Distraídos venceremos en Books, L’actualité à la lumière des livres

La journaliste barcelonaise Andrea Valdés vient de publier un premier essai sous forme d’exercice d’admiration. Elle s’est intéressée à ceux qui ont « mis leur vie en danger par l’écriture », à ces auteurs qui se sont dévoilés dans leurs textes et se sont essayés au récit autobiographique. Distraídos venceremos (« Distraits nous vaincrons »), le titre du livre, est un clin d’œil appuyé à un recueil de poèmes de l’écrivain brésilien Paulo Leminski. Et cela n’est pas anodin : tous les auteurs convoqués par Valdés sont, à l’instar de Leminski, issus de la littérature sud-américaine. Si certains sont célèbres, comme l’homme de lettres uruguayen Mario Levrero, d’autres « restent complètement inconnus du monde éditorial castillan » pointe Óscar Brox dans le magazine culturel en ligne Détour. Tous ces écrivains, Valdés « les a rassemblés avec une patience d’entomologiste », ajoute Óscar Brox.

« Autohistoire », «auto-sociobiographie », « biomitographie »

Dans cet essai, Valdés interroge les mécanismes qui déclenchent l’écriture autobiographique et les diverses formes que ces textes « en je » peuvent revêtir. « Autohistoire », «auto-sociobiographie », « biomitographie » ; les termes abondent pour décrire les différentes manières dont les écrivains se saisissent de leur expérience vécue. Mais au sein de cette variété terminologique se trouve tout de même une constante : « Dans presque tous les cas, l’écriture a été une manière de “faire face”. D’apprendre à présenter un visage, oui, mais aussi d’affronter une vie dépourvue de sens, sans texte préalable, au cours de ce que nous appellerions une expérience traumatique », analyse Carlos Pardo dans Babelia, le supplément culturel du quotidien El País.

Textes « en je »

Valdés analyse par exemple le journal tenu par l’écrivaine Maura Lopes, en pointant l’impact qu’ont eu sur son travail ses séjours en hôpital psychiatrique. Valdés exhume également l’étrange projet de l’écrivain cubain Severo Sarduy consistant à se raconter par l’entremise de ses cicatrices. Dans un recueil de six textes qu’il a appelé « archéologie de la peau », il parcourt son corps de la tête aux pieds en faisant le récit de chacune de ses plaies plus ou moins refermées. Les références ainsi égrainées par Valdés sont très personnelles, elle met en lumière des auteurs oubliés ou peu lus. Une démarche qui fait de Distraídos venceremos « sa propre autobiographie de lectrice », selon Óscar Brox.

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Entrevista a Alejandro Hermosilla en la revista Quimera



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Fernando Clemot entrevista a Alejandro Hermosilla, autor de El jardinero, en el número 426 de Quimera. Revista de Literatura.

Alejandro Hermosilla

El jardinero (Jekyll & Jill) es la tercera novela de Alejandro Hermosilla tras Martillo y Bruja. Con estas tres obras ya se ha creado un hueco en la narrativa española más arriesgada. Sobre esta última novela en la editorial zaragozana conversamos con el autor.

Para un lector anónimo, ¿cómo definirías el jardinero? ¿qué se puede encontrar en su lectura?
Un libro extremo y salvaje donde asistimos a la lucha a muerte entre un jardinero y un conde por motivos que no terminan nunca de estar claros. Un retablo medieval un tanto esquizofrénico sobre nuestra época. Un retrato vivo y descarnado del odio a muerte entre dos facciones (tal vez izquierda y derecha; burguesía y proletariado) por el poder. Un jardín de las delicias de la era moderna. Aunque también es válido por supuesto verlo de maneras distintas. Tal vez como un sueño o una alucinación. Un maremoto violento y árido.

¿Qué ha cambiado en ti, en tu literatura, desde la publicación de Martillo y Bruja?
En aquellos dos libros era mucho más juguetón. Me los planteé casi como performances literarias. Me permitía realizar experimentos de todo tipo para probar mis límites y los de los lectores. Quería en parte transitar fronteras nuevas. Ensayar formas de escritura que no se hubieran puesto en práctica casi nunca, al menos de la manera desbordada en que yo lo hacía. Aunque tanto en uno como en otro no pude evitar reflejar el caos y el horror que sentía y percibía a mi alrededor. Sin embargo, en El jardinero me dedico básicamente a contar una historia de la mejor manera que puedo. Me interesa más el fondo que la forma. Me interesa el equilibrio entre las partes sin por ello perder intensidad ni un cierto ánimo transgresor. No me centro tanto en encontrar límites formales, sino en llevar hasta el extremo la historia que narro.

En tu presentación de Madrid comentaste que sin tu estancia en México no podrías haber escrito esta novela. ¿qué tipo de inspiración o experiencia te proporcionó este país para la redacción de El jardinero?

Yo vivía en Xalapa, una ciudad que se encuentra cercada por una vegetación frondosa y tropical y donde suele llover día sí y día también. La ciudad es una especie de jardín enorme. Debía ser preciosa hace décadas. Pero ahora, a pesar de su vegetación, tiene un aspecto decadente y sombrío que pienso que acabó afectando al libro. Al mismo tiempo, Xalapa se encuentra insertada en la región veracruzana, que se convirtió en una de las más violentas del país mientras yo vivía allí. Lo normal era levantarse y escuchar hablar sobre torturas y asesinatos a sangre fría en plazas y calles. La presencia del narco era omnipresente en el ambiente, con todo lo que eso significa, y era habitual ver fotos en los diarios de cuerpos descuartizados. Las atrocidades comenzaron a normalizarse y el odio y la desconfianza mutua pasaron a ser ingredientes cotidianos en la convivencia social hasta el punto de afectar a los actos más sencillos y habituales, algo que creo que quedó reflejado en El jardinero de una manera u otra.

En esta misma presentación hablaste sobre la extraña conexión que se presentó con la literatura del Conde de Lautréamont. también hay en la novela algo de Poe o de Bernhard. ¿de qué fuentes crees que bebe el contenido de el jardinero?

Las primeras frases del libro fueron insultos, maldiciones y descripciones de torturas, y fueron escritas en el 2003. Mi idea era trabajar con ellas para componer un libro kafkiano con influjo de Bernhard. Mi intención era emular a estos dos autores, pues sabía que, antes o después, aparecería mi voz mezclada con la de ellos y me obligaría a dar un pequeño giro a la forma de narrar. Esta voz no surgió totalmente hasta mis años mexicanos. Porque, como subrayé anteriormente, las situaciones extremas a las que el país somete a quienes habitan allí me condujeron a retratar el mal de una manera frontal y absoluta. A su vez, mis lecturas de Mario Bellatin contribuyeron en mucho a que no tuviera miedo de fragmentar el relato. Y en otro sentido, las lecturas de algunas obras clásicas antes de ponerme a escribir diariamente me dieron gran seguridad, la sensación de que el libro que estaba haciendo se integraba en una tradición que iba más allá de nuestro presente y, por tanto, su influjo podía no ser momentáneo. Quería mezclar lo instantáneo con lo eterno. En ese sentido, desde luego Los cantos de Maldoror me ayudaron. Pero también a veces la lectura de un poema de Baudelaire o un fragmento de un ensayo de Nietzsche.

Hay en algunas partes de la novela un entorno, mítico, que recuerda a los cuentos clásicos. ¿de dónde salió este escenario?

Creo que elegí un contorno medieval con aires fantásticos porque, además de que me parecía muy sugerente y suntuoso, me servía para referirme indirectamente a esta época. Pues, de algún modo, soy de los que piensan que vivimos en una nueva Edad Media, puesto que no hay en absoluto separación de poderes en nuestra mal llamada democracia. Lo que convierte a los presidentes en déspotas parecidos a los que retrató Pasolini en Saló. Es algo que me quedó muy claro en México, donde al despotismo hay que unir la degeneración. La pornografía de la violencia y la crueldad.

quimera¿De dónde sacaste los personajes del Conde y del Jardinero? ¿qué libros o experiencias se engloban ahí?
El jardinero nació de un conflicto real que tuve con un jardinero. Eran los años de la especulación económica en España y, debido a los negocios que este jardinero llevaba entre manos con el administrador y el presidente de la urbanización donde yo veraneaba, los jardines de aquel espacio quedaron todos fulminados, pues se primó el alargamiento de unos balcones por encima de las zonas comunes. Es decir, nuestro jardinero no dudó en destrozar los pocos árboles y plantas que había en nuestro recinto para obtener beneficios económicos. Eso me enojó mucho, aunque no pude hacer demasiado porque este señor había logrado recabar votos de decenas de personas de la urbanización que creían —como yo lo había hecho anteriormente— en su honestidad y no eran conscientes de que los manipulaba para controlar nuestro espacio, pues utilizaba la delegación del voto de los propietarios con el objeto ganar todas las votaciones y hacer su voluntad. En realidad, este hombre era imparable y finalmente me di cuenta de que era imposible de vencer. Pero quise hacer un libro para hablar de su tremendo y grotesco poder. El jardinero, por tanto, sería este señor y el conde una mezcla entre mis deseos de vengarme de él y una descripción subjetiva de cómo veo internamente a nuestros políticos. En cuanto a referentes literarios, el jardinero no los tiene, pero sí el conde, pues me inspiré en parte (muy levemente) en el príncipe Sarau que aparece en Trastorno, de Thomas Bernhard. Aunque ciertamente recuerda a los miembros cruentos de los Borgia o a personajes como Gilles de Rais, del que leí pequeñas biografías y recuentos de sus cruentos actos mientras escribía la novela.

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Ricardo Menéndez Salmón reseña Los hombres de Rusia de Reinaldo Laddaga



Ricardo Menéndez Salmón escribe sobre Los hombres de Rusia, de Reinaldo Laddaga, en el diario La Nueva España:

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Huestes oscuras

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN

Una técnica de prestigio dentro de la tradición literaria, la del manuscrito encontrado, sirve a Reinaldo Laddaga para destilar un cóctel de ensayo político y novela de formación en Los hombres de Rusia, obra que por subtítulo lleva el marbete «documento», como si su autor quisiera adherirla antes al ámbito epistemológico de la historia de las ideas que a la indagación pura y dura, sin aristas, en el terreno de la ficción. No en vano, el redactor del manuscrito del que Laddaga se vale para exponer sus propósitos confiesa que la realidad es mucho más difícil de relatar que la invención, pues «la lógica de la vida es menos clara que la de los cuentos».

La lógica de la vida que Los hombres de Rusia persigue ilustrar es sin duda inquietante. Lo que Laddaga propone, como una suerte de precipitado tóxico de las potencias maléficas que vertebran nuestra época, es la construcción de una fábula en torno a las fuentes que han servido de abrevadero a esa extrema derecha que, como un virus de irradiación frenética, infecta hoy el mapa conmovido del planeta. Esa fábula, representada por un grupo de fanáticos que llegan a un desolado rincón de Florida parapetados tras sus teofanías, sus drogas de diseño y sus conspicuos profetas, se alimenta del panteón de excéntricos que ha venido nutriendo el imaginario de las razas intactas, la espiritualidad de las naciones, los fulgurantes mitos de la pureza. 

Por las páginas de Los hombres de Rusia desfilan así el experimento protofascista de Gabriele D’Annunzio en Fiume y las aberrantes teorías de Cyrus Teed en torno a la Tierra hueca, encuentra acomodo Miguel Serrano, el jerarca nazi chileno que alumbró la tesis del hitlerismo esotérico mientras compartía mesa y mantel con Hermann Hesse, pero también Aleksandr Duguin, el Rasputín del Kremlin de Putin, dios tonante del renacimiento de la soberana Eurasia, y a la vez asoman la patita el Partido Republicano en los tiempos de Barry Goldwater, las maquinarias de la violencia que Carl Schmitt amparó mediante sus estudios constitucionales e incluso el barón Julius Evola, mandarín de la extrema derecha italiana que logró el círculo cuadrado de conjugar en su obra a Mussolini con la misoginia de Weininger y los goces del tantrismo con la decadencia de Occidente del apocalíptico Spengler.

Semejante compañía conduce por necesidad a una debacle de la razón. Es entonces cuando el texto de Laddaga muestra su engarce con el presente. Pues su alegoría halla un sustrato más que verosímil en la sensación, a menudo trágica, que al sujeto confiado en las estrategias del consenso y la universalidad de la inteligencia le acosa hoy en día, esa ominosa evidencia de que el mundo ha regresado a la senda del pensamiento mágico, los avatares de las creencias numénicas, la pestífera seducción de la oscuridad. Y es que, quizá, los campeones del irracionalismo nunca se habían ido del todo. Sólo estaban esperando para regresar disfrazados de hombres de Rusia, evangelistas de sonrisa tierna, presidentes pendencieros.

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Rosa Belmonte escribe sobre Los hombres de Rusia de Reinaldo Laddaga en Las Provincias

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Columna de Rosa Belmonte en el diario Las Provincias sobre la Operación Carioca (trama de prostitución y corrupción en Lugo) y la novela Los hombres de Rusia, de Reinaldo Laddaga.

«Cuando dicen que ‘El cuento de la criada’ está aquí, o que va a llegar, te tienes que reír. Vale, algunos relatos sobre esclavas del Daesh pueden parecerse. Y habrá casos aislados. Lo sorprendente es que cuando tenemos algo similar no se le da demasiada importancia. Ahí está la ‘Operación Carioca’, trama de prostitución y corrupción en Lugo. En ‘Los hombres de Rusia’ (Jekyll & Jill), Reinaldo Laddaga escribe sobre esos hombres de Rusia que visitaban el zoo abandonado donde el niño narrador vivía. En sus furgonetas transportaban mujeres, uno de los artículos con los que comerciaban (emigrantes que habían llegado a Florida para recolectar naranjas y a las que nadie reclamaría). El cabecilla de la red (lo de Carioca) dijo a sus esclavas: «Ustedes no son nada. Les pego un tiro, las entierro en una gruta y nadie pregunta». La hija de este tipejo jugaba entre las mujeres víctimas. Hasta habla de «una chica enterrada». Esto no es novela.»

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Distraídos venceremos de Andrea Valdés en Planeta Eris


Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica, de Andrea Valdés, en Planeta Eris:

Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica. Andrea Valdés

Hoy os traemos un libro curioso por su lucidez y tratamiento realmente original. Se trata de una obra de ensayo, pero que muy bien pudiera ser de ficción n
o sólo porque es entretenida sino por la cantidad de recursos diferentes que la autora maneja, me refiero a que las distintas partes en las que se divide este pequeño volumen son muy dispares, desde la narración convencional, el análisis de la obra, varias citas o incluso aportar documentación real a modo de imagen.

Esto es lo más destacable para mí: si no fuera porque el libro pertenece a una colección dedicada al ensayo y porque la primera autora presentada es Rosa Chacel creería (en mi profunda ignorancia) que se trataba de un juego literario con el que se presentaran situaciones irreales y autores increíbles salidos de la fértil imaginación de la autora. Algo así como si fuera una obra de Borges a la manera de El libro de los seres imaginarios, pero con escritores o, incluso una pesadilla literaria de Lovecraft

Andrea Valdés (Barcelona, 1979) es licenciada en Ciencias Políticas y librera, oficio que ha ido conjugando con la escritura. Ha colaborado con artistas en catálogos y exposiciones, es co-autora de una obra de teatro y ha publicado en varios medios, entre ellos los suplementos culturales de El País y La Vanguardia así como en otras revistas.distraidosvenceremoseris

En este su primer ensayo la autora investiga las diferentes particularidades de la escritura autobiográfica desde mediados de 1950 hasta nuestros días, centrándose en la obra de varios escritores latinoamericanos. Pero no los elige al azar, sino con un criterio muy específico: aquellos autores que escribieron desde los límites de la locura, la enfermedad o la exclusión social. Ejemplo de ellos son Maura Lopes Cançado, Mario Levrero, María Moreno, Carlos Correas, Gloria Anzaldúa y Severo Sarduy entre otros.

Por culpa de o gracias a su particular condición estos autores aportaron al contenido autobiográfico formas no vistas con anterioridad. Las motivaciones pueden ser diferentes, quizás porque no intentaban adecuarse a la realidad, sino acaso paliar las consecuencias. Su talento y capacidad les permitió poner en negro sobre blanco los  efectos de sus propios condicionantes sociales.

Aun partiendo de una misma premisa, los resultados son notablemente diferentes y muy bien plasmados por Andrea Valdés. Puede sonar una propuesta arriesgada, pero se trata una obra para paladear con gusto y con la satisfacción que me da saber que mi falta de talento me mantiene alejado de sufrir tanto dolor como estos escritores retratados aquí (o eso espero).

Al final de la obra hay un anexo con una escueta referencia biográfica de los autores muy personal y bien redactado. Otro pequeño tesoro bibliográfico de una editorial muy especial que os permitirá conocer de una forma única una serie de autores que difícilmente habría conocido de no ser por Andrea Valdés, como por ejemplo la obra de Paulo Leminski Catatau, un monólogo interior que coloca a René Descartes bajo los efectos de una pipa de cannabis en pleno devenir tropical.

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Los hombres de Rusia de Reinaldo Laddaga en Poemas del Alma


Tes Nehuén dedica su artículo a Los hombres de Rusia, de Reinaldo Laddaga, en Poemas del Alma:

«Los hombres de Rusia», de Reinaldo Laddaga, Editorial Jekyll & Jill

«Los hombres de Rusia» de Reinaldo Laddaga es un relato fascinante sobre el mundo actual y el resurgimiento de los pensamientos dictatoriales.

Estamos hechos de profecías. Muchas de las cosas que nos ocurren comparten hilo con acontecimientos del pasado y son el preciso puntapié que necesita una catástrofe para florecer. Todas las profecías se cumplen. Creamos o no en ellas. Las asumamos o no. Las enfrentemos o no. Y lo que la literatura viene haciendo desde sus orígenes es servir de canal para expresarlas, estableciendo analogías y puntos de encuentro entre fenómenos aparentemente distantes. Buscar respuestas y explicar la forma en la que hemos terminado en este punto histórico parece ser también el impulso que da vuelo a «Los hombres de Rusia» de Reinaldo Laddaga (Jekyll & Jill). Una historia que reúne todos los elementos de las leyendas proféticas y que cuenta con un discurso fascinante y un árbol bibliográfico exquisito. Es decir, todo lo que le pedimos a un buen libro. Una lectura que les deseo a todos.

El resurgimiento de la derecha

Lo primero que habría que decir de este libro es que no es un ensayo ni tampoco una historia de ficción. Se trata de un relato con un sólido basamento en la realidad pero que se lee como una fábula. Laddaga nos ofrece un texto en el que encontramos una voz joven que va descubriendo un mundo, que es ventana y herencia, donde los que triunfan son los malos. Su familia se ha asentado en Florida hace varias décadas y ha sido atravesada por las diversas crisis económicas que han asolado a la clase media desde mediados del siglo pasado hasta la actualidad. A lo largo del texto, parece como si el joven intentara entender qué le faltó a su familia para asumir el liderazgo, en lugar de haberse quedado siempre a la sombra: adoptando una actitud sumisa y de súbdito alucinado frente a la verdad ajena. La historia se desarrolla en un escenario peculiar pero acertadísimo para la búsqueda que fundamenta el relato. Viajamos a un zoológico casi abandonado, casi en decadencia sostenido –como la realidad política de nuestro tiempo– por frágiles razones y estructuras. Un espacio condenado a la desaparición que de pronto adquiere importancia porque es elegido como base de operaciones de un grupo de militantes de la derecha extrema, que apuestan por un mundo sin libertades.

Podría decirse que es un libro que enlaza y establece paralelismos entre los cambios del mundo actual y el surgimiento del racismo y del fascismo en Europa durante el siglo XX. Asimismo permite una lectura en torno al peso de la herencia y la forma en la que se va gestando nuestra comprensión del entorno, teniendo en cuenta los condicionantes que operan en esa interacción.

Pero habría que volver al principio, para explicar mejor lo que el libro ofrece. En un prefacio fúlgido Laddaga nos transmite su curiosidad al hallar un texto extravagante a través de la red social 4chan (una red social frecuentada por partidarios de la derecha: jóvenes que se sienten algo así como los iluminados de su tiempo, portadores de la verdad que podrá salvar a la especie de lo que denominan mediocridad). La curiosidad lleva al oficio y así, esta historia promete ser una traducción de ese documento –curiosamente, desaparecido–. Y aquí entra en juego el pulso de la ficción que otorga al libro verosimilitud; no por tratarse de un documento real, sino por contar con todas las explicaciones para convencernos de ello.

Ficción y verdad

Entre las cosas más interesantes con las juega Laddaga me quiero centrar en dos elementos que atraviesan el discurso: la búsqueda de la iluminación (algo muy propio de quienes desarrollan discursos vinculados a la derecha alternativa) y el uso de una retórica que por momentos resulta apocalíptica (muy frecuente también en estos discursos). En la práctica estos objetivos discursivos se consiguen a través de la provocación, la propaganda libertina y los excesos; ¿existen ingredientes más atractivos que éstos para un grupo de jóvenes desidiosos? De hecho, la provocación es la herramienta que mejor domina la derecha alternativa, que utilizan en discursos que se difunden en ciertos espacios en Internet como los foros 4chan y 8chan y les sirven para conseguir el apoyo de jóvenes –que traen la rabia de la edad combinada con la rabia de la decadencia del mundo, y con el fin de la prosperidad–, niños-grandes que necesitan creer en algo, sentirse parte de algo más grande que ellos mismos. Estas manifestaciones discursivas también ocupan un espacio relevante en el relato. Y todo ello parece colaborar con la sensación de estar ante algo cierto, es decir, verdadero, es decir, necesario. Y entonces, redescubrimos la idea de ficción como espacio de pensamiento y de verdad, por encima de la realidad misma.

Entre aquel poema épico inglés, «Beowulf», las «Noches áticas» de Aulus Gellius y «Los devoradores de cadáveres» de Michael Crichton, se construye un texto críptico cuyos destinatarios son los integrantes de una comunidad que ha alcanzado una gran fuerza en las últimas décadas, contribuyendo con la proliferación de ideas antisemitas y fascistas que son, precisamente, las que ellos defienden. A lo largo de la lectura descubrimos las bases que consolidarían el mandato y la línea política del presidente actual de los Estados Unidos, Donald Trump, y en las que su narrador nos asegura encontraremos una explicación contundente sobre los cambios que se están viviendo en la estructuración social y el resurgimiento de la extrema derecha. Sin embargo, también encontramos a un joven impulsado por su curiosidad y su deseo a experimentar una vida que no le permiten, que se siente rodeado de una fauna (y ahora hablo de los hombres) que se muestra insensible a todo estímulo que se escape de sus ambiciones.

Se establece a través de la lectura un debate en torno a la mirada de los otros que me ha resultado muy interesante. Y se aparecen numerosos autores que han contribuido con el pensamiento occidental. Thomas Mann, Gabriele D´Anunzio, Giuseppe Antonio Borgese, Elisabeth Mann Borgese y W. A Waden, entre otros. Anécdotas, pensamientos y miradas en torno al mundo, a sus vidas y a su forma de contribuir con la dictadura del siglo pasado.

El futuro en la profecía

En este punto cabe la estampa del pensamiento de Furio Jesi acerca de la cultura de derechas como la reidentificación de una serie de imágenes y símbolos mitológicos a los que se dota de un nuevo sentido, que traspasa la esfera de lo real y abarca un terreno nebuloso y espiritual; donde las ideas se amasan según la conveniencia y la violencia en su sentido más descarnado es lo más aceptable. Y podríamos desembocar en uno de los puntos más inquietantes del libro, que es ese enlace que hallan los combatientes de este extraño grupo entre el pasado nómada y la restauración de una vida arcaica, viendo en ellos el futuro de una especie que debe preservar sus valores y eliminar lo que se les opone.

Me han resultado profundamente impactantes las afirmaciones respecto a la vida de los animales, y la mirada especista que desprenden los ojos del narrador ante su soledad y su despojo. Y pienso que puede ser ésta una interesante lectura para afrontar reflexiones en torno al bienestar animal y su historia –aunque el texto no se detenga en esto ¿por qué no habríamos de hacerlo nosotros?–. Una pregunta que abarque también la dicotomía tan popular entre los derechos animales y humanos, y que en estos tiempos críticos nos está haciendo falta. Justamente para posicionarme mejor en el conflicto he indagado sobre Jungle Habitat Preserve y lo que he leído es lamentable (lejos de tratarse de un organismo en favor de la vida salvaje, es uno más de las muchas instituciones mercantilistas que aumentan su capital a costa de la vida y el sufrimiento de los demás animales). Sin duda el trato que les hemos dado a los demás animales está estrechamente vinculado con la crisis socioecónomica que atravesamos. Y como considero difícil hablar de dictaduras y de fascismos dejando a un costado el incremento de la explotación como eje central en el resurgimiento de la derecha, quiero apuntarlo. Y os deseo que el libro también los saque de vuestras casillas para pensar en esto.

los-hombres-de-rusia-2Otro tema que también se desprende de esta lectura es la emancipación de las mujeres, y el lugar que hemos ocupado en esta locura de capitalismo que avala el poder de los blancos sobre el mundo de los otros, y las otras. A través de la figura de la madre del personaje y de Elisabeth Mann Borgese se introduce una mirada sobre el pensamiento occidental y el feminismo. Una reflexión que nos ponga en estado de alerta respecto a la manipulación que amenaza las raíces y el desarrollo lúcido del discurso feminista.

No sabemos si realmente existió este personaje que escribe. Y en caso de haber existido, si lo que ha visto es idéntico a lo que cuenta. No sabemos si los hombres de Rusia existieron, pero sí intuimos que todo lo que leemos es cierto. Estamos ante un relato auténtico, diferente, en el que podemos encontrar respuestas y preguntas para la vida que nos rodea y que vivimos. Un libro que te deja anonadado y del que es difícil despegarse.

Me quedo con una imagen de zoológicos vacíos y mujeres en lucha. Es probable que textos como éste puedan ser útiles para entender que en cuestiones de pensamiento siempre es mejor leer aquello que sabemos que va contra lo que sentimos o pensamos, para no convertirnos en criaturas conformistas, para que la confortabilidad del discurso no nos lleve a desatender la reflexión profunda, que es en definitiva la que puede salvarnos como criaturas y como grupos.

Este libro de Laddaga es profético pero también nos permite desentrañar el fondo de una literatura de derechas que ocupa las esferas más altas de canon, y que ha consolidado un pensamiento que ya está de vuelta y, como lo expresan los fundadores en su tratado, «ha vuelto para quedarse». Espero lo mismo de este libro: que haya llegado para quedarse y pensar(se) y pensar(nos) Un libro al que volveré sin duda, porque me han quedado muchas dudas y muchas lecturas paralelas por hacer. Y lo mismo les deseo.

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5 de Sergio Chejfec en Culturamas



Pedro Pujante dedica una excelente reseña a 5, de Sergio Chejfec, en Culturamas.

5, de Sergio Chejfec

La idea vila-matiana de construir una obra en torno a notas (a pie de página) parece sustentar este último libro publicado en España del argentino Sergio Chejfec. Compuesto por un relato que da título a la obra y seguido por una “Nota” más extensa que el texto que refiere, 5 se convierte en un díptico metanarrativo cuyo valor y significado se encuentran precisamente en este juego de contar el cómo se escribió un relato, las circunstancias y las sensaciones que lo configuraron.5-coverimage

La prosa de Chejfec es siempre elusiva, sus narraciones bordean lo puramente narrativo (aunque, paradójicamente se adentran y adensan en su propia trama escritural) para desembocar en texturas aéreas, dotadas de cierta densidad y belleza, pero, al mismo tiempo, se comportan como si fuesen frágiles, difíciles de aprehender. Cuando leemos a Chejfec siempre nos acompaña la sensación de que algo nos está el autor sustrayendo; ejecuta, en cualquier caso, un juego de desnivelados inteligente, de escritura pura que busca aislarse de referentes externos pero sin renunciar, paradójicamente, a describir el mundo. Aunque este sea un mundo de ideas, un mundo propiamente literario y escritural, como si fuese este una masa de la que extrajese la materia prima con la que sustentarse.

No creo, en este sentido, que la primera frase que abre 5 sea casual, aquella de su maestro Di Benedetto: “No se puede saber si es verdad”, que iniciaba su novela El Pentágono. No obstante, el primer texto, “5”, es más convencional y narrativo y, en mi opinión el que carece también de más interés. Es la segunda parte, “Nota”, la que encarna al verdadero Chejfec, un texto delicioso y que se propaga como una onda expansiva sobre la condición del escritor en un espacio extranjero, una suerte de monólogo sobre el ser humano despojado de todos los atributos que no sean los propiamente literarios. El narrador reflexiona sobre el régimen de imprevisibilidad de la escritura, un estatuto que nos hace pensar en qué innecesaria es la literatura y que precisamente por esto es vital, como si la institucionalización del oficio de escritor diluyese su carácter mismo, quizá porque es de este modo trivializado, desposeído de su verdadera función creadora. El escritor, invitado a la Residencia, tiene intuiciones peculiares, como que ha sido invitado para descubrir una trama secreta, lo que en el fondo es una forma de entender la literatura como búsqueda, como indagación constante. Se siente el narrador aislado en la ciudad anfitriona que le impele a que escriba, también objeto de un teatro alucinante, como si todo fuese un montaje “para servir de escenografía a los escritores invitados”. En definitiva, es receptor de diversos y paradójicos estímulos: sorpresas, motivaciones y reflexiones que oscilan siempre entre lo literario y lo banal, construyendo así un relato sobre la propia naturaleza de la escritura y situándose de paso en el mismo centro de ella.

Hay hallazgos en la escritura de Chejfec, siempre debidos a su profundidad intelectual, una profundidad que lejos de antojarse presuntuosa o grave, se transforma en una voz intuitiva, fresca e ingeniosa. Compara la escritura con la navegación marítima (ambas a la deriva siempre) o al escritor con el chófer. Como se ve, a pesar de lo estático del planteamiento (un escritor encerrado en una Residencia para escribir) Chejfec siempre recurre al movimiento, al viaje, aunque este sea interior, mental.

Heredero de Saer y del mejor Robbe-Grillet, las novelas  de nuestro autor son hermosas construcciones, artefactos fabulosos cuyo máximo valor se encuentra precisamente en las palabras, en la perfección con que se transforma esa prosa tan sutil y a la vez tan elaborada, esa materia prima que parece siempre intacta, sin adulterar, genuina.

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5 de Sergio Chejfec en diario El Noroeste



Basilio Pujante dedica una excelente reseña a 5, de Sergio Chejfec, en el diario El Noroeste:

5, Sergio Chejfec

La crítica literaria es un género parásito; sólo vive de otro texto anterior que comenta y del que depende tanto para su existencia como para su posible trascendencia, si consigue entablar un diálogo con ella. Sin embargo, en ocasiones, la labor del crítico no se limita a la mera invitación al lector a que conozca tal o cual libro o al comentario de sus rasgos fundamentales. Estoy pensando, por ejemplo, en la importancia que ha tenido Ignacio Echevarría en la publicación de algunos de los inéditos de Roberto Bolaño tras su muerte. Por supuesto que son casos extremos y que el mérito casi íntegro es del autor, pero es una muestra de que a veces ese parásito puede ayudar a vivir al ser del que se alimenta.
Sergio Chejfec plantea una nueva perspectiva de esta conflictiva pero necesaria relación entre la literatura y la crítica en 5, un libro formado por un relato (“Cinco”) y un comentario del mismo (“Nota”). El primer texto, sobre el que luego volveremos, fue publicado en 1996 fruto de una residencia artística en la ciudad francesa de Saint-Nazaire en el año anterior. “Nota” se presenta como una “explicación” (en palabras del propio autor) del relato original escrita veinte años después, pero deviene en una narración independiente que relata las circunstancias de aquella estancia. Chejfec parece concluir que esa explicación que estaba en su deseo inicial es inútil o imposible, optando por crear un texto nuevo que, si bien depende del primero, no ofrece esas respuestas que el lector podría esperar. De hecho, en un fragmento de “Nota”, el autor explicita ese desapego con el relato original con estas palabras: “de lo escrito entonces casi no guardo sentimientos” (pág. 144).
“Cinco” es una narración extraña, ambigua, en la que la trama no avanza de manera cronológica, sino que parece que vamos conociendo fragmentos de un texto previo a través de los comentarios del narrador. En lo relativo al argumento, podríamos citar la relación que establece el protagonista, una especie de vagabundo que camina sin descanso por las calles de una ciudad nueva para él, con Patricia, una panadera que le permite dormir en su tienda. Pero, como ya ocurría en otros relatos de Chejfec, ya estaba en Modo linterna (2014), el espacio posee un protagonismo incluso mayor que los personajes. El propio autor pondera en “Nota” la importancia que este posen: “en mi opinión (…) la organización física de la naturaleza, en cierto modo la geografía, era la verdadera aunque disimulada intención de la literatura” (pág. 153).
La ciudad portuaria y el personaje de Patricia vuelven a aparecer en “Nota”, que fracasa en su intento de explicar “Cinco” pero donde encontramos varias ideas de la poética, ya hemos reproducido un par de frases en párrafos anteriores, de este interesantísimo autor que es Sergio Chejfec. Si bien apenas tenemos referencias explícitas a la narración originaria, sí que se nos describe una situación muy parecida a la que vivió el autor en su concepción. Y es que en “Nota” encontramos a un escritor que es invitado a una ciudad por los responsables municipales y que debe “actuar” como se espera de él. Así, asistimos a sus paseos por la localidad con los responsables de la Residencia, a sus conversaciones con los habitantes de la localidad y a sus viajes en autobús hacia el extrarradio; todo ello con el fin de aprehender la esencia de la ciudad y hacerla protagonista del libro que escribirá, tal y como establece la invitación.
Reseña publicada en El Noroeste:
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Distraídos venceremos en revista Détour



Óscar Brox reseña Distraídos venceremos, usos y derivas en la escritura autobiográfica, de Andrea Valdés. En revista Détour.

Andrea Valdés. Vidas escritas, por Óscar Brox

Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica, de Andrea Valdés (Jekyll and Jill)   | por Óscar Brox

Andrea Valdés | Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica

Tengo debilidad por los artistas sin obra o por los que poseen una obra exigua (la de Epicuro, sin ir más lejos, apenas abarca 60 páginas), aquellos cuya obra quedó inacabada o los que se dejaron algo de ellos mismos para acabarla (como Glauber Rocha, que empalmaba trozos de celuloide con su propia saliva). Me lleva a pensar en la experiencia de una intimidad manifestada a través del texto o la imagen, en las que cada palabra está ahí para retratar un aspecto de su identidad. De lo que eran, de lo que pretendían ser o, en definitiva, de lo que no pudieron ser; haciendo bueno aquel precepto del final de la Antigüedad: el sentirse preocupado, inquieto por sí.

Distraídos venceremos reúne a un grupo de autores que tienen en común una forma, casi, única de inscribir sus vidas (o su realidad) en el texto. De tensionar, hasta llevar al límite, la escritura autobiográfica. Los hay conocidos, como Mario Levrero y Rosa Chacel, y los hay que permanecen inéditos en el mundo editorial en castellano, como Carlos y Carlos Sussekind. Andrea Valdés, tras un tiempo de investigación y de curiosidad infinita, los ha recogido con paciencia de entomóloga; preparada para explorar las numerosas heridas que surcan su escritura y lo que aquellos consignaron en cada palabra. El retrato de un padre a través un voluminoso dietario, la evaluación psicológica tras un internamiento forzoso, las secuelas de una agresión con ácido sobre el rostro de la madre o las peculiaridades de una novela que se zambulle en numerosos prolegómenos antes de comenzar.

Valdés construye el libro en forma de collage, a veces como protagonista (con esa persecución periodística sobre María Moreno), a veces cediendo el protagonismo a otra voz (la de Sergio Bizzio cuando entrevista a Héctor Viel Temperley), a veces, también, consignando sus dudas y los avatares que la han llevado a trastear con la escritura de los otros. Cuando se le atraganta la escritura barroca de Sarduy o cuando peina las confesiones de Maura Lopes Cançado, pero también cuando reflexiona sobre esa tríada biográfica que representan la autohistoria, la biomitografía y la escrevivencia. Y uno siente, a cada capítulo, que el libro está vivo; que se agita, resultado de tantas vivencias comprimidas en su breve extensión, y se abre como un ejercicio de literatura expandida. Que nos zarandea de Brasil a la Argentina y de allí a Uruguay, Estados Unidos o Francia, entre la alta y la baja cultura, entre los márgenes de la escritura y aquellos autores que hicieron de sus vidas una forma de rebasarlos.

Bizzio visita a Viel Temperley cuando la enfermedad ya está en sus últimos episodios, con Viel confirmando que el autor de Hospital británico, tras las sesiones de rayos y la trepanación, ya no existe más. O existe, sí, en las esquirlas que conforman su poema. A Levrero también lo ingresan en un hospital británico, sí, pero este en Montevideo, y Baron Biza (uno de los malditos) muere con la publicación de La semilla y el desierto aún caliente. Sarduy construye una obra a partir de sus cicatrices y Carlos Sussekind, al amparo del diario de su padre, coteja eventos y situaciones mientras escribe sobre su enfermedad y se ficciona bajo el nombre de Lamartine. Y eso por no hablar del amor/odio de Carlos Correas hacia Oscar Masotta. O la María Moreno de Black Out, con la evocación de un padre que la conduce, también, a forzar los límites de la biografía y la autoficción. O el Héctor Libertella capaz de narrar su propia agonía en La arquitectura del fantasma.

En todos los casos, Valdés nos traslada hasta unas coordenadas, tal vez, desconocidas. Hacia un atlas de escritores, de autobiografías o de ficciones que añaden una reconsideración del género literario por su carácter tanto inédito como, prácticamente, único. Tan único que, en cierta forma, muere con ellos. Porque este catálogo de autores lo es, asimismo, de malogrados. De marginados, sí, pero también de quienes consignaron en el texto su relación con la norma y las instituciones, la complejidad de sus genealogías familiares o la descomposición de un cuerpo cuyas esquirlas tomaban la forma del verso. En todos estos casos, Valdés no solo acerca esos momentos estelares de una literatura marginal, sino que sabe reflejarlos sin necesidad de embellecerlos. Le bastan la curiosidad y la lectura atenta, trastear con el archivo y con el inmenso acervo cultural que se vive en el cono sur. Y como sucede con Ricardo Piglia o Monterroso, que siempre hacen que leerles valga por dos (Piglia con su lectura de Macedonio Fernández; Monterroso con la de Góngora), leer a Andrea Valdés es descubrir a toda esa generación de escritores perdidos, olvidados o mal leídos. Una generación convertida, asimismo, en el germen de este proceso creativo, de esta investigación, que la autora comparte con nosotros. Que, hasta cierto punto, se convierte en su propia autobiografía lectora. Y que, en definitiva, es también la mejor excusa para correr a leerlos.

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Courbett Magazine recomienda Saturno de Eduardo Halfon


La revista Courbett Magazine recomienda Saturno, de Eduardo Halfon, en el especial Feria del Libro de Madrid 2019

Eduardo Halfon. Saturno. Jekyll and Jillsaturno2ed

En realidad, leed por favor cualquier libro que haya escrito Eduardo Halfon. Eso sí, os recomendamos que comencéis con «Saturno», una obra breve pero intensa, casi diríamos que turbulenta, durísima. El escritor narra las relaciones con su padre, un ser gélido, distante, tiránico, excesivamente exigente y desprovisto de cualquier empatía hacia su hijo. Como si del mítico Saturno se tratase (el ser que devoraba a sus hijos al nacer), el padre provocó que su hijo se viese abocado a la constante amargura y que pensase incluso en el suicidio. El libro narra esos sentimientos y los entrelaza con las historias de escritores que se quitaron la vida, de Klaus Mann a Virginia Woolf. A través de las diferentes capas narrativas empiezan a aparecer diferentes voces, los planos se entrecruzan y… hasta aquí podemos leer. Simplemente, no os lo perdáis.

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Distraídos venceremos de Andrea Valdés en Poemas del Alma


«Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica», de Andrea Valdés —Jekyll & Jill—

«Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica», de Andrea Valdés (Jekyll & Jill) es un ensayo que se apoya en las escrituras de diversos autores y autoras rioplatenses para indagar en torno a la naturaleza de la autoficción desde nuevas perspectivas.

En esa frase, todo lo que me interesa de la literatura. Lo que puede haber en ella de nosotros, de nosotras. La vida a través de las palabras que hablan de la vida de otras personas, a veces en posiciones alejadísimas de la nuestra, y sin embargo, que nos interpelan. «Distraídos venceremos. Usos y derivas en la escritura autobiográfica», de Andrea Valdés —Jekyll & Jill— es una indagación en torno a la semilla de la escritura autobiográfica en un camino atravesado por las poéticas de numerosos autores y autoras rioplatenses que exploraron una escritura personal fronteriza y peculiar. Un libro fascinante y fundamental para el pensamiento de nuestros días, que nadie debería perderse.

 

De las voces de casa

Me gusta encontrarme con la narrativa de mi tierra desde una mirada extranjera. Esto que hace Valdés es un gesto valiente teniendo en cuenta el auge que ha tenido de un tiempo a esta parte el concepto de «apropiación cultural» –seguir insistiendo en la cultura como algo único, propio y auténtico de un territorio específico es absurdo: nuestra naturaleza nómada es incompatible con esta idea– y es una representación de lo que el poder de la lectura y la divagación nos ofrecen. Y me gusta tanto la forma en la que se acerca a la narrativa rioplatense: me parece tan sentida, tan cercana. Hay una mirada lúcida pero sobre todo un deseo de impregnarse de esas poéticas, de entenderlas, de empatizar con la realidad que las hizo posible. Y esta es una de las características más reseñables del libro. En tiempos de egos encendidos alivia el ánimo encontrarse con una lectura luminosa que parte de la humildad: nada sé y nada sabré, pero procuraré disfrutar de esta exploración.

Y me ha encantado reencontrarme con palabras como «croto» (que la aprendí de muy pequeña cuando un hombre nómada llegó a mi casa cargado de cepillos que él mismo fabricaba, condicionando mi curiosidad por la vida en movimiento para siempre) o «desenchufá» (que es un interrumpir el contacto con el afuera para ocuparse de lo íntimo), o ¡esa expresión! «mandar todo al diablo» (con la fiebre y la intensidad que corre por esas venas mestizas y traicioneras que nos caracteriza).

Me ha resultado fabuloso redescubrir las voces de Héctor Viel Temperley, Héctor Libertella, María Moreno y Gloria Anzaldúa, entre otras, pero sobre todo descubrir nuevas-viejas voces de mi sur perdido en la voz de una autora espadistraídosñola. Esta capacidad de atravesar fronteras que tiene la literatura y de convertirse en patrimonio de todos, me resulta tan fascinante, quizá su rasgo más hermoso, promiscuo y rebelde. Descubrir cómo las voces de casa cruzan el océano y se plantan en nuevas culturas, reinterpretando nuestro pasado pero también demostrando que la Historia es de todos y todas, y confirmar así que ha sido gracias a esa naturaleza nómada que algunos intentan negar que han surgido las cosas más valiosas de nuestro entendimiento de la realidad, ¿no es para alucinar?

Andrea Valdés construye aquí una reflexión sobre la literatura autobiográfica partiendo de poéticas que comparten entre sí una extrañeza con la vida, con el mundo, con la tierra en la que nacieron (que a veces es familia, pueblo, política). Así, Rosa Chacel, Maura Lopes Cançado, Jorge Baron Biza, Audre Lorde y Conceição Evaristo –y aunque sus obras viajan hacia puntos distintos–, son forjadores de imaginarios literarios que se parecen en tanto a la búsqueda identitaria que persiguen; la cual, en casi todos los casos, es reconstrucción del pasado, de la experiencia familiar y colectiva.

Encontramos entonces la autobiografía como un espejo que sirve para indagar en el pasado de los otros y explicarse a través de ellos. Del mismo modo trabaja Andrea el discurso de este libro: manchando la experiencia de los autores y autoras que analiza, para atrapar y dibujar un argumento que le sirva para entender su propia identidad.

 

Las cicatrices y la escritura

Valdés recorre las vidas de estos personajes y construye conexiones simbólicas entre sus identidades y sus proyectos literarios; donde las cicatrices, las máscaras y las cárceles son escenarios, ejes e hilos conductores de una determinada escritura. Y en esa indagación la piel como reducto y confirmación de la memoria juega un papel importante, adoptando distintas formas y sirviendo al narrador o narradora para posicionarse en una lucha personal que en la mayoría de los casos es también colectiva: nos habla de un momento histórico y cultural específico, nos deja ver las injusticias de un tiempo, de una nación, contra un grupo, que es contra todas.

Encontramos aquí un acto amplio de reflexión que se extiende a la colonización, cuya normalización como un daño colateral del «gran proyecto civilizatorio» la autora compara con lo que sería asumir que el desarrollo industrial del acero y el uso «singular» que tuvieron los medios de comunicación masiva en su momento sirvieran para justificar el fascismo. La imposición de nuevas identidades es una de las cosas que más ha marcado la literatura rioplatense, y en todos estos autores y autoras encontramos una rabiosa necesidad de volver a las raíces para redescubrirse y reescribir lo que está dormido.

También la búsqueda atraviesa las estructuras rígidas y las dictaduras que han impedido el libre desarrollo de ciertas escrituras. Encontramos el caso de Maura Lopes, que pasó gran parte de su vida en centros de internamiento por su delicada salud mental. Cabe aquí una interesante indagación por la tendencia humana de legislar y normalizar sobre la conducta para imponer rígidas miradas sobre las personaz. Y aquí, sobre todo las mujeres terminamos llevándonos el papel desagradable en la representación de la tragedia.

«Distraídos venceremos» es un texto rebelde y alejado de la estética que se pretendepara este tipo de lecturas –¿y qué otra editorial que Jekyll & Jill iba a hacer tan hermosa apuesta?–. Sin embargo, me ha sabido a poco. Si bien me gusta mucha el planteo agudo sobre las numerosas estéticas y narrativas que se analizan, me habría gustado una mayor indagación en temas de identidad y censura, que sirvieran para un entendimiento más profundo de los autores y autoras que se analizan. Ya ven, un detalle que igual es hasta desubicado y quisquilloso señalar frente a la apuesta valiente y fuera de este mundo que es este libro.

 

Nosotras no somos nosotros

Estas palabras de Andalzúa –que nos cuenta Valdés que durante mucho tiempo escribió Aldanzúa sin que ocurriese nada (porque la invisibilidad se acentúa si la piel es oscura o la sexualidad, no convencional)– podrían definir una de las partes más interesantes del libro. Y necesaria en tiempos en que el feminismo se cubre de frases quemadísimas, de autoras blancas que escriben desde una posición de oligarquía que aunque no lo deseen siempre las ubica alejadas de las sufrientes. Buenísimas autoras en algunos casos, pero con una construcción colectiva reducida, que no nos incluye a todas. Valdés nos propone la construcción de una genealogía plural acercándonos la obra de autoras menos conocidas, algunas que personalmente no conocía y que voy de cajón a leer, que además comparten entre ellas el rasgo de haber vivido experiencias de marginalidad. Y así nos invita a no anclarnos en las frases bonitas sino a buscar más lejos, atrás de lo que se dice. Como aquella frase que abre mi lectura.

Una distracción, en un uso semántico ya casi perdido, es la imposición de una distancia, la separación entre dos cosas que deberían estar por regla, ligadas. Si partimos de esa idea podemos captar la esencia deliciosa de esta lectura. Y es que esa brecha que se abre en la escritura cuando la vida impone sus propias derivas es el punto de fuga en el confluyen todas las poéticas que Valdés analiza aquí, y es también el lugar de descanso donde su voz se nutre de ellas para crear una nueva mirada de lo autobiográfico, y por qué no, de la narrativa feminista. La distracción en ese sentido se ve reflejada en una actitud, que supone alejarse de la voz de mando, de los cánones establecidos, de las lecturas prefijadas para todo texto autobiográfico (y su estructura y expectativas que alimenta y de las que se alimenta) e incorporar nuevas miradas sobre esa distancia.

Y es sin duda la tercera parte del libro la más interesante en ese sentido. Aquí, el análisis de Valdés se apoya en las narrativas de autoras como Audre Lorde, Gloria Anzaldúa y Concenção Evaristo, y el punto de encuentro es la pertenencia a grupos minoritarios donde pobreza, homosexualidad y extranjería atraviesan la escritura. Y entonces, lo autobiográfico se vuelve político, por ende, comunitario, ya que todo lo político es colectivo –nos pertenece pero también les pertenece a otras–. En esa mirada plural sobre el feminismo me gustaría quedarme. En el deseo de la construcción de una genealogía, del ordenamiento de una tradición (tan necesaria) para redefinir nuestra búsqueda como colectivo plural, que nos incluya a todas y donde el pensamiento se distraiga de las tendencias. Y a esto nos anima sin duda esta bellísima lectura.

 

Las derivas del naufragio

La escritura autobiográfica carece de reglas, nada puede definirla, por eso ciertos libros de autoficción terminan resultando sosos al responder a una estructura predeterminada por el mercado y no por el deseo vital de encontrarse, de indagar en la tradición, en las palabras de la infancia. Valdés nos invita entonces a leer a los autores y autoras que atraviesan estas páginas para entender que la autoficción podría atravesar nuevas estéticas si la dejamos, y dejar atrás esta repetición anodina en la que se ha convertido el género en los últimos años.

Me gusta que Andrea haya construido un texto rebelde, que se alimenta de diversos géneros y aunque se apoya fundamentalmente en el ensayo tiene mucho de fábula, de búsqueda filosófica, de ficción que puja por convertir en materia todo lo que toca. Me gusta que haya sido capaz de aunar en una obra tantas obras y autores poco conocidos, que abogue por la construcción de una nueva genealogía que nos represente y que no nos adormezca.

«Distraídos venceremos…» nos anima a una distracción lúcida, donde seamos capaces de mover nuestra mirada del foco principal y optemos por nuevas perspectivas para la escritura. ¡No deberíamos pedirle más a la lectura!

Le agradezco a Valdés que haya iniciado esta búsqueda con ese poema de Leónidas que siempre me ha fascinado y al que vuelvo también con cierta obsesión. Esa mágica agonía que es «Verme». Porque en esa palabra también hay algo de respuesta a la inquietud que sirve de punto de partida a esta investigación. No podemos escribir nada si no atravesamos con nuestras manos, con nuestra sangre, con nuestras cicatrices la propia escritura.

Termino con esta otra frase de Andalzúa que es agua fresca para nuestra (re)construcción.

¡Y que nadie se pierda esta maravilla de esa hermosa y fabulosa colección de Jekyll & Jill que es Fontanela!

 

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Saturno de Eduardo Halfon en Mortal y Rosa



Mario Guerrero recomienda Saturno, de Eduardo Halfon, en su blog Mortal y Rosa.

¿Aún no te cantan los pájaros en griego?

Eduardo Halfon, Saturno

Saturno (Jekyll&Jill, 2017), de Eduardo Halfon, es un libro que me pareció extraño desde un primer momento. Apareció ante mí en diferentes redes sociales y blogs literarios, siempre llamándome la atención y reclamando mis ojos ávidos de lectura. No sé cuándo ni por qué, pero terminé cayendo en sus garras. Lo compré y nunca imaginé que fuera tan pequeño y breve, pero me gustó, porque si es bueno y breve, dos veces bueno.

En esta novela, un protagonista un poco desesperado, pero sin prisas por relatar su trastorno vital, narra con cierta lamentación la vida que le ha dado su padre, de insultos, de gritos, de silencios obligados, de miradas feroces… Al principio, el protagonista cuenta cómo el padre le enviaba cartas donde solo escribía su nombre, escrito con rapidez, lo cual no puedo evitar que me cause un escalofrío, por la manera tan sosegada con la que parece contarla el protagonista, casi como si pudiera escuchar su voz ronca, con silencios de por medio.

Dentro de la carta también iba un cheque con dinero, pero al protagonista lo que le importaban eran las palabras que le enviaba su padre, las cuales nunca llegaban, por lo que llegó a la conclusión de que el padre es un nombre. Esa es la conclusión de la novela, en la que el padre del protagonista es considerado por este como un tirano, y a lo largo de esta breve novela le hace recrisaturno2edminaciones, una tras otra, sobre lo que ha sido el padre para él.

Paralelamente a esto, el protagonista también nos va contando los suicidios (no las muertes, los suicidios) de numerosos escritores y escritoras, algunos más detallados que otros. Por ejemplo, cuenta el suicido de Hunter S. Thompson, Sylvia Plath, Alfonsina Storni, Gilles Deleuze, Rainer Maria Rilke, Virginia Woolf, Harold Hart Crane, Emilio Salgari, David Foster Wallace, Ernst Toller (este se suicidó tras, la noche anterior, haber criticado a los suicidas), Antonin Artaud, Primo Levi, Sergey Yesenin, Cesare Pavese, Jack London, Alejandra Pizarnik, Malcolm Lowry, John Kennedy Toole (el genio injustamente tratado), Stefan Zweig, Horacio Quiroga, Klaus Mann, Leopoldo Lugones, Ernest Hemingway o, precisamente, Yukio Mishima (del que hablo en la reseña inmediatamente anterior a esta).

Me ha sorprendido que no hablara sobre el suicidio de Sándor Márai, que, aunque, se suicidó con ochenta y ocho años, al fin y al cabo se pegó un disparo en la cabeza. Cuenta el de Hemingway en apenas dos páginas de una manera que es imposible no sentir un estremecimiento interior. El padre de Hemingway se suicidó de un disparo, y su hijo aprendió de ello e hizo lo mismo. Así que, a partir de este hecho, el protagonista le pregunta a su padre qué le ha enseñado él.

El protagonista le sigue recriminando a su padre que no le prestara atención, y le reclama, más que el dinero, la figura del padre, ese que solo le prestaba atención a los negocios e ignoraba a su hijo. Le pregunta a su padre, más adelante, si siente asco de él por haber sido poeta y por no haber llorado en su funeral. Le hace, en definitiva, muchas preguntas, que concluyen con un final sosegado y tremendo donde el protagonista escucha multitud de voces que le llegan de todas partes, las mismas voces, quizás, que escuchaba Virginia Woolf cuando se suicidó, o las mismas que escuchaba el protagonista de Plegaria por un Papa envenenado, de Evelio Rosero.

“¿Recordó usted [al morir] los desayunos perdidos, todos los gritos e insultos, todos los años de silencio, todo aquello que nunca logramos conocer? […] Usted se marchó sin jamás haber estado”, es una de las recriminaciones textuales que le hace el protagonista a su padre, aunque, “más que un padre, usted era un tirano”, asegura, al igual que afirma que “tristemente, padre, nadie gana las guerras”. Por eso su padre no ha ganado, ni tampoco él ganará pese a las reclamaciones que le hace.

Es inevitable pensar en la imagen goyesca de Saturno devorando a su hijo cuando el protagonista narra aquella vez que Virginia Woolf intentó suicidarse tirándose sin éxito desde el balcón (unos meses después lo lograría hundiéndose en el río Ouse) y en la que, al parecer, la escritora inglesa invita a matar al padre antes de que el padre nos mate a nosotros (la escritora “abandonó el apellido del padre”, que era Stephen, dejándose el de su marido, y sentía una gran admiración por su padre). La misma Woolf fue la que empezó a escuchar, además de voces, a pájaros cantando en griego. Por eso el protagonista, en cierto momento de su desquiciamiento, se pregunta si él también empieza ya a escuchar a los pájaros cantar en griego.

También es inevitable no pensar en la historia mitológica de Zeus, condenando a ser comido por su padre, Cronos, y salvado por aquel pastor y amamantado por aquella oveja en una remota cueva. El protagonista de esta obrita parece haberse librado de ser comido por su padre, aunque ahora es él el que no lo deja vivir en paz, quejándose una y otra vez de su actitud cuando él era un niño.

No me esperaba una obra de este calibre, por eso me gustaría que todos la leyeran, por el contenido tan grandioso que contiene y por las breves trazas de vidas de escritores que se suicidaron. Saturno es el padre hasta que el hijo se convierte en padre, entonces el círculo se cierra, ¿o se abre de nuevo para abarcar nuevos horizontes familiares y que se repita la intrahistoria de un apellido?

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Distraídos venceremos de Andrea Valdés en Babelia



Carlos Pardo dedica un excelente artículo a Distraídos venceremos, de Andrea Valdés, en Babelia – El País (25/5/2019):

Aprender a tener una cara

Andrea Valdés ha construido una personalísima genealogía de aquellos que comprometieron su vida con la escritura

Una de las maneras más sencillas e inteligentes de superar el debate que enfrenta una supuesta literatura de los hechos de otra ficcional (y cada bando, con su juguete demediado en las manos, mira al otro con recelo y cierta envidia) podría ser concebir la escritura como una forma de vida. Incluso aceptar que la escritura, en este caso la escritura autobiográfica, pudiera ser la cicatriz protectora de una herida que ella misma ha abierto. Por sincronizar dos frases célebres: el pensamiento sana la herida que él mismo es (Hegel); la autobiografía vela una desfiguración de la mente causada por ella misma (Paul de Man). Espero que se me perdone comenzar tan arriba esta reseña, pero para abordar Distraídos venceremos uno debe desarmar algunos prejuicios cuanto antes, por ejemplo la ilusión de que exista alguna experiencia previa al relato, pues de otro modo corremos el riesgo de perdernos las principales cualidades de este maravilloso y breve libro. Con un material a veces publicado en revistas (El Estado Mental) y trabajado posteriormente como investigación del centro de arte La Virreina, Andrea Valdés (Barcelona, 1979) ha construido una personalísima genealogía de aquellos que comprometieron su “vida con la escritura”. Y también viceversa. “A quienes admiro, precisamente, porque llevaron su impostura más lejos, más allá incluso de nuestra incredulidad”.La nómina de este canon outsider es elocuente: Chacel, Barón Biza, Viel Temperley, Levrero, Sarduy, Libertella, María Moreno… También los brasileños Maura Lopes Cançado, Carlos Sussekind y Conceição Evaristo, menos conocidos para el lector hispanohablante. En casi todos los casos la escritura fue una manera de “encarar”: aprender a tener un rostro, sí, pero también afrontar una vida carente de sentido, sin texto previo, durante lo que llamaríamos una experiencia traumática. La locura de Maura Lopes, el sida de Sarduy, la soledad americana de Chacel, la desfiguración del rostro de la madre de Jorge Barón Biza. Escriben para ser personas en un mundo de personas incompletas. Así, la autobiografía es también “autohistoria” (Gloria Anzaldúa), “biomitografía” (Audre Lorde) y “escrevivência” (Conceição Evaristo), expresiones que recuerdan a la “autosociobiografía” de Annie Ernaux. Y es significativo que estas reformulaciones de lo personal desde lo comunitario e histórico, alejadas de cualquier narcisismo, las planteen mujeres escritoras para quienes la vulnerada construcción de un yo autónomo es inseparable de la invención de un nosotras (y también de un nos-otras que impugne “la voluntad de blanquear los orígenes”). En este sentido, la última parte de Distraídos venceremos, dedicada a la escritura de estas y otras escritoras feministas (chicanas, negras, lesbianas…), es sencillamente magistral.Pero Distraídos venceremos también es un texto en primera persona, y en cuanto se acepte lo caprichoso de la escritura de Valdés, sus excursos y digresiones, más se disfrutarán sus varios niveles. Un ejemplo: la bufanda que, como un cachorro, lame la mano asustadiza de la autora en una chistosa escena cotidiana, es una perfecta parodia de las ya de por sí paródicas epifanías de Mario Levrero en la La novela luminosa. Porque Valdés practica una suerte de “bibliografía como autorretrato”, emulando a la artista Gelen Jeleton, amiga de la autora y personaje de este libro. Incluso nos sugiere que suspendamos el juicio documental y leamos como si todos los aquí citados fueran personajes de una ficción inventada por ella. Y a estas alturas uno ya comprende la seriedad de esta broma.

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5 de Sergio Chejfec en El Correo

Íñigo Linaje dedica un excelente artículo a 5, de Sergio Chejfec, en El Correo (25/5/2019).

Leer a Sergio Chejfec es una de las experiencias más gratas y estimulantes que he tenido estos últimos años como lector. Adentrarse en sus libros es ingresar en un territorio (a ratos misterioso y siempre imprevisible) donde pensamientos, ciudades y personas son explorados minuciosamente antes de ser incorporados al discurso narrativo. Maestro de mestizajes literarios, pocos escritores modernos ensamblan como el argentino géneros tan dispares como la autobiografía, el ensayo y la memoria. Esto sucede, por ejemplo, en su opera prima y en ‘Teoría del ascensor’, un extraordinario libro misceláneo, pero también en ‘5’, su título más reciente.

articulo chejfecPublicado inicialmente en 1996, el volumen recupera el relato original e incorpora una ‘nota’ que acaba siendo más extensa y enjundiosa que el texto seminal. La trama de ‘5’ es sencilla: un hombre es invitado a una casa de escritores donde debe escribir un libro en su lengua materna. Allí, en una atmósfera inquietante de inspiración kafkiana, se convierte en el observador de una ciudad abstracta y de las gentes que le rodean, en lo que supone un pormenorizado trabajo de introspección no exento de humor.

Se suele decir que en los libros de Chejfec no pasa nada, pero pasa mucho si uno lee y escucha con atención, si se deja seducir por el misterio y los detalles que fija el autor en cada página. Entonces el lector descubre un discurso despacioso y reflexivo, un manejo impecable del lenguaje, una prosa adictiva de reminiscencias poéticas. Relato memorialístico o novela fragmentaria, ‘5’ es un libro magnífico —y primorosamente editado— de un escritor de culto al que hay que leer con urgencia.

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Entrevista a Sergio Chejfec en Poemas del alma


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 foto: Paco Fernández

Tes Nehuén entrevista a Sergio Chejfec en Poemas del Alma con motivo de la publicación de 5:

Sergio Chejfec: «Vivir en el exterior reafirmó una relación de distancia con lo escrito»

P—A propósito de «5», ¿de dónde surge el título?
R—El título viene de «Cinco», una novela corta que escribí en 1995, en una residencia para escritores. Durante un tiempo quise dar otra forma a ese relato, un tanto fragmentario y dislocado. Pero al final lo tomé como excusa para escribir una historia sobre esa residencia en la que escribí «Cinco». Me pareció justo conservar el espíritu de la reescritura, aunque fuera en el título. Por eso 5, que es y no lo mismo a cinco. Este «5» incluye «Cinco» y una «Nota», y viene a ser explicación caprichosa de aquella experiencia como residente.

P—Según la Numerología el 5 está relacionado con la adivinación y esas fuerzas misteriosas que se activan en los viajes. Me gustaría saber si es una pura coincidencia.

R—Coincidencia. El título «Cinco» fue homenaje a Antonio Di Benedetto, y alusión, también agradecida, a un extraño relato suyo titulado «El pentágono». No fue el único título de ese texto, en una época Di Benedetto solía cambiarlos, no sé con qué criterio. Quizá no sea necesario tener un criterio, porque cambiar un título es la operación más económica que un autor puede realizar para modificar un texto. En cualquier caso, como título «El pentágono» me intrigó por la arquitectura que prometía, un campo de fuerzas orgánico, un sistema de cinco elementos. Es un relato geométrico, o por lo menos parece derivarlo del título gracias a esa forma de enunciar tan escueta y afilada de Di Benedetto. Por estos motivos fue una narración inspiradora, y por eso precisé brindarle homenaje y en cierto modo hacerla mía como «Cinco».

P—Me interesan mucho las formas en las que la escritura se transforma cuando es atravesada por la experiencia migratoria. ¿Cómo ha repercutido en ti la extranjería?

R—Prefiero llamarlo cambio de lugar. Durante un tiempo pensé que, en realidad, había salido de mi país antes de haberme ido. Sigo pensando así. Pero también que con cada libro se renueva esa condición de “no estar”. Igual a una llama que arranca con fuerza y luego se va debilitando, hasta que otro libro le da nueva vida. La pregunta por los efectos sobre uno mismo de no residir en el propio país es de las más abstractas. Supongo que vivir en el exterior reafirmó una relación de distancia con lo escrito, que ya estaba desde antes.

P—¿Una extrañeza heredada?

R—Tendría motivos para hablar de una extrañeza heredada, pero creo que se trata más de una extrañeza adquirida. Claro, no deliberada. Una organización de las cosas.

P—Afirmas que la geografía es la verdadera motivación de la literatura, ¿qué quieres decir?

R—Quiero decir que la geografía, y la organización espacial en general, se levantan como desafío constante para lo literario. No me refiero al desafío de la representación, o no solamente a ello, sino a una negociación que amenaza con abolir a alguno de los contrarios. La geografía es lo que más resiste a quedar fijado por la narración o la poesía; la geografía sigue en pie, aunque cambie, es algo que debe asumir el relato, como si se tratara de una fuerza superior, una fuente de sabiduría. Creo que en esa imposibilidad permanente de lo literario está el motivo de su constante reproducción.

P—¿Es difícil escribir desde un lugar geográfico en el que no se han construido recuerdos?

R—No es más ni menos difícil. Al comienzo es diferente. El narrador establece una iconografía privada. Es igual de divertido porque se pone en escena una negociación.

P—¿No supone una mayor dificultad esta dicotomía en la identidad en cuanto a la toma de decisiones relacionadas con el punto de vista de la escritura; me refiero, por ejemplo, al punto de vista de la tradición a la que adherirse, tanto literaria como cultural?

R—No encuentro la dicotomía. La imaginación o la tradición te acompañan, con independencia del lugar. Uno advierte que no escribe para la comunidad inmediata en la que vive. Pero eso me ha ocurrido siempre, porque dejé de residir en Argentina a la semana que salió mi primer libro. Sin embargo mi inscripción es con la literatura argentina. Lo bueno de la literatura es que admite varias localizaciones simultáneas y no excluyentes.

P—¿Por qué te interesa moverte en ese territorio de orillas difusas entre géneros literarios?

R—En cierto modo en eso consiste la narración. Primero me oponía a la secuencia lineal de las historias, luego vi que ese tipo de historias, a veces, me llenaban de placer y me conmovían. Y sigue ocurriendo. Ahora pienso que una obra debe ser porosa a lo que no es; debe ser insegura respecto de la forma, porque esa inseguridad es un modo de hacer relativo el supuesto significado para, de ese modo, inducir más a preguntas que a respuestas.

P—Una calle inclinada en un barrio invisible. Esta imagen atraviesa la vida de María y la del niño, y sus destinos también. Lo veo mucho en tu obra: imágenes que sirven de disparadoras para explicar o plantear inquietudes casi sociológicas. ¿Cómo funciona en ti la asociación de ideas-imágenes en el proceso de escritura?

R—Esas ideas-imágenes tienen el valor de escenas, en su sentido teatral. O como si fueran vitrinas, atrios o espacios físicos en donde se producen las acciones y se dan las relaciones entre los objetos. Frente a una instalación no se supone una lectura lineal; cada quien arma el propio recorrido y contemplación. La mirada organiza lo visto en términos de secuencias simultáneas, porque todo convive en paralelo. Es lo que trato de explorar en mis libros; que el lector crea haber asistido a una constelación simultánea, con elementos que organizados en términos cronológicos, pero cuya presencia se prolonga a través de otros objetos o de una memoria interna que los relaciona.

P—¿No te preocupa que para alguien pueda perder rigurosidad un ensayo que se plantea como ficción o con cierta teatralidad?

R—Creo que no me preocupa. Tampoco me preocuparía lo contrario, por ejemplo que para alguien el ensayo de ficción sea lo más riguroso que puedo encontrar. En verdad no me hago cargo de lo que una persona encuentre, porque creo la lectura construye el relato y se interroga por sus significados de un modo abierto, no necesariamente al pie de la escritura.

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 foto: Paco Fernández

Sergio Chejfec: «Llega un momento en que la extranjería no depende del lugar»

Publicado por Tes Nehuén 20 de mayo de 2019

P—La adivinación como un desvío literario de la vida, dices. ¿A qué te refieres?

R—La adivinación como ficción posible. Al igual que otros, el relato adivinatorio precisa de elementos narrativos. Uno de los más ejemplares finales en la literatura es el de «La hora de la estrella», de Clarice Lispector. Allí una adivinación errada anticipa el desenlace (o acaso, el desenlace es errado en la medida en que no obedece la adivinación). No sabemos a qué habría conducido la vida sin ese error adivinatorio, como tampoco sabemos qué habría pasado si no hubiese estado errado. Pero el futuro dentro de la novela se impone como cancelación de la ficción. Como toda ficción, lo adivinatorio busca encauzar la vida.

P—Quiero preguntarte por esa forma estética en la que abordas la violencia; ¿hay límites que no se pueden atravesar a la hora de escribir sobre este tema?

R—La representación en sí no tiene límite. Lo problemático puede pasar por la actitud moral de la narración. La actitud moral no trata de una ética declarada, sino de una economía discursiva. Pero, como tal, es flexible y por lo tanto va cambiando según la sensibilidad.

P“Era asombroso ver cómo los barcos se construían con cosas de todos los días”, dices. ¿Explica eso que te aferres a un lenguaje que sin ser coloquial se hace de palabras conocidas?

R—Me sale intentar un tono de conversación, o más bien de una coloquialidad desplazada, versionada. Por un lado están las palabras, que deben ser “conocidas” pero no por eso difusas, al contrario; y por otro están las frases, que según mi idea deben reflejar los intentos de alguien que quiere darse a entender, aun cuando no conozca a veces el significado de lo que describe.

P—Esto también podría devolvernos a Linspector. Siempre me ha fascinado su capacidad para economizar el lenguaje sin perder la esteticidad y el buen gusto. Creo que en eso tu literatura comparte cualidades con la suya.

R—Para mí en Lispector hay una zona irreductible, al borde de la incomprensión. Es de una imaginación única, es una escritura entregada a representar otras formas de corporalidad y otras formas de vida. A veces parece que Lispector está más urgida por terminar la frase que por continuar o revelar aquello que busca. Es elíptica a veces; otras veces prefiere dejar la cosa en manos de su ritmo único –entonces es, a su modo, sincopada–. No estoy seguro de que sea muy cerebral. También se situó en las antípodas del buen gusto, tanto que no vio la necesidad de denostarlo.

P—Sergio, dices que la verdad en la literatura argentina ha abandonado el interior de los personajes. ¿En qué autores o autoras te apoyas y qué hechos históricos pudieron imponer ese giro en la narrativa nacional?

R—La frase es del prólogo a «Cinco», de 1995. No sé si ahora lo plantearía de ese modo. En esa ocasión pensaba en un momento de la literatura argentina, la década de 1950. Es una década marcada por su diversidad un poco asordinada, las cosas estaban a punto de rebasar, como ocurrió en los sesenta. Ahí en los cincuenta la interioridad de los personajes literarios es plataforma o metáfora de disyuntivas políticas, psicológicas y existenciales. Tengo la impresión de que esa aptitud de los personajes para convertirse en símiles de lo que ocurría en lo social, luego se perdió. Pero en ese momento permitió obras absolutamente excepcionales, que hacen de la textura psicológica el contraplano de un paisaje colectivo que se percibe como ajeno e incomprensible. Entonces, esa interioridad de los personajes, tortuosa en varios aspectos, precisaba de esas claves para ponerse de manifiesto como tal, lo que derivaba en densidad psicológica, que a su vez se acercaba a la impostación. Ese momento de libertad para construir personajes impostados, podía ser visto con nostalgia en los años noventa.

P—¿Y en que autores pensabas con nostalgia cuando escribiste eso?

R—No sentía nostalgia de ningún autor. Era una nostalgia prestada, dirigida a un momento de la literatura.

P—Nos interesa saber —queremos saber a toda costa— si lo que leemos es cierto, si ocurrió realmente. ¿Vivimos en una época rara en la que la ficción propiamente dicha ya no interesa?

R—Creo que la pregunta por la veracidad de lo que leemos obedece a que la noción de representación de lo real es insuficiente. Cualquier ficción debería presentarse como incompleta, e inepta, para cumplir con la pretendida función que tiene. Sería la única condición tuviera un alto grado de coherencia con la realidad. La ineptitud puede referirse a muchos aspectos; quiero decir, la ficción debe ser fallida, estrábica, aproximativa, como una forma mantener una identidad dentro de la literatura. Idealmente, cada ficción debería postular un momento de autonegación creando sus propios documentos interiores, que la amenacen como ficción. Estoy de acuerdo con que la ficción no es verdadera ni falsa; también con que es verdadera y falsa a la vez. Como esa contradicción parece irresoluble, entiendo que cada ficción crea su propio sistema de verdad y falsedad.

P—Te pregunté por la extranjería, dices que prefieres denominarla cambio de lugar. ¿Por qué?

R—Porque llega un momento en que la extranjería no depende del lugar, es algo que te acompaña en todos los lugares que estés. Por lo tanto es una palabra, para mí, con sus connotaciones particulares. Es menos trascendental o recóndita que cotidiana, práctica.

P—¿Cómo es actualmente tu experiencia de extranjería o cambio de lugar?

R—La experiencia está un poco encapsulada. Me refiero a la experiencia en general. El extranjero tiene varios tipos de barreras. No me han tocado las peores, tengo suerte. Creo que la extranjería, que como fenómeno habla de la espacialidad y cada vez más remite a una política específica e inapelable sobre los cuerpos de las personas, en términos de temporalidad se multiplica. El extranjero vive distintos tiempos en uno, porque el cambio de geografía lo lleva a considerar el pasado como un relato medio autónomo, no cancelado. Digamos, el extranjero adquiere autoconciencia de su pasado, similar a la autoconciencia tramada por algunos novelistas en sus narraciones.

ENLACE a la primera parte de la entrevista
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5 de Sergio Chejfec en La Opinión de Málaga



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Ricardo Menéndez Salmón dedica un excelente artículo a 5, de Sergio Chejfec, en La Opinión de Málaga:

5 (Cinco y Nota)

Sergio Chejfec vuelve sobre Cinco para reflexionar sobre la escritura lo que permite disfrutar de uno de los autores ineludibles
en español

A mediados de los años 90, Sergio Chejfec vivió como residente en la Maison des Écrivains Étrangers et Traducteurs de Saint-Nazaire, ciudad desde cuya base submarina los U-Boote alemanes martirizaron el Atlántico durante la Segunda Guerra Mundial. Chejfec concibió allí un texto titulado Cinco, ficción por momentos confusa, a menudo hermética, siempre atractiva, en torno a un hombre inadvertido, una panadera sin clientes, un padre asesinado, una bruja protectora de la infancia y un niño que en las costas de Venezuela oficia de ángel de la guarda para marineros borrachos.

5-coverimageDos décadas más tarde, Chejfec sintió el impulso de regresar a ese texto para contar la parte invisible de su concepción, esa que no necesariamente redunda en la escritura pero que a menudo la ilumina de forma oblicua. Valiéndose de una fórmula de Hans Reichenbach, podría decirse que este segundo texto, prosaicamente titulado Nota, sirve al autor para aludir al contexto de descubrimiento, al ámbito de dinamismo e inspiración en que fue redactado el fragmento primitivo. El resultado del original Cinco más la Nota complementaria arroja así como resultado un libro titulado 5.

Lo primero que llama la atención en 5 es que la Nota dobla el tamaño del relato seminal. Sucede lo mismo que con Napoleón en sus comentarios a Maquiavelo, donde las consideraciones del emperador son más amplias que el texto de El Príncipe. Y ello es congruente, pues lo que Chejfec desarrolla en este añadido no es sólo una vívida plasmación de la experiencia de un foráneo, sino una conjetural concepción de la escritura. La lectura sociológica acaba por dar paso a una problemática consideración en torno al oficio de escribir.

Porque 5 supone un cuestionamiento de una pregunta acaso sin respuesta. ¿Qué es un escritor? O mejor: ¿qué distingue al escritor de quien no lo es? O mejor aún: ¿dónde buscar el matiz decisivo que permite adjudicar a una sensibilidad determinada la categoría de escritor? Chejfec desbarata cualquier pretensión idealista al respecto. La condición de escritor es «un artículo de inconstancia». La verdad de la escritura está sometida, como tantas otras vicisitudes, «a un régimen de imprevisibilidad». Chejfec no siente que la escritura sea un don, una potencia caprichosa, un privilegio. Pues no existe «ninguna autoridad real o imaginaria sobre la que se apoye». En este caminar no tanto a ciegas como sin mapas, el escritor, o quien aspira a serlo, queda librado al poder de las representaciones, a la capacidad de su inteligencia para extraer del misterio del mundo la promesa de un sentido. También a la salvaguarda de otras miradas que le han precedido, tan diversas y en apariencia inconmensurables en el caso presente como pueden ser las de Simenon o Gracq.

Tan inclasificable como su autor, una de las figuras más sugestivas de la antiliteratura y, por extensión, de cualquier canon alternativo que se precie, 5 propone un rotundo brindis para disfrutar de uno de los autores realmente ineludibles que hoy escriben (y piensan) en español.

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5 de Sergio Chejfec en El Cultural de El Mundo

Josep Maria Nadal Suau dedica un excelente artículo a 5, de Sergio Chejfec, en El Cultural de El Mundo:

5, Sergio Chejfec

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Nada en la literatura de Sergio Chejfec (Buenos Aires, 1956) parece definitivo, o tal vez sea mejor decir que todo es definitivo sólo por un instante, como las apariciones espectrales o los relieves de la orografía. Sin ir más lejos, el título de su último libro publicado en España, 5, fue distinto en otro tiempo: cuando apareció por primera vez, en 1995, lo hizo con el marbete Cinco, que definitivamente no es lo mismo aunque lo parezca.

Ese libro original era una narración, inasible como todas las del argentino, que ahora reaparece como ‘Cinco’, primera parte del volumen que tenemos entre manos; la segunda parte es una larga ‘Nota’ que regresa a las condiciones en las que fue escrito el texto precedente, durante una estancia en la residencia para escritores de una ciudad “abstracta”, industrial pero de ritmo provinciano, atravesada por el viento y definida por los astilleros de su estuarios (nadie escribe los espacios urbanos en lengua castellana como Chejfec, nadie como él logra recuperar el paseo de las garras del cliché para devolverlo a la literatura). El resultado es un conjunto desconcertante en el que territorio, memoria y sueño convergen en una forma de realismo indeter5-coverimageminado. 5 nos lleva de la mano por calles que parecen tomar forma a medida que son recorridas, nos presenta a personajes cuya “coreografía” queda descrita con precisión cinematográfica, y reincide en la idea de escritura que caracteriza cada nuevo libro del autor: una forma de topografía, la conversión del texto en mapa. Pero eso sí, teniendo en cuenta que ese mapa aspira a “refutar” el territorio, y que en las escasas ciento ochenta páginas de 5 aparece en dos significativas ocasiones el adjetivo “insondable”. Como dije, tampoco los mapas son definitivos en la narrativa de Chejfec.

Si todo esto les sugiere una literatura exigente, es una impresión exacta. La anécdota en estas páginas, aunque existe, no permite hilvanar una sinopsis tradicional: digamos que 5 es la historia de una voz que devanea por una población desconocida, por algunos recuerdos propios o inventados (por ejemplo, se menciona la muerte del padre en una reyerta muy novelística), y hasta por la superficie de los textos que escribió en el pasado. Chejfec dice muchas cosas sobre muchas cosas, y el diseño excepcional que Jekyll & Jill pone a su servicio le ayuda a decirlas (sólo un detalle maravilloso: la diferente calidad del papel en el que están impresos ‘Cinco’ y ‘Nota’), pero es inevitable concluir que cada apunte, pasaje o inflexión de la trama apuntalan una reflexión constante sobre la escritura.

Sin embargo, esa escritura no sucede en el vacío, sino que está enmarcada por un conjunto de circunstancias externas que conforman lo que podríamos llamar el “estatus” del escritor. Ese marco es también escrutado en este libro, puesto que el programa de residencia que organiza la ciudad convierte al autor en una figura socialmente reconocible, productiva: es una fuente de prestigio y capital simbólico para la localidad.

A cambio de su estancia, además, tiene que someterse a una serie de rigores: escribir una obra que aluda al lugar, recibir un trato protocolario preestablecido o, en los casos más exitosos, quedarse a vivir allí tras mimetizarse con el entorno. El peligro de la jerarquía o la institucionalización acechando a la naturaleza abierta de la literatura. Pero Chejfec no dice esto, sólo lo narra, recordándonos que el acto narrativo va mucho más allá de una estructura señalizada de acciones y personajes dirigiéndose a una conclusión. 5 es electricidad sin prisas.

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Entrevista a Andrea Valdés en ABC



 

Inés Martín Rodrigo entrevista a Andrea Valdés con motivo de la publicación de Distraídos venceremos, usos y derivas en la escritura autobiográfica en el suplemento cultural de ABC:

Andrea Valdés: «La novela española actual me aburre»

Acaba de publicar su primer ensayo, Distraídos venceremos, en el que reflexiona sobre la escritura autobiográfica

¿Cuáles son tus intereses como escritora?

Suelo navegar entre varias aguas. Me gusta mucho la investigación y colaborar con otros agentes, que en estos últimos años han sido comisarios/as y artistas. En privado, sigo peleándome por dar con un lenguaje propio, que igual me viene de abrir una nuez con el culo de extintor. ¡Todo muy práctico!

¿Y como lectora?

Soy más de oído que de argumento, aunque también me gusta no darme por hecho y de pronto verme leyendo «Fortunata y Jacinta». Uno de los libros que he disfrutado últimamente es «Escrito en el cuerpo», de Jeanette Winterson. Tiene una locura tan bonita… sobre todo hacia el final, pero el ensayo me tira cada vez más y me encantaría leer sobre campos que desconozco, aunque los entienda a medias.

Depende de si es remunerado o no pero en lo que respecta a la vertiente más literaria no me fijo tanto en el tema, si no desde dónde escribo y me gusta pensar que es siempre desde un conflicto, por seguir el consejo de Rosa Chacel, que llevado al extremo me obliga a ponerme en riesgo y eso es lo que más interesa. Me protege de que acabe siendo únicamente un acto de vanidad. Hay tantos… ¡y a diario!

¿Dónde has publicado hasta el momento?

He publicado bastante en prensa. Últimamente en el suplemento Babelia de El País. También en la revista El Estado Mental, donde tenía una sección que me hizo muy feliz («¡Cavernícolas!»). Y en varios catálogos de Arte, siempre hablando de gente que me importa y respeto.

¿Con cuál de tus «criaturas» te quedas?

Tengo muy pocas porque borro y descarto mucho pero quiero creer que no será en vano. Así que me quedo con todo lo que tiré, aunque suene un poco raro… Y con mi ensayo sobre usos y derivas autobiográficas, que es el motivo de esta entrevista y donde ya empiezo a saber quién soy.

Supiste que te dedicarías a esto desde el momento en que…

Lo verbalicé por teléfono, a los 23 años. Llamé mi padre llorando desde París, donde estaba haciendo unas prácticas en el diario Le Monde Diplomatique. Estando ahí descubrí que yo no me veía siendo periodista, que en realidad quería escribir, que en mi cabeza era como morir alcohólica y rodeada de gatos. Las estupideces de una no tienen límite… Él no sé si se acuerda, pero seguro que se reía. De momento tengo una oca de plástico. Gatos ni uno. A ver.

¿Cómo te mueves en redes sociales? ¿Qué perfiles tienes?

En Twitter y sin entusiasmo. Me abrí un Tinder y me tiene fascinada, pero de ahí a cumplir su objetivo… Intenté ser de Instagram pero me aburrí por el camino y me fui de Facebook que es un chiringuito terrible. ¡Váyanse todos! Acabemos con esto.

¿Cuentas con un blog personal?

Contaba con uno que se llamaba Mcfly, ¿hay alguien en casa? Ahora vegeta, pero en su día me sirvió bastante, por eso no me atrevo a cerrarlo.

¿Qué otras actividades relacionadas con la literatura practicas?

Fui librera más de diez años a tiempo parcial y sigo comprando libros, que es lo más importante. ¡Compren libros! Escribo a veces sobre lo que publican otros y espero montar pronto un grupo de lectura con el que cruzar disciplinas (arte y cine) y seguir trabajando lo que planteé en mi primer ensayo.

¿Formas parte de algún colectivo/asociación/club?

No recuerdo… pero voy a todos los conciertos del grupo Low y soy muy leal a mis amigos. Con ellos hablo mucho de política. Nos preocupa.

¿En qué estás trabajando ahora?

Ahora estoy con un glosario sobre arte contemporáneo para una publicación que celebra el aniversario de Hangar y presentándome a todas las becas posibles. Quiero ir a Roma ¡como todos! Y escribiendo algo que aún no sé qué es y si llegará a cuajar… Ojalá. También tratando de convencer al mundo de que lea mi ensayo aunque no conozcan a la mitad de los autores, porque quiero que a Víctor de Jekyll & Jill le vaya muy bien. Se lo merece. Su editorial es uno de esos milagros que hay que cuidar. Además tiene una voz muy bonita y me explica de dónde viene la sangría y la composición de ciertas tintas. ¿No es una locura?

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¿Cuáles son tus referentes?

Mis padres. Virginia Woolf y Marguerite Yourcenar: que son mis cimientos y me moriré con ellos. Lina Bo Bardi desde que volví de Brasil. David Bowie y los berberechos. También algunas clavículas…Cualquier conversación con mis hermanos. Las borracheras de Aki Kaurismaki. Los cuadros de Caravaggio. Los bichos de Lygia Clark y los pulpos de Jean Painlevé. ¡Toma zoológico! Jack Lemon con peluca y Katherine Hepburn con un trozo de tacón en la mano. Jacinto Esteva en albornoz hablándole a un espárrago. Gaudí mojando una hoja de lechuga en un vaso leche. También las braguitas de Ripley, a muerte. El Partenón una y mil veces. O lo que queda de él. Y Lucrecia Martel, sin lugar a dudas. (Y qué pena que sean todos blancos… ¡Arréstenme!)

¿Y a qué otros colegas de generación (o no) destacarías?

Cristina Morales y la poeta María Salgado me interesan. Y los libros de mi amigo y escultor David Bestué, que regalo siempre que puedo. Por lo demás, lo admito: tengo un problema con la novela española actual. Me aburre. ¿Alguna sugerencia?

¿Qué es lo que aportas de nuevo a un ámbito tan saturado como el literario?

Lo que más he oído es frescura. También insolencia, pero no diría que es nuevo. No distingo entre géneros ni formatos y quiero seguir rompiendo eso, aun a riesgo de resbalar un rato porque no me veo escribiendo una novela en sentido estricto pero tampoco un cuento con un cierre perfecto. Sea lo que sea, asumo que tendrá que encontrar a sus lectores pero habrá humor y algún que otro portazo. Hay que darlos de vez en cuando.

¿Qué es lo más raro que has tenido que hacer como escritora para sobrevivir?

¿Lo más raro? Creérmelo, salir de ese armario… Sin duda. Es esencial porque es una carrera de fondo y todo está pensando para entorpecerla: desde internet, que tanto despista con sus memeces, a los sueldos de risa que nos obliga a encadenar encarguitos para comprar ropa inflamable en Zara y vuelta a empezar… Nos veo de hámster en la rueda. Aunque yo, por suerte, tengo a varia gente que me apoya. ¡No sé qué haría sin ellos! Espero no defraudarles. Me pusieron el listón alto.

 

Distraídos venceremos de Andrea Valdes en Escrito en el viento



José Angel Barrueco dedica una excelente reseña a Distraídos venceremos, de Andrea Valdés, en su blog Escrito en el viento:

Con el subtítulo de «Usos y derivas en la escritura autobiográfica», este segundo título de la Colección Fontanela de Jekyll & Jill Editores ha supuesto todo un descubrimiento. Primero, porque analiza y comenta libros poco conocidos (salvo un par de excepciones). Segundo, porque esos libros se salen de los márgenes y escapan a las etiquetas. Y tercero, porque la prodistraidos-venceremossa de Andrea Valdés logra lo más difícil en esta clase de ensayos: ser a la vez rigurosa y amena, entretenida y profunda.

Decía antes que se trata de autores poco conocidos en España, al menos para mí, que sólo me sonaban los nombres de Rosa Chacel, Mario Levrero y Jorge Baron Biza. Y no nos resultan familiares porque Andrea Valdés se ha centrado en la literatura de Sudamérica, y ha buscado nuevas voces, títulos no tan sonados. Ella explica en la introducción: He sido librera durante más de diez años y me consta que hay obras que no llegan a nuestros estantes. Parece como si el mercado nos escondiera a veces ciertos títulos porque no venden (o porque sus gestores creen que no venderán lo suficiente), o quizá, como apunta Valdés, porque reúnen todo lo que espanta al mercado.

Andrea Valdés compone, así, un sorprendente catálogo de rarezas, de anomalías, como felices monstruos literarios que los degustadores de marginalidades nos apresuraremos a buscar en las librerías. Pero no será tarea fácil: algunas de las obras brasileñas no se han traducido en España, otras están descatalogadas o ya son difíciles de encontrar porque se publicaron en editoriales pequeñas o con poca distribución. Es el caso del autor que más me ha interesado (con permiso de Baron Biza, del que tengo su libro El desierto y su semilla… aún pendiente de lectura): me refiero a Osvaldo Baigorria, que escribió una especie de semblanza, con tintes autobiográficos, sobre un escritor en Sobre Sánchez, que aquí publicó Varasek y que sólo encontré en una librería de Madrid tras varias pesquisas.

A los citados nombres hay que añadir los de Maura Lopes Cançado, Carlos Sussekind, Audre Lorde, Severo Sarduy, Gloria Anzaldúa, Héctor Viel Temperley, Gelen Jeleton, Lucio V. Mansilla, Aurora Levins, Héctor Libertella, Conceição Evaristo, Carlos Correas, Paulo Leminski o la más célebre y también esquiva María Moreno (publicada por Mondadori). Creo que, de los citados en las biografías del final, no se me olvida ninguno. Con ellos, y con algunas de sus obras, traza Andrea Valdés un curioso mapa de lo biográfico y testimonial que atraviesa las poéticas del encierro, el injerto y la creencia, que pasa por el artificio de quien se retrata, y que desemboca en esos terrenos literarios en que se han marginado ciertas voces, o estuvieron en desventaja (mujeres de otras razas, o que crecieron en entornos periféricos: islas, favelas, fronteras…). Sugiere la autora que podríamos leer este mapa de escrituras autobiográficas como una especie de «vidas imaginarias» (como el libro de Marcel Schwob). Y yo aún diría más: su libro también es, en el fondo, una autobiografía anómala si nos ceñimos a uno de los textos que cita en la tercera parte: «La bibliografía como autorretrato». Porque una persona es, también, lo que lee.

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Magistral de Martín Giráldez en Polillas al anochecer



Ubaldo Suárez reseña Magistral  de Rubén Martín Giraldez, en el blog literario Polillas al anochecer.

Bien tediosa imagino que debe resultar la tarea que muchos han emprendido o piensan emprender: la novela, entendida como mera narración, como simple contar. Pasa una cosa, después otras y luego las de más allá… Y hay personajes, que hay que escribirlos como si fueran de carne y hueso. Y un ritmo trepidante, y unos diálogos reales y un final, sorprendente, cuando no sorpresivo; mejor si es una novela de denuncia (mientras vivo de puta madre). Yo pregunto: ¿Para qué? En ciertos momentos de exasperación literaria, y vital, solo es capaz de consolarme la reflexión acerca de los límites del lenguaje. En este caso, una novela, un relato, pueden poner a prueba, en la práctica, cuáles son; si se puede estirar el lenguaje, o aplastarlo, o quebrarlo hasta romperle el espinazo, hasta que pierda esa condición elástica propia y yazca, deformado, a nuestros pies (figuradamente hablando). Pero no hablemos de Joyce, hoy.

A esto, uno no puede sino preguntarse (sí, otra vez) si esos límites lo constituyen, en exclusiva, la legibilidad, la comprensión del lector. Si un texto es incomprensible, ¿es texto? No hay lenguaje privado, como decía Wittgenstein: el lenguaje implica comunidad lingüística. Un texto meramente fónico (poemas los hay, precisamente se denominan poemas fónicos, fonéticos o fonetistas, véase Dadaísmo; también he leído que se llama letrismo) sería una sucesión de grafemas correspondientes a ciertos fonemas. Incluso aquí no podríamos liberarnos de ciertas normas o usos establecidos.

En cualquier caso, hay grados, y sin necesidad de hacer irreconocible e incomprensible el idioma que empleemos, sí que me parece valioso, especialmente en esta época de saturación de la comunicación política y comercial (cuando no son lo mismo: la poliganda), la experimentación, la neologización, la patada en el culo a las frases hechas, a los tópicos y a los relatos prefabricados, a las storytellings de los siniestros hombres y mujeres de chaqueta y calzado caro, hombro con hombro, boquita a boquita, con los políticos profesionales, promocionando la insania, la locura, la mezquindad y la sangre derramada gorgoteante. En definitiva, aprecio a quien se decide a voltear el lenguaje, volverlo de adentro hacia afuera, travestirlo, burlesquearlo, carnavalearlo un rato más que sea. Total, la vida son dos luciérnagas. Tal es el caso de Rubén Martín Giráldez y su Magistral(2016).

Aquí aporto una reflexión no contrastada: los creadores y propagadores de mentiras suelen ser inteligentes en sus falsas deducciones, hábiles en enmascarar los non sequitur, procaces en las taimadas asociaciones, pero rara vez inventan lenguaje. Normalmente lo laminan, lo podan y lo castran, lo recubren con un excipiente que lo reduce al mínimo. Su único éxito popular en nuestro país, que yo recuerde, reconozcámoslo, es feminazi, una contradicción en términos, quizá equivalente a ecologintaminante o judinazi, pero vale. Los mentirosos quieren que la gente entienda mal el mundo, pero que los entienda bien a ellos. Por tanto, la imaginación es malvenida en el territorio del marketing y de la propaganda salvo la manufacturada por los crueles pastores de los resentidos y confundidos. La inteligibilidad lo es todo cuando se trata de seducir a tribus de humillados y ofendidos aferradas a ritos primigenios comunitarios.

 

Es en este contexto en el que creaciones como Magistral devienen oportunas, como si su protesta contra el adocenamiento lingüístico y literario fuese también la excreción de un malestar social del que, si fuéramos estructuralistas de pro, ni el mismo Martín sería consciente. Es quizá, puestos a emplear la imaginería que me queda, el Zeitgeist de nuestra época: una fulgurante confusión política junto a un no menos creciente vaciamiento y aplanamiento del lenguaje. Políticos, publicistas, periodistas y los escritores vargallosistas, entre otros, han dejado el lenguaje hecho una papilla inmunda, como las que esquivamos en el último momento en la calle un sábado temprano. El valor de la herejía y de la disidencia, la oportunidad de la blasfemia se me hacen evidentes. No solo en el plano literario.

Digamos que Magistral es novela. Tiene en cada parte un orador que le habla al lector, que le exhorta, le impreca y le zahiere a cada rato con la misma intensidad que se flagela a sí mismo. Es un monólogo con aire de subsuelo. Es también soflama y reflexión frenéticas, crítica y lapidación. Es una serpiente retorciéndose en la charca, el metal de un florete que vibra con nota siniestra mientras te cae encima la campana de la iglesia. Es una vibración que te acompaña aunque hayas arrojado el libro para solaz del cachorro al que le están saliendo los dientes o prestado al enemigo más cercano para que comparta tu sufrimiento. Lo difícil hiere, qué se le va a hacer.

Cuando apareció Magistral, los últimos escritores murmuraron algunas intenciones de mejora sin garantía real, pero ya sabemos que las promesas se cubren unas a otras igual que caballos, claro. Los mismos que saludaron mi publicación primera cayeron mientras escribían lo último que iban a escribir: ese saludo. Hay que reconocer que un saludo que lleva consigo su conclusión es de una elegancia que roza lo supremo por la parte de arriba y es digno de superloas; lo he tenido siempre en cuenta cuando después me he visto obligado a escribir para hacer daño y delatar bardólatras. Los pocos escritores posteriores no son mis epígonos sino mis clownesas. Vosotros, escritores incapaces de la idea propia personal, sibaritas del fracaso, a la espera de ser polinizados, receptivos sin saber que toda vuestra actitud motiva la contracepción de cualquier posibilidad de arte. Demasiado abiertos, seguramente tenéis alguna fe en que algo fecunde el excremento que depositáis aquí y allá, protegido a veces por la deyección previa de otro autor -de vuestra deyección no puedo negar que sí sois autores, claro, vaya si lo sois, ¡y de los mejores!, premio al mejor creador-. (Pág. 29)

Este idioma está maldito, este idioma está débil, este idioma está difícil. Este idioma nuestro tiene lo que se merece: nada y gente sin ambición. Manantiales de falta de ambición. Aquí paz y después pereza. ¿Te sigue pareciendo una insensatez mi ocurrencia de tomar al asalto otros idiomas, hacerlos pasar por el nuestro? ¿Y qué hacer con el residuo castellano, aparte de jabón para cadáveres? ¿Quién va a preguntarse por ello?, si lo hemos rebajado de tal modo que se puede mezclar en cualquier brebaje, por insípido que sea, y echarlo en el abrevadero de cualquier animal; si gracias a todos el castellano es como la base de un cóctel. Se puede hacer rápido y sin contratar al mercenario más silencioso, confiad en mí, el castellano literario es la angostura de los idiomas, puede estar ahí sin que nadie lo advierta. Se puede hacer rápido y hasta con cascabeles, si se quiere. Se puede hacer rápido, con cascabeles, mal y hasta sin querer. A lo mejor hay que replantearse el idioma. A juzgar por el uso que hace de él el escritor español, no parece que vaya a importarle demasiado que desmantelemos por unos días la función de la lengua. Total, para llegar al fondo de un tarro que es para lo que la usa, se basta con los dedos. (Pág. 50)

Pero no solo del lenguaje versa esta obra, la cosa no queda ahí: también del papel del escritor en este circo, y del crítico, y del lector, que muchas veces creen estar recogiendo flores perfumadas de arte y de literatura y lo único que están haciendo es restregarse la cara con pañales cagados. Todo muy pertinente aunque nos moleste. O, más bien, por ello.

Puede que en vuestros libros haya espacio y pastitas para todos, pero aquí no. Soy consciente de que un imperio sin filisteos no es un imperio. Sea. No necesitáis ni un solo autor más preocupados de complaceros que de escribir. Escribir no es una labor diplomática. No debería haber lugar para la amabilidad en la novela, quien se pierda que se enfurezca, que para eso estamos rellenos de sangre y o de cacahué. La dificultad no la constituyen ciertas clases de lenguaje, sino el lenguaje en sí. De lo oracular a lo vernáculo. (Pág. 77)

Es por tanto una obra que no recomendaría a casi nadie. Por tanto, la recomiendo al público minoritario que se interesa, aunque sea a ratos (tras una mala siesta, o en un momento inaudito de percepción de la propia soledad, o paseando al gato), por todo lo que he escrito antes. Si quieren una novela de buenos y malos de la que se pueda hacer una película, pasen de largo. Si quieren una novela con un adjetivo detrás, sáltense esta entrada, o el mismo blog. No será por blogs ni por novelas… Tampoco les hará especiales, ni mucho menos mejores. Pero hará pensar a los/las que, de todos modos, ya quieren pensar.

Si yo fuera escritor, podría llegar a obsesionarme con Magistral. Como probablemente tampoco sea crítico literario, la reseña ha quedado así.

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5 de Sergio Chejfec en El Periódico Mediterráneo

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5, de Sergio Chejfec, Libro de la Semana en el suplemento cultural Cuadernos de El Periódico Mediterráneo, por Eric Gras:

Chejfec explora y actualiza su propia memoria narrativa

«La literatura es tiempo», me dijo una vez Sergio Chejfec a raíz de una charla que mantuvimos con motivo de la publicación de su breve y exquisito ensayo ‘Últimas noticias de la escritura’ (Jekyll & Jill). Pocos autores actuales personifican a la perfección esa afirmación como el autor argentino. La literatura de Chejfec requiere su tiempo, para ser leída, valorada, experimentada… Su escritura precisa de una lectura pausada, de a pocos, para poder ver y saber valorar en su totalidad la maestría que reside en ella. Esto es algo que he podido comprobar a lo largo de los últimos años en varias de sus obras, y tras la entrevista que me concedió quedó patente, en mi caso, que su modo de entender la literatura tiene mucho que ver con armar una memoria o con llevar a cabo un ejercicio de actualización de una memoria, idea que vuelvo a encontrarme en ‘5’ (Cinco y nota), obra que aparece nuevamente en el sello zaragozano que dirige Víctor Gomollón.
Este libro, como podrá comprobar el lector que se acerque a él, contiene dos partes, diferenciadas pero que están íntimamente ligadas. Por un lado, y en primera instancia, nos encontramos con ‘Cinco’, compendio de breves relatos —o, mejor dicho, un relato entrecortado, fragmentado— en los que Chejfec nos presenta a un singular personaje que deambula por una ciudad desconocida para él y en la que se va encontrando con otros individuos un tanto extraños, configurando así una atmósfera chocante en la que se suceden acciones variopintas y, por qué no decirlo, irracionales.
Al parecer, este texto fue escrito por Chejfec hace años, y ahora añade otro texto, que titula ‘Notas’ y con el que pretende, en cierto modo, explicar el proceso de escritura de ‘Cinco’. Aquí juega un papel de vital importancia ese «talismán equívoco», como él lo denomina, su ya célebre cuaderno verde —protagonista de Últimas noticias de la escritura— en el que resalta el valor de la escritura manual, así como el poder, la nostalgia o el olvido de la palabra. Y es, precisamente aquí, en ‘Notas’, cuando volvemos a asombrarnos —al menos yo me asombré— de esa facilidad que el argentino tiene para crear una historia a partir del desarrollo mismo de esa misma historia. Dicho de otro modo, volvemos a esa idea de memoria o desmemoria, de reajuste de la memoria, de una interpretación de la memoria.
Chejfec recuerda con su particular estilo armonioso, con su enriquecido y depurado lenguaje, la estancia en una de esas típicas residencias de escritores a principios de la década de los 90. Como el propio autor remarca, siempre quiso reescribir la historia que cobró vida durante ese periodo —‘Cinco’—, pero en lugar de eso, optó por reflexionar sobre aquellos días, dando pie a una nueva narración mucho más compleja, más atractiva a mi parecer por la tensión que se genera en torno al recuerdo —en el prólogo ya nos dice que «no se puede saber si es verdad»—, el pensamiento y la dimensión propia de un libro que, con el tiempo, se ha transformado o mutado en un número conclusivo. Una vez más, Chejfec me cautiva.

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Planeta Eris recomienda ‘5’ de Sergio Chejfec



La mitad luminosa de este planeta, es decir, Eris, fue la que primero se fijó en los trabajos de esta editorial zaragozana que realiza una labor encomiable, con un catálogo reducido que nos hace llegar tanto obras extranjeras que no han sido traducidas al español como obras en nuestra lengua sin discriminar género ni intención.

Así que con este número de rima fácil decidí encontrarme con un escritor que no conocía y con una editorial con mucho valor. Al igual que Eris, con otros volúmenes, quedé gratamente impresionado, tanto como lector como devoto del soporte físico de los libros. Es necesario resaltar dos aspectos: continente y contenido y, al mismo tiempo, dentro del contenido hablar de dos partes, dos obras juntas e inseparables Cinco (la obra inicial) y Nota (la complementaria).5-coverimage

Es una obra y una edición que necesita una pequeña explicación, y de ello se encarga el propio autor en la solapa. Algo tan revelador como: “Este libro resulta de un deseo simple e incumplido”. Según nos cuenta Sergio Chejfec, durante mucho tiempo quiso volver sobre un relato escrito sobre 1995 en unas  circunstancias especiales, pero la intención no cristalizó en un proyecto real. Así que pasado el tiempo decidió completar la obra proponiendo una explicación. Aunque no una aclaración al uso, no recurriendo a la realidad para explicar una ficción, sino empleando las mismas armas del escritor de ficción, creando de esta forma una situación pocas veces presenciada, un equilibrio en la cuerda floja de la literatura.

El autor cambia el título de letra a número y continúa sus pasos por la paradójica cuerda con una explicación que revela algo diferente, quizá más perpendicular que paralela.

Chejfec nos sitúa en una ciudad junto al mar y nos ofrece un escritor como protagonista principal. Así que podemos suponer que el tema principal será la propia literatura. El acercamiento que hace es bastante peculiar, apenas citando autores. Es curioso que, aparte de Borges, sólo se mencione a Simenon y su gran obra El perro canelo (una de mis preferidas del autor) y a Julien Cracq y su deslumbrante El mar de las Sirtes. Lo restante son referencias tangenciales o deducciones a cargo del lector.

Estamos en una ciudad casi abstracta como con reminiscencias borgianas. Nos presenta a un escritor como a una figura social reglada dentro d
e una sociedad con aparente normalidad, pero escrupulosamente estamentada. Un escritor que desarrolla su tarea en un lugar llamado la Residencia, donde habitan el arte y los artistas. El escritor es como un trabajador manual cualquiera, semejante a los trabajadores de los astilleros cercanos. Él contempla esta ciudad con sus características para hacer abstracción de su labor y para entrar en cuestiones filosóficas de conocimiento teórico y práctico utilizando además a sus interlocutores (Patrice y su colega) para teorizar sobre literatura.

Los habitantes parecen estar sometidos a unas rutinas y unas vidas muy limitadas con protocolos muy rígidos. Asimismo hay una preocupación muy consciente de lo que esto implica, si en realidad somos producto de nuestras propias rutinas y acciones. Se hace mención sobre la relación del escritor con el público y el mismo sentido moral de los medios para conseguir esa atracción. Aquí es tan importante, o más, el espacio descrito como los personajes que lo habitan o la propia trama, como si éstos fueran una mera excusa para poder inscribirlos en un lugar determinado. Sergio Chejfec tiene una capacidad descriptiva espacial sobrecogedora.

Hay muchos más elementos que podéis descubrir en este pequeño gran libro, tesoros como las notas que hace el autor en la segunda parte o un esquema de relaciones para situar a los personajes.

Por último hay que hablar del propio soporte que lo diferencia de otras editoriales, una labor de un editor comprometido al que tuvimos la oportunidad de poner imagen y voz en uno de espacios del penúltimo programa de Página2 de RTVE. El libro está encuadernado en cartoné negro mate con sobrecubierta ilustrada, el papel es de alta calidad y el tono es diferente en las dos partes del libro (más oscuro en Nota que en Cinco), además esta editorial utiliza impresión que le confiere una calidad excepcional. Al final leemos los detalles técnicos y comprobamos que aparecen sellados y numerados, uno a uno, los 1.000 ejemplares de esta primera edición. Un tesoro bibliográfico.

Un estilo de contar que va más allá de unir o seleccionar palabras para expresar ideas, un gusto especial por la combinación de conceptos para crear hermosas frases llenas de contenidos. Para ejemplo un botón, como cuando el protagonista declara que “yo venía de experiencias que reducían mi tolerancia a los contrastes”.

La lectura provoca una sensación de extrañeza e incertidumbre, de no estar seguro de lo que estás leyendo (el lector también en la cuerda floja), pero al final alcanzas la recompensa que siempre se obtiene ante un buen libro.

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Biblioteca bizarra de Eduardo Halfon en Zona de obras



Cristina Torres Ripoll recomienda Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon, en Zona de Obras.

Eduardo Halfon sorprende con Biblioteca bizarra, una recopilación de textos que no responden a un género narrativo concreto. En ellos, el escritor guatemalteco aglutina desde lo que podrían ser las memorias de un padre primerizo, hasta un anecdótico ensayo sobre las distintas tipologías de bibliotecas con las que ha ido encontrándose a lo largo de su vida.

Puede que Biblioteca bizarra diste desmesuradamente de lo que el lector espera de Eduardo Halfon, ya que es un libro que, aunque comparte la sensibilidad con la que fue escrito Duelo, uno no sabría bien cómo etiquetarlo. No responde a un género concreto, pero sí lo hace a la identidad de Halfon.

De este modo, Biblioteca bizarra se inicia con un paseo por las distintas bibliotecas que el escritor guatemalteco ha tenido la suerte de visitar. A ellas, las dota de un nuevo sentido y significado, elaborando un exhaustivo listado que recorre las distintas tipologías: extrañas, peculiares y por qué no, obviando el uso español que pueda darse al adjetivo del título de este libro, también bizarras.BB COVERS2aED.indd

Así, entre lo anecdótico y lo memorable desfilan personajes y situaciones tras las que surgen estos nuevos tipos de bibliotecas: las de lomos blancos, las que acompañan a los muertos, las que más tarde se quedan con los vivos, las que se vuelven itinerantes, las que van cambiando de dueño y las mojadas.

Llegados a este punto del libro, no insistan en seguir buscando un sentido bajo el que aglutinar estos textos. Aquí, lo ecléctico es lo único que dota de sentido a este grupo de textos inclasificables y quizás también inagrupables, pero igualmente maravillosos. Como en el que lleva por título Los desechables y en el que Halfon relata con sumo detalle una charla que tuvo que dar en Bogotá para personas que vivían en la calle.

En Halfon, boy hace alusión al nacimiento de su hijo, adquiriendo incluso un tono epistolar. SaintNazaire alude al pasado polaco de Halfon y su abuelo, del que el lector ya ha podido leer en su anterior novela Duelo. Sus raíces se convierten en un tema recurrente a lo largo de su narrativa. Notas a pie de página sirve de antesala a su novela Mañana nunca lo hablamos. Y, por último, nos encontramos con Mejor no andar hablando demasiado, un artículo en el que describe su labor como escritor.

Biblioteca bizarra es un libro para leer despacio, saboreando el estilo con el que Halfon nos ha malacostumbrado y esperando a la siguiente entrega; porque si algo sabemos de Halfon fehacientemente es que al igual que lector empedernido, también cumple a la perfección su labor de escritor implacable.

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5 de Sergio Chejfec en el diario La Provincia de Las Palmas


Elisa Rodríguez Court dedica su columna a 5, de Sergio Chejfec. Hoy en el diario La Provincia de Las Palmas.

Sergio Chejfec es un maestro en imaginar vidas que no se rijan solo por lo manifiesto. No parece entonces extraño que los protagonistas de su obra suelan moverse a tientas en fragmentos inestables de un mundo que se supone indeterminado y aleatorio. Así ocurre también en su último libro, 5, recién publicado en una hermosa edición por Jekill & Jill. Contiene dos textos de ficción literaria diferentes entre sí, aunque ambos guardan relación con las vivencias que le aportó a Sergio Chejfec su estancia como invitado en una residencia de escritores durante ocho semanas.

La residencia está situada en una pequeña ciudad marítima que se presenta abstracta y fantasmal ante sus ojos, tal vez bastante parecida a como el escritor recién llegado a la residencia experimenta la noche. Se asoma por primera vez al balcón y la oscuridad carente de acción, ruidos y colores diurnos le resulta más legible que la claridad del día. Porque no conoce todavía el entorno, la mirada se anticipa a construirlo.

Sergio Chejfec parece referirse en 5 a la naturaleza hipotética y huidiza de un mundo imposible de ser abarcado como unidad, en cuyos escenarios suceden acontecimientos que se vinculan antes a un espacio que a una cadena temporal. De ahí el significativo lugar que ocupa en su libro la descripción del entorno perceptible, a través de la que se narran las experiencias y sus modificaciones. Las circunstancias son, pues, decisivas. Crean realidades y verdades. También por eso, quizá, los protagonistas de 5 dicen y a continuación se desdicen, así como son capaces de mantener dos ideas contrarias a la vez sin que se contradigan, cuestión que Sergio Chejfec logra con maestría. Un motivo que se añade a mi admiración de su obra.

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Juan Francisco Ferré escribe sobre Por qué la literatura experimental amenaza…



Juan Francisco Ferré escribe sobre Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen, y la vida tal y como la conocemos de Ben Marcus, con unos pinitos en pedantería de Rubén Martín Giráldez.

 

por-que-coverokEste libro parte de la convicción de que la literatura vive de la polémica y la provocación. El texto principal es la diatriba de Ben Marcus contra Jonathan Franzen, publicada en la revista Harper´s en 2005, en respuesta a su ataque a William Gaddis como representante del elitismo literario y la dificultad estilística, publicado en el New Yorker en 2002.

Este choque dialéctico entre Marcus y Franzen es uno de los signos equívocos bajo los que la literatura del siglo XXI ha aprendido a desarrollarse. Sabiendo que no ocupa ya la primacía cultural que tuvo hasta muy entrado el siglo XX y que fue perdiendo a medida que la sociedad de consumo, con sus cómplices mediáticos, acaparaba los escaparates más visibles. De este modo, la literatura comenzó a moverse entre el mercado y el arte, entre minorías y mayorías, entre lectores inexistentes y lectores posibles, entre escritores fáciles y escritores difíciles, entre una literatura que siga estando a la altura de su historia de invención y renovación permanentes y una literatura que busca complacer los gustos menos exigentes de los lectores. El filisteo Franzen acierta en el diagnóstico del contexto, aunque se equivoque en el objeto de ataque (el gran Gaddis), mientras el ingenuo Marcus se limita a defender con brillantez la posición de la literatura experimental, la que apuesta por la novedad estética y la dicción compleja.

En una situación social, económica, política y cultural como la del mundo occidental desde hace treinta años, el lugar de la literatura ha ido desplazándose hacia el margen, como señala Franzen, a pesar de los avances educativos evidentes, y transformándose en un discurso progresivamente minoritario, al tiempo que la tabla rasa cultural hacía su trabajo en pro de la ignorancia y la analfabetización de los lectores. Frente a este panorama crítico, caben dos estrategias igualmente legítimas: o replegarse hacia el encierro y la soledad, como de algún modo propone Marcus adoptando a Beckett como santo patrón, a fin de preservar la esencia intransferible de la literatura, con los peligros consecuentes del autismo y la insignificancia; o entrar en diálogo con la promiscuidad y extrañeza del mundo contemporáneo y forzar la literatura a desbordar sus límites comunicativos para afrontar el desafío, como a su manera inimitable defendía David Foster Wallace. La única posición honesta en esta situación es la de sostener la impureza y el eclecticismo como medios para no caer en el puritanismo del arte a toda costa, con el riesgo de la esterilidad, y la claudicación de la comercialidad a ultranza, con la secuela de fomentar la banalidad sociológica y la necedad de los clichés.

Pero el gran acierto de este libro consiste en haber incorporado al debate, como interferencia local, un texto de Rubén Martín Giráldez, uno de nuestros jóvenes escritores más creativos y deslenguados, para darle unas cuantas vueltas de tuerca a los argumentos de Marcus, demostrar la viveza retórica de la lengua literaria actual cuando la maneja un ingenio quevediano, bien formado e informado, dotado de un sentido del humor incomparable, ironía barroca y una retranca a prueba de depresiones neoyorquinas y pesimismo anglosajón. La escritura de Martín Giráldez, aquí y en otras partes, demuestra que la literatura es un discurso singular y cuando habla de sí misma está hablando, en realidad, de la vida del lenguaje, algo esencial para los seres humanos. Del lenguaje y la vida, en suma, y sus complejas relaciones, en mutación perpetua, de esto habla siempre la literatura. Hablar por hablar, la única forma de ser en el mundo que tiene todo el sentido, como sabían los románticos Novalis y Kleist.

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Eduardo Berti recomienda Biblioteca bizarra de Eduardo Halfon



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El escritor Eduardo Berti recomienda Biblioteca bizarra, de Eduardo Halfon.

La memoria narrativa no es fluida. No es continua. Más que como una película, se manifiesta como una serie de imágenes fragmentadas. De cuadros. De recuadros.
Imágenes en el álbum de la memoria: inconexas y opacas y acaso inventadas. El hilo que las une es la literatura. La literatura, hilvanándolas, les da sentido. El oficio de un escritor no difiere del oficio de un sastre. Parches, remiendos, costuras, hilos, retazos que, con oficio, crean la ilusión de un todo.
En la memoria, las sensaciones son más intensas que los hechos, y las ausencias ocupan más espacio que las presencias. Algo que no tuvimos, que perdimos, que se marchó, deja en nosotros un vacío permanente, irreparable. Hacer literatura es el ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, sabiendo todo el tiempo que no se puede.
Narramos desde nuestros lugares infantiles, desde un punto intermedio entre el recuerdo y el olvido.
Dibujar es el arte de la mirada. Hacer literatura es el arte de manipular el recuerdo.
Eduardo Halfon, Biblioteca bizarra (Jekyll & Jill, 2018)

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Discurso de Rafael Soler sobre Lejos de todo de Rafa Cervera


Discurso del escritor Rafael Soler sobre la novela Lejos de todo, de Rafa Cervera

Entrega de los Premios de la Crítica Literaria Valenciana 2018, Casa de la Cultura de Rocafort, Valencia, 29 de septiembre de 2018

Rafael Soler
Rafael Soler

David Bowie, grande entre los grandes, nos dejó en la que sería su obra póstuma Lazarus estas palabras: «Tengo cicatrices que no se ven. / Poseo el drama, nadie puede robármelo. / Todos me conocen ya.» Todo escritor que merezca ese nombre escribe desde sus obsesiones, y siempre desde las cicatrices con que la vida premia a los audaces: el desdén de una mujer a su tacón