviosismo, aunque también es cierto que entre el grupo han surgido espontáneas relaciones de efímera amistad que ayudan a mejorar la atmósfera matutina; nos animamos con la esperanza de que El Embajador llegue hoy temprano. A partir de las primeras veinticuatro horas en el interior de un edificio institucional entra el síndrome de sentirse superviviente de un alud o un naufragio; al menos me gustaría regresar media hora al hotel para cambiarme de calzoncillos. Con nosotros permanecen encerrados cuatro funcionarios de la Dirección General y un par de miembros de seguridad, un hombre y una mujer, que tratan de apaciguar los ánimos, pero sin ofrecer ninguna respuesta a nuestras demandas. «Lo estamos pasando tan mal como ustedes», alega un funcionario. Algo de razón tiene, al menos han dormido igual de jodidos que nosotros. Y han cumplido su promesa de no irse hasta que El Embajador llegase.

Quizá asustados por los improperios del monje budista, los burócratas, que permanecen desde ayer tarde agazapados tras unas ventanillas, proponen que los religiosos tengamos prioridad a la hora de tramitar nuestros visados. Los demás aceptan resignados: «Los asuntos de Dios siempre van primero», dice con sorna un cubano. Nos acercamos a la ventanilla el tibetano malhumorado, un pastor protestante de Boston, la monja haitiana y yo, como falso misionero. Entablo una ligera amistad con el pastor que me explica su misión evangelizadora en el norte de Ecuador apoyándose en algunos pasajes de la Biblia. Me cuenta que él lleva tres años y unas veinte visitas a la Dirección General sin haber conseguido que El Embajador acepte a trámite su visado. Todo este tiempo lo ha pasado con un permiso provisional. «Es por ser gringo, el gobierno se piensa que todos somos espías», se queja sonriente. Incluso ha tenido que regresar a Estados Unidos a causa del papeleo. Apenas le queda una semana de permanencia en el país, con lo que, con suerte, hoy conseguirá legalizar su residencia en Ecuador, cuando está a punto de abandonarlo. Necesita ese papel para solventar unas cuestiones burocráticas en su país, me dice en un castellano bastante lamentable que salpica con palabras, como suplicio o bagatela, que parecen memorizadas de un diccionario. Me preocupa su historia; es mi primera vez en la Dirección General de Extranjería y aspiraba a que también fuese la última.

Un funcionario recoge los papeles de los religiosos —incluidos los míos— y desaparece con ellos a paradero desconocido. Tarda cuarenta y cinco minutos en regresar sin más información que El Embajador todavía no llega. En la espera, los otros funcionarios, tan amables como desconcertantes, han recogido para ganar tiempo las peticiones del resto de extranjeros, entre los que se encuentran un surafricano, cuatro haitianos, tres colombianas —y la bebé de una de ellas—, unos cubanos que esperan poder acceder a la reagrupación familiar (todos afirman ser primos o hermanos), una señora teutona que no abre la boca y una chica italiana que va descalza y que de vez en cuando nos deleita con alguna contorsión de su vientre. También hay un grupo de indígenas que, a pesar de vivir desde hace siglos en el interior de la Amazonia ecuatoriana, nunca se habían molestado en registrarse en ningún lado; les acompaña un antropólogo canadiense que es el que les está tramitando la nacionalidad. «Son ecuatorianos sin serlo por lo que no tienen acceso a ningún tipo de servicio público, claro que ahora falta que algún servicio público llegue hasta donde viven ellos», le explica en inglés al pastor protestante. Por lo que entiendo es una comunidad a la que se accede tras unas quince horas viajando en canoa.

Todos los haitianos afirman ser periodistas. Y no solo ellos; también una dominicana, dos argelinos, algunos cubanos, las colombianas, un paraguayo y un muchacho del Surinam, país del que desconozco su gentilicio. Gente que ayer viernes no dijo ser periodista, hoy sábado sí que afirma serlo. Hace apenas dos semanas que el gobierno ecuatoriano ha concedido asilo político al fundador de Wikileaks Julian Assange a través de su embajada en Londres, en la que se ha refugiado para evitar su extradición a Suecia, donde está encausado por dos supuestos delitos de violación y acoso sexual. El presidente Rafael Correa ha declarado que otorgar el asilo a Assange supone evitarle una hipotética extradición a Estados Unidos, donde podría ser condenado a pena de muerte por traición y espionaje. Para algunos analistas, Correa se ha apuntado un tanto ante la comunidad internacional en la defensa de la libertad de prensa, al mismo tiempo que es criticado por su persecución política a los medios de comunicación más conservadores del país. La maniobra del presidente ecuatoriano ha provocado una avalancha de solicitudes de cientos de personas que afirman ser periodistas y estar también siendo perseguidos como Assange. Por Internet se ha corrido el rumor de que Ecuador tramitará el permiso de residencia de las personas que se introdujeron ilegalmente en el país si demuestran que llegaron huyendo de amenazas sufridas en el ejercicio de su labor periodística. El gobierno lo ha desmentido, pero ya es tarde: el bulo ya circula por todo Quito y otras ciudades. Las autoridades se han comprometido a estudiar minuciosamente caso por caso, lo cual alarga los procesos. La mayoría de solicitudes están bajo sospecha, a sabiendas de que certificados de licenciatura en Periodismo son ahora una demanda en alza en el mercado ilegal de documentos.

El trío de colombianas, chillonas y dicharacheras, increpa con guasa a los funcionarios; contrasta la verborrea y la animosidad de ellas con la molicie de ellos, que tratan de saldar con beatíficas sonrisas su impericia para solucionar el desaguisado. Mientras la italiana danza por medio de la sala, una de las chicas colombianas me pregunta por qué y desde cuándo las mujeres en Europa ya no se afeitan los sobacos. No sé qué responderle. El ambiente es amable, podría ser peor para lo que estamos sufriendo. De alguna manera se crea un ligero sentimiento de solidaridad grupal a través de un problema colectivo, lo cual nos lleva a compartir víveres, cachitos biográficos, llamadas de móvil y caramelos. Animados por la italiana armamos una programación intercultural, un improvisado festival de las naciones: una dominicana nos cuenta la receta del sancocho, un haitiano nos regala un baile relacionado con el vudú y el pastor protestante nos cuenta las diferentes versiones del pecado original de Adán y Eva en los libros sagrados de cada una de las tres religiones monoteístas, un tostón que provoca que la atención del público se disperse. El chico de Surinam divierte sin pretenderlo a las colombianas, que no se acaban de creer que en Surinam, un país cuyo nombre nunca habían escuchado, hablen una especie de holandés y esté en Sudamérica. «Surinam es mentira», le dice una, la más coqueta. El muchacho, que apenas entiende el español, le dibuja el mapa en su espalda. Ella le sonríe y siguen jugando. Mientras, el monje budista trata de calmar su ira jugando a matar marcianos en su BlackBerry que se convierte en nuestra conexión con el mundo exterior. Le pedimos que nos lo preste para averiguar si con la entrada en vigor de la nueva ley de extranjería nuestros trámites anteriores quedarán invalidados, pero no encontramos ninguna página que nos lo aclare.

Desde ayer noche algunos allegados de los extranjeros retenidos, que les avisaron cuando vieron que sus trámites irían para largo, han montado guardia ante la puerta del edificio. Cada cierto tiempo se arma un alboroto en la entrada por la negativa de los vigilantes de seguridad a permitirles el acceso al interior de la sala; los que estamos dentro no nos atrevemos a salir, los que están fuera no pueden entrar, lo cual enrarece el ambiente. Un grupo, comandado por los cubanos, se amotina ante las ventanillas solicitando una solución inmediata. «Vamos a poner una bomba», grita una muchacha colombiana, con un notorio retintín sarcástico que los funcionarios no captan. Se monta un pequeño revuelo en la sala. En ese momento, la vigilante extrae una pistola de su cartuchera con la que nos convence a todos para regresar a la zona de los asientos, mientras ella accede a las ventanillas y comienza a poner orden con el tema de los papeles. Según me cuenta el pastor evangélico, y después de veinte visitas a la Dirección General de Extranjería sabrá de lo que habla, los funcionarios se han incorporado a sus puestos hace apenas un par de meses, razón por la que muestran tal nivel de desorganización, por lo que es la vigilante, que lleva más de quince años en el mismo puesto, la que suele acabar encargándose de la tramitación de los visados. Los funcionarios la conocen como La Embajadora. Por su carácter marimandón, pero también porque se rumorea que mantiene un affaire con El Embajador.

Lo cierto es que la imagen de esa mujer blandiendo un arma consigue por fin organizarnos. Vamos pasando uno por uno a contarle nuestro caso. La mujer recoge los papeles que faltan y se los sube por unas escaleras. Por la puerta principal entra un hombre de barba blanca y trajeado; tiene prisa, desaparece raudo de la escena. «Es él, El Embajador», nos confirma el pastor. Por fin parece que se solucionará algo más o menos rápido. Son casi las once de la noche, me aterra la idea de volver a pasar la noche aquí de nuevo, casi más que mis papeles queden caducos. Ha transcurrido día y medio desde que entré en esta sala que solo abandoné ayer al mediodía para comprarme un sándwich. Desde entonces hemos ido comiendo de un puesto ambulante de perritos calientes que se ha instalado en la puerta y que nos ha ido sirviendo hot-dogs con mostaza a precios populares para, más que el hambre, matar el tiempo.

A pesar de la llegada de El Embajador, los papeles no bajan. Algunas voces rumian que a saber qué estarán haciendo ahí arriba El Embajador y La Embajadora. La imagen de ella, libidinosa, metiéndole la pistola en la boca me turba por un instante. Los familiares que permanecen fuera pierden la poca paciencia que les queda. Me asomo a la puerta para pedirle a un señor si puede traerme una coca-cola. Le doy cinco dólares. Ya no regresa. Pregunto por él. Al parecer no es familiar de nadie. Pasaba por allí y se acercó a ver qué sucedía.

La chica italiana pasa una bolsa rota de supermercado pidiéndonos limosna —«incentivo económico», lo llama ella—, por habernos entretenido durante toda la jornada con su danza del vientre. Apenas consigue diez dólares. «Espero que le llegue para comprarse calzado», comenta la misma mujer que anteriormente se preocupó por el vello de sus sobacos. La vigilante de seguridad, todavía con pistola en mano, regresa con un montón de papeles. Empieza a nombrar gentes que no están, lo cual desmoraliza a los presentes. Al parecer, El Embajador ha comenzado a firmar autorizaciones sin priorizar a los que permanecemos desde ayer en la sala. Una de las cubanas toma el mando y apunta en un papelito nuestros nombres para que El Embajador los tenga en cuenta a la hora de firmar los visados. La Embajadora se los vuelve a subir. Todavía se demorará media hora más. Fuera, los allegados de los extranjeros hacen ademán de querer invadir a la fuerza la sala. De repente, después de varios intentos fallidos, brota un cántico desafinado entre el murmullo: «Somos Assange, somos Assange», corean al unísono las laringes de aquellos hombres y mujeres; también yo, poco propenso a este lirismo de aires futboleros, me dejo arrastrar por la euforia colectiva. «Somos Assange, somos Assange». Los argelinos lo gritan dándose fuertes golpes en la cabeza, las cubanas marcan las sílabas tónicas con sus caderas, la italiana mueve el vientre y los haitianos esconden entre sus párpados el iris de sus ojos. La bebé rompe a llorar y la señora teutona que no abre la boca balbucea entonces una serie de improperios que nadie entiende pero que suenan feos. El budista tibetano está perdiendo los nervios. Los miembros de seguridad asumen que la situación se les está yendo de las manos y solicitan refuerzos. En diez minutos aparecen una decena de patrullas de las que bajan policías de varios cuerpos para dispersar a la pequeña multitud que se amontona en la entrada. «El Embajador podría haber sido tan rápido», comenta la colombiana que antes bromeaba con hacer estallar una bomba.

Finalmente bajan los documentos firmados de los que sí estamos en la sala. No de todos, algunos tendrán que regresar a entregar documentación faltante. Contrasta la alegría de los que estamos admitidos con la pesadumbre de los que, después de cuarenta horas, reciben la noticia de que no obtendrán su visado, aunque los funcionarios les garantizan, sin mucha fe, que la nueva ley de extranjería no tendrá efectos retroactivos. La vigilante de seguridad comienza a repartir los pasaportes. Los religiosos —que supuestamente habíamos gozado de prioridad divina— somos los últimos en ser nombrados por una lógica burocrática: fuimos los primeros en entregar los papeles, con lo que quedaron amontonados debajo cuando subieron el resto. «Los últimos serán los primeros en el reino de los cielos», bromeo con el pastor protestante, que no me ríe la gracia. Mientras, a mis espaldas, el monje budista —que no entiende el español, lo cual acentúa su incomprensión ante la situación— pierde la paciencia y, con ella, los estribos: agarra una silla y la lanza contra un funcionario que salía del baño. El hombre comienza a sangrar abundantemente por su ceja izquierda. La Embajadora abandona la gestión de los papeles. Los policías que retienen a la muchedumbre en la puerta hacen acto de presencia en el interior de la sala, lo cual aprovechan los familiares para acceder al recinto. Se abrazan con los que estaban dentro, cae alguna lágrima. Entre unos diez policías y La Embajadora, que está en todos los frentes, tratan de inmovilizar al monje, que les ofrece resistencia, y se lo llevan a rastras tirando con fuerza de su túnica, que acaba desgarrada. Todo indica que, a pesar de tener el visado en regla, deberá suspender su conferencia de mañana en Ambato. Mientras, es la señora cubana la que, aprovechando el alboroto provocado por la silla, la sangre, los familiares, la policía, La Embajadora y el budista, recoge los papeles que hay sobre el mostrador y se hace cargo de ellos. Los timoratos funcionarios, conscientes de que la situación requiere ser desatascada, le dejan hacer. «Armen una fila, por favor», nos grita con una firmeza inusual en estos lares. Uno a uno, sin prioridades, va repartiéndonos los documentos. «Es lo que tiene haber vivido en un país donde la mitad del día te la pasas haciendo cola», se ufana.

Cuando faltan cinco minutos para medianoche recupero mi pasaporte con la firma estampada de El Embajador y el cuño necesario. Me siento aliviado. Y muy cansado. Han pasado cuarenta horas. Comienzo a despedirme de «los otros Assange»; unos ríen, otros lloran. El pastor de Boston, por fin, consigue su visado. El chico de Surinam abandona el edificio con la muchacha colombiana, que al parecer quiere conocer con mayor detalle algunos aspectos del país que es mentira. Mañana la bebé cumplirá su primer año de vida. Su madre me cuenta que tenía dos semanas la primera vez que entraron en la Dirección General de Extranjería. Nació en el taxi que les cruzaba la frontera colombo-ecuatoriana, entre Ipiales y Tulcán. Esa tierra de nadie que separa Ecuador de Colombia era clave para el futuro de ambas. La mujer huía de su país por unos «problemas» que no me llega a especificar. Le horroriza la idea de tener que regresar. Hoy, por fin, con la firma de El Embajador ha quedado refrendado que su hija nació del lado ecuatoriano, por lo que podrán tramitar sus permisos de residencia. Si yo estoy contento, ella se muestra exultante; no hay dos biografías iguales: ellas se jugaban mucho más en este trámite. Por si fallaba, también se había comprado un título de licenciada en Periodismo, de esos que vendedores ambulantes ofrecen desde hace dos semanas por cien dólares en la acera de enfrente.

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Incertidumbre

Incertidumbre de Paco Inclán en Diario de León



Nicolás Miñambres reseña Incertidumbre, de Paco Inclán, en el Diario de León:

Atractivos de la rareza

Hay que advertirlo de entrada: Incertidumbre, el libro de viajes de Paco Inclán, es una gratísima sorpresa literaria. Sus recorridos por el mundo suponen el descubrimiento de espacios desconocidos casi o la presencia de tipos concretos, vulgares, a los que la vida convierte en raros e inesperados.

Es difícil explicarlo, pero cualquier lector descubrirá pronto el atractivo de esta clave literaria. Hay que considerar que, en apariencia (aparte de la rareza de la temática) no hay nada común en los relatos. Es algo que se observa en el que abre la obra, Dar la cara por Irlanda, una especie de anticipación del país, rematada con un extraño sentido de la melancolía. Si repasamos el resto de los cuentos, lo de Incertidumbremenos es que nos encontremos con países de cuya existencia apenas tenemos noticia, en los que la vida de los personajes es curiosa e inesperada. Al narrador le interesa el desbarajuste que su comportamiento provoca en su quehacer bienintencionado, originado, por ejemplo, con la búsqueda del dedo de un santo. O las situaciones humorísticas que provoca la persecución de Snorri, un santo medieval a quien el narrador imagina vivo. Sorprende el retrato del personaje de El hombre que pudo ser Paulino Cubero, premiado oficialmente por componer un himno. O la convivencia de un valenciano con los negros de un pueblo nigeriano. No falta el agobio de la hospitalidad… Todo ello se transforma en situaciones que alcanzan la condición humorística de la literatura del absurdo.

La segunda parte del libro, Hacia una psicología de lo rural, presenta algo inesperado: la aparente seriedad científica del título choca con un método de estudio especial, la antropología de lo rural que el autor lleva a cabo desde un contenedor en Valladares, en las afueras de Vigo. No cabe mejor sentido de la caricatura de la ciencia. Ambas partes se convierten en el modelo de excelente literatura de viajes, poco esperable, casi nunca escrita.

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Incertidumbre

Incertidumbre de Paco Inclán en Artes y Letras

Paco Inclán

Reseña-entrevista de Antón Castro con motivo de la publicación de Incertidumbre, de Paco Inclán, en el suplemento Artes y Letras de Heraldo de Aragón (26-1-2017).

«Jekyll & Jill publica un sorprendente y brillante libro de Paco Inclán

De cómo la verdad se vuelve ficción

Paco Inclán (Valencia, 1975) ya había dado muestra de su talento en ‘Tantas mentiras’, que publicó Jekyll & Jill. Era un libro abierto y miscelánea donde cabía casi todo: la travesía, el reportaje, la experimentación y diversos usos de la imaginación. Cuenta el autor que hacia 2002 o 2003 empezó un libro eminentemente periodístico que quería explorar diversos aspectos de la realidad. Dice Inclán «Una veces busco; otras, encuentro». Así ha surgido un volumen sorprendente que tiene mucho denarración de viaje y también de reportaje clásico, en el que la realidad supera a la fantasía. O la realidad resulta tan inverosímil que parece que Inclán esté fabulando.
Sucede casi todo el tiempo. Da igual el asunto que aborde y vaya donde vaya: en ‘Dar la cara por Irlanda’, la obcecación y el odio supera cualquier atisbo de sensatez y tanto el cronista como la joven Sarah pasan verdadero peligro en Irlanda. Inclán resuelve su relato con humor, amor y una efectividad casi novelesca y romántica.
Una de las piezas más logradas del libro es ‘Relecturas de Julio Verne. Formentera’. Inclán se ríe de si mismo durante su trabajo, es cualquier cosa menos un periodista infalible y arrogante, parece dispuesto a aceptar el no literalmente, el fracaso. Así por azar, se entera de que un grupo de homosexuales se citan ante una estatua de Julio Verne; a esa reunión un poco a ciegas se le llama ‘cruising’. Dice un paisano, ante la palabreja: «Yo de eso no entiendo. Hay varias zonas de esas en la isla, en verano se buscan entre ellos». Y a partir de allí Paco Inclán, que es el protagonista de casi todos los textos —o al menos, el coprotagonista, a la manera de Tom Wolfe, Gay Talesen de aquel Martin Girard, seudónimo de Gonzalo Suárez— inicia una curiosa pesquisa que adquiere, como sucede con otros textos, un carácter casi de ficción.
Si ‘El otro brazo de san Vicente’ podría aproximarse a las desaforadas vidas de santos, el autor busca los restos de su brazo derecho en Braga, ‘El tal Snorri (crónicas que no serán)’ es casi una ficción culta que recuerda a Snorri Sturluson, un personaje muy admirado por Jorge Luis Borges. Arranca así: «Paso mi último día en Islandia interesado en la figura de un tal Snorri, «el escritor irlandés más popular’»,y en su investigación se encontrará con un poeta gallego llamado Elías Portela. Nada menos.

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Con todo, el texto más sorprendente, el más paradójico, es ‘El hombre que pudo ser Paulino Cubero’, el fascinante y dramático relato del poeta popular que escribió una letra para el himno español y pasó, poco después, a ser vapuleado, humillado y ofendido. Cuenta Inclán que ese reportaje lo hizo en 2015 y que le sorprendió Ia dignidad de Cubero. Un texto como este, que habla de la violencia gratuita, de la práctica arbitraria y del vértigo de pasar de la vida cotidiana a la gloria y de ahí a desplomarse hacia la nada en segundos, hace pensar en ‘Relato de un náufrago’ de García Márquez. «Me interesa la realidad y establezco un pacto con ella, pero a veces dejo que se incorpore la ficción. Lo que me interesa es lo que esta detrás, lo que apenas se ve, el destino de los antihéroes», declara el autor.
‘Incertidumbre’ incorpora su cuaderno de campo ‘Hacia una psicogeografía de lo rural; que nació de una beca del Centro de Arte Reina Sofia. Inclán vivió en Valladares (Vigo), en un contenedor, y cuenta cómo se percibía su presencia de andariego y vincula el espacio físico con la emoción y la actitud de la gente. El texto es de una gran sutileza y tiene, como todo el conjunto, humor, ingenio ironía, erudición y esa sencillez que también es humanidad, ternura y sabiduría.»

 

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Incertidumbre de Paco Inclán en La Buena Vida



IncertidumbreDavid García reseña Incertidumbre, de Paco Inclán, en el blog de la librería La Buena Vida (Madrid):

Del autor de este libro hay una foto nada más abrir sus páginas.  A ella he acudido en numerosas ocasiones al leer estos relatos de viaje  o crónicas o reportajes o ficciones, cuando me he adentrado en esta manera clásica, pero no por ello menos gozosa, de narrar. Como si al observar la fotografía, ésta me fuera a revelar algo que se me escapa. Si destaco esto es por que he imaginado, igual que el lector que  no distingue entre autor/narrador/personaje, a este hombre  de mediana edad y rostro servero, viviendo las experiencias que   cuenta con  humor e ingenuidad/crueldad contenida. Aunque no es por una imagen que  Incertidumbre me haya parecido un libro muy recomendable.

Y dejaré de viajar para no tener que despedirme

En estos viajes, Inclán incurre en la primera persona, tan subjetiva como necesaria. En el primero de sus viajes se va a Irlanda del Norte o al norte de Irlanda, según quien mire, para ver  la final del campeonato de fútbol galéico en un pub, junto a una amiga que se desvive por conciliar la vida entre católicos y protestantes. Tampoco es para tanto, pueden decir muchos. Pero ahí está la gracia. No es el qué sino el cómo. La mirada del extranjero es aquí central. Esa mirada que penetra en los pequeños detalles y se deja impresionar por aquello que al paisano le pasa desapercibido porque la costumbre le ha adormecido los sentidos, igual que su capacidad para dejarse impresionar. «(…) si alguien viaja una semana a un lugar, escribe un libro; si viaja un mes, escribe un cuento, y si viaja un año, escribe dos líneas», dice el autor/narrador/personaje.

El segundo texto cuenta un viaje a Formentera, la isla dependiente de Ibiza, una isla que es a la vez dependiente de otra isla, Mallorca. Huyendo de las fiestas más populares de Valencia, su tierra,  Inclán busca las conexiones entre Julio Verne y el cruising, unas prácticas sexuales furtivas que los homosexuales mantienen en espacios públicos. Para ello se va al Faro de La Mola, inmortalizado por Verne y llevado a la pantalla, un siglo después, por el cineasta Julio Medem en Lucía y el sexo. Suena raro, y lo es. Pero el valenciano consigue levantar un relato entre íntimo, erudito y humorístico de gran originalidad.

Alcobendas, el Festival Internacional de Cine del Sahara en Dajla, un pequeño pueblo de Islandia en el que supuestamente vive el escritor más importante de esta isla o una pequeña comunidad en Guinea Ecuatorial, en la que un español con antecedentes que vivió a todo trapo la Ruta del Bacalao vive como uno más, son algunos de los espacios que Inclán cartografía con gracia y desparpajo.

El libro cierra con un texto más extenso: Hacia una psicogeografía de lo rural. Aquí el autor muestra un proyecto artístico desarrollado en Valladares, Vigo, con la ayuda del colectivo Alg-a Lab, la Fundación Campo Adentro y el Museo Reina Sofía, entre otros.  Inclán cuenta la experiencia. Intenta teorizar a partir del concepto situacionsita acuñado por Guy Debord: psicogeografía. Y, aunque la estructura del relato está arbitrada por las reglas del formato, Inclán incluye la perspectiva humanista, a lo Barley en El antropólogo  inocente, y convierte el texto casi en un cuento.

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Paco Inclán. @Jose Bravo

El Periódico recomienda Incertidimbre de Paco Inclán



IncertidumbreEl Periódico recomienda Incertidimbre de Paco Inclán (3-01-2017)

«Un libro del editor y viajero y experto en pelota vasca Paco Inclán bellamente editado por Jekyll & Jill que cuenta a modo de crónicas sus improbables y disparatadas experiencias. A saber: en Formentera se integra cándidamente en un grupo de expertos en Julio Verne que utilizan al autor de La isla misteriosa como tapadera para sus actividades de ‘cruising’. Su inmersión en el nacionalismo irlandés en Belfast, borrachera incluida. Una cita con el autor de la nueva letras del himno español o la búsqueda del brazo derecho de San Vicente Mártir (el derecho, muy conocido, está en Valencia) en la ciudad portuguesa de Braga. Extravagancias más serias de lo que pueda parecer.»

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Incertidumbre Paco Inclán

Incertidumbre de Paco Inclán en Pompas de Papel



IncertidumbreKike Martín reseña Incertidumbre,  de Paco Inclán, en el blog del programa Pompas de Papel (Radio Euskadi), con Félix Linares.

Un libro curioso, una especie de miscelánea basada en las experiencias del autor. Se habla de Irlanda del Norte gracias a un viaje por esa parte del mundo. De los libros de Julio Verne revisitados durante unas vacaciones en Formentera. De la triste historia de Paulino Cubero que tuvo sus quince minutos de gloria como creador de la letra del himno español. De un festival de cine en el Sahara libre. De un viaje a Islandia y de la búsqueda infructuosa de una escritor llamado Snorri. De los movimientos independentistas en algunas zonas de Guinea Ecuatorial. Del brazo derecho (el más desconocido) de San Vicente Mártir. Y además hay un cuaderno de campo denominado Hacia una psicogeografía de lo rural. ¿Por qué esta incertidumbre? Lo intenta responder el pensador e investigador Paco Inclán (Valencia, 1975).

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Incertidumbre de Paco Inclán en la revista Détour



IncertidumbreJuan Francisco Gordo López reseña Incertidumbre en la revista Détour:

Leí Incertidumbre, de Paco Inclán, en una semana en la que estuve desplazándome por motivo laborales entre diversos pueblos y algunas capitales de provincias tanto extremeñas como castellanoleonesas, esa zona rural en la que si trazásemos un mapa para ubicar la personalidad de sus oriundos no sería muy diferente del que saldría de hacerlo con otras provincias de escasa población, pero con sus peculiaridades a medio camino entre lo brutal y lo increíblemente civilizado.
Este pequeño dato, con cualquier otra obra reciente, tal vez hubiera sido gratuito o carente de relevancia alguna, pero con este título magníficamente editado por Jekill & Jill (como nos tienen acostumbrados, por otra parte), el lector forma parte íntegra del contenido del libro, tanto por el lugar concreto en el que lo lee como por aquel en el que por fin lo asimila.
Y es que no es fácil digerir las narraciones de Paco Inclán, geolocalizadas en un mapa de la complejidad de las teorías filosóficas contemporáneas o, dejándonos de tecnicismos, tan sencillamente verosímiles que en ocasiones nos vemos incapaces de evitar pensar si la realidad escapa por entero a la narración o si es ficción disfrazada de veracidad.
La edición en tapa dura, un formato que en muchos lugares huele a rancio o a librería de viejo, en este libro aporta el toque final para introducirse de lleno en la lectura, no de unos relatos, narraciones, crónicas o como el lector las quiera inútilmente denominar, sino de mapa conceptual de la imbricación entre medios de difusión, conceptos académicos y la más genuina sensación de estar uno hablando con el anciano del pueblo vecino que pasa las tardes sentado a la puerta de su casa rumiando una brizna de algo mientras nos observa pasar con ojo desconfiado.
No creo, y lo lamento mucho, que haya posibilidad de describir las sensaciones que Incertidumbre me ha transmitido de mejor forma. Y es que el conjunto es una espectacular propuesta que marea y seduce por igual.
Las disputas irlandesas que recuerdan a los relatos barriobajeros de Welsh, un club de cruising esporádico que podría aceptarnos en el candor de la noche ibicenca o el brazo de san Vicente que a nadie le importa son algunas de las relampagueantes historias que, se lean desde donde se lean, son inevitablemente reconocibles en una forma similar en el área provinciana de cualquier rincón de España.
El libro se cierra espectacularmente con una psicogeografía de lo rural imposible que Debord hubiera criticado hasta sangrar. Pero claro, asumamos que Debord no tuvo que trabajar con la incertidumbre con la que Paco Inclán nos premia a modo de esteta literario, ni mucho menos con la literalidad del mundo extraño sobre la realidad.
Una filosofía magníficamente oculta tras un mapa de la descomposición humana, vista a través de lo reconocible en lo ajeno, en el más allá de lo meramente acontecido. Un magnífico libro que invita a escrutar el detalle de cada acontecimiento de la persona que lo vivencia. Bravo por la incertidumbre que genera.

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Incertidumbre de Paco Inclán en Valencia Plaza



Paco Inclán. @Jose Bravo

 

Eduardo Almiñana dedica una excelente reseña a Magistral, de Paco Inclán, en Valencia Plaza:

«El periodista valenciano continúa con su labor de cronista de lo inesperado en esta obra marcada por aventuras apasionantes, ambiciosas, únicas y en muchas ocasiones, previsiblemente frustrantes»

«Las grandes marcas nos dicen a diario que la vida es ese recipiente que debemos llenar con experiencias increíbles, con viajes constantes a parajes exóticos. Carpe diem: si puedes, debes saltar en paracaídas. No seas cobarde. Tienes que correr al menos, una maratón al año. Tienes que llegar a lo más alto en tu trabajo, tienes que destilar cierta agresividad y emprender, emprender una y otra vez y no rendirte. A tu alrededor todo el mundo está alcanzando sus metas, consolidando parejas indestructibles, haciendo surf en playas del sudeste asiático, acumulando gatos fotogénicos, obteniendo enseñanzas imprescindibles de esas que cambian vidas, asistiendo a eventos exclusivos, viendo las películas más celebradas el mismo día del estreno, terminando los últimos capítulos de las series de moda. A tu alrededor todo el mundo es un proyecto de yogui, un experto en terapias que funcionan, un gastrónomo insaciable que se conoce al dedillo los mejores restauranteIncertidumbres para comer ceviche. El muro de tus redes sociales está copado por las imágenes y vídeos de un monstruoso otro que te hace sentir miserable y aburrido. Pobre, precario. No estás todo lo en forma que deberías. No te da tiempo a llevar a cabo planes tan fantásticos como los de los demás. Un año más no has recorrido en furgoneta las mejores playas del país. Pero, ¿cómo lo hacen? ¿De dónde salen sus ingresos? ¿Están todos abonados a Netflix menos tú?
No te preocupes, es todo una ilusión. Lo que ves es la acumulación de buenos momentos e imposturas de un sinfín de contactos arrastrados por la misma inercia. Nadie comparte algo como: “voy a bajar a pagar la luz”, o una foto de una estantería llena de polvo que hay que limpiar aunque no apetezca. En los planes de tus contactos no entra, al igual que tampoco entraría en los tuyos, hacer un álbum de la limpieza del baño. Ni un GIF de un desagradable encontronazo con un compañero de trabajo. Generalmente, la foto de perfil será la vencedora entre decenas de candidatas. Porque en las redes del espectáculo social en que tantas horas pasamos no mostramos la vida, sino una dosis concentrada de lo que querríamos que fuese siempre. Es como esa carcajada que escribimos en una conversación: sí, puede habernos hecho gracia cierta ocurrencia. Pero al otro lado de la pantalla nuestro semblante es serio en la mayoría de ocasiones. Por eso nunca han acabado de cuajar las videollamadas. Exigen demasiada coherencia.» ...seguir leyendo

Tantas mentiras de Paco Inclán en Altaïr Magazine



Tantas Mentiras Paco Inclán Alberto Haj-Saleh dedica una reseña a Tantas mentiras, el libro de relatos de viaje de Paco Inclán, en Altaïr Magazine:

¿Alguien lee la solapa biográfica de los libros? Habrá quien lo haga, que quiera saber algo más del autor o autora antes de empezar la lectura, pero en general diría que no, que uno acude a ese breve resumen vital una vez que ha terminado de leer. A lo mejor para saber qué otras cosas ha escrito, si hay publicado algo más en español, si sigue vivo. Sin embargo yo la solapa de Tantas mentiras (Jekyll & Jill, 2015) la he consultado varias veces, buscando asegurarme de que lo que cuenta Paco Inclán en estas doce actas de viaje tiene un correspondiente en la realidad. En la realidad tangible, digo.

Después de todo el libro se llama Tantas mentiras, que es un modo de sembrar la duda desde el principio. Además, por un lapsus de lectura (¿tiene algún nombre en latín ese tipo de lapsus?) desde el principio entendí que el libro se llamaba Todo mentiras y, aunque me di cuenta del error enseguida, mi cerebro se empeñó en recordar mal una y otra vez. Así que afronté la primera acta de viaje, el encierro del autor con otro grupo de personas en la Dirección General de Extranjería de Ecuador, como si fuera un relato de ficción. Y tuve que recordarme que, en realidad, no sabía si era ficción o no. Y además parecía real.

Ah, pero la duda…

El maldito Paco Inclán se sienta con el lector y te dice: ¿no te conté aquella vez que hice un proyecto psicogeográfico en una parroquia gallega de Vigo? Y a continuación se marca un relato de espionaje rural que podría haber firmado Graham Greene, con el paisaje de coprotagonista, y tú lo miras creyéndolo a pies juntillas, entre la desconfianza y la fascinación. Y a continuación te cuenta la larga espera de los periodistas (él entre ellos) en el Festival de Cine del Sahara, aguardando la aparición de Javier Bardem, padrino del festival y, paradójicamente, lo único que parece importar de ese encuentro en el desierto. Y luego vuelves a fruncir el ceño cuando te relata su odisea en Bogotá, atrapado en su propio chubasquero, incapaz de sacárselo por la cabeza y a punto de organizar un conflicto militar por culpa de algo tan ridículo. Pero, claro, cada una de las historias que te cuenta Inclán, la de Bogotá, la del Sahara, la de Vigo, la de Guatemala en busca de una historia que no aparece, la de Lago Agrio, en la Amazonia ecuatoriana… todas ellas tienen un mapa que te sitúa en el mundo tridimensional (voy a dejar de llamarlo «mundo real». No me gusta) y además se coloca a sí mismo en el ojo del huracán. Se autopresenta como pusilánime, apocado, torpe, equivocado y entonces, ¿cómo no creerlo, si es lo contrario del héroe? Y, sobre todo, ¿cómo no quererlo?

Todo mentiras… cuando el autor empieza a contar la historia de Argote, el hombre que estaba creando una enciclopedia imposible de la pelota vasca, cuando nos dice que lo conoce en Barcelona, donde ha viajado con una beca para terminar una investigación sobre pelotaris en Catalunya… ahí es donde sí que el lector dice, yo digo, «no, Paco, por ahí no, esto te lo estás inventando», ahí es donde vuelvo a la solapa (¿recordáis la solapa?) y busco su biografía. Y ahí está. Dice literalmente: «Ha investigado la época dorada (1924-1952) de la pelota vasca en Catalunya (Institut d’Estudis Catalans-Eusko Ikaskuntza, 2003)» y entonces vuelvo perplejo al relato de Argote tragándome mis dudas.

Y luego pienso que tal vez los editores han jugado con el autor y con el lector y han incluido literatura también en la solapa. Porque no todo serán mentiras, pero sí son dudas.

El último intento y lo dejo. Inclán baja a lo personal y cuenta la historia de sus hemorroides y de una doctora, madre de una amiga, con la que mantiene una amistad de años basada en preguntar que qué tal van esas malditas inflamaciones. Leo que eso sucede en Godella, su pueblo, el pueblo de mi amiga Elisabeth, y tal que lo leo la llamo por teléfono. «¿Conoces a un tal Paco Inclán?» «¡Sí! Es mi vecino, un tío encantador. Viaja mucho. ¡Estuvo en Guatemala!». Le doy las gracias, cuelgo y me rindo.

Paco (lo llamo por el nombre de pila, como si lo conociera) utiliza todos los registros posibles en Tantas mentiras, y todos los usa como si fuese el único modo posible de hacerlo. Habla del Subcomandante Marcos como una estrella del rock en decadencia, habla de la historia de dos amigos de clases sociales diferentes en Bogotá, historia de la que solo es testigo como oyente casual en un bar, crea un thriller asfixiante con jubilados guerrilleros en México, y con él mismo infiltrado en su grupo a base de mentiras (más mentiras, otras nuevas). Ciento sesenta y pico páginas de ironípacoinclan01a, mapas, viajes, de una visión asombrada y confusa del mundo que le rodea, de conocimiento del otro, a veces a su propio pesar.

Hay un intento de novela al final, editada deliciosamente por Jekyll & Jill, un cuadernito con la primera novela de Paco Inclán. El autor nos cuenta su proceso de destilación, de corte, de edición, hasta llegar a ese resultado final minimalista. No sé si me está contando la verdad y no me importa. Estoy dispuesto a leerme todas y cada una de las mentiras de Paco Inclán, por muy verdad que sean.

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Isabel del Río entrevista a Paco Inclán



tantas mentirasIsabel del Río entrevista a Paco Inclán en el blog La odisea del cuentista.

Paco Inclán, 1975. Zurdo. Psicogeógrafo rururbano, por decir algo raro. De Godella, un pueblo del extrarradio de Valencia. He pasados varios años viajando de aquí para allá con diferentes proyectos, por citar un par: dieciocho meses en un proyecto radiofónico con emisoras comunitarias en la frontera entre Ecuador y Colombia. Y soy el mayor experto sobre catalanes que jugaron a pelota vasca entre 1924 y 1952, algo que no me ha servido para nada, solo para contarlo. No quiero whatssap. Desde el año 2008 soy el editor de la revista Bostezo (www.revistabostezo.com), desde donde han surgido otros proyectos editoriales y culturales. Organizo saraos, aunque juraría que quiero dejarlo.

I. ¿Qué eres primero: lector, periodista o escritor?
PI. Me veo como uno del pueblo que escribe. Estudié periodismo pero nunca me he adaptado al oficio al modo canónico. Prefiero lo de escritor, que es como más libre y a tu aire, sin ataduras. Y soy un lector disperso. Supongo que va todo junto.

¿Cómo se te encendió la llamita para Tantas Mentiras? ¿De dónde surgió la idea?
PI. No hubo una sola llama, fue más bien un incendio prolongado, un proceso lento, años viajando, metiéndome en líos, tomando notas, contando esas historias y otras a los amigos en barras de bares, dejando que ellos las mejoraran con sus aportes. Encontré cierta coherencia en los relatos que componen Tantas mentiras. Fueron tomando forma a través del tiempo hasta que tuve la oportunidad de estar tres meses únicamente dedicados a terminarlos. Empecé otros, pero al final se publicaron los que di por concluidos …seguir leyendo

Tantas mentiras de Paco Inclán por Isabel del Río



Tantas MentirasIsabel del Río reseña Tantas mentiras, doce actas de viaje y una novela de Paco Inclán el blog La Odisea del Cuentista.

“Tenga cuidado con las apariencias, a veces no engañan”.
Tantas Mentiras de Paco Inclán es la primera novela de la editorial Jekyll & Jill que cae en mis manos y ya puedo decir que, si siguen apostando de esta manera por la originalidad y las letras con significado, me voy a convertir en una de sus lectoras más fieles.
“Paradójicamente, el primero en perder los nervios ha sido un monje budista que, en inglés tibetano, ha soltado una serie de improperios que no he logrado entender del todo”.
Como reza el subtítulo de la obra: se trata de una antología que recopila “doce actas de viaje” y la “primera novela” del autor. Todo hay que decir, que a Inclán hay que leerlo entre líneas y buscar el doble sentido a sus juegos lingüísticos. Sí, nos habla de viajes físicos alrededor del globo, pero también de viajes morales, históricos, sociales e incluso antropológicos.
“Trabajo, me pagan por ello, en lo que he hecho toda la vida: beberme los bares, departir con sus feligreses, pero esta vez embadurnado de la retórica postmoderna del arte”.  …seguir leyendoNovela+Tantas+mentiras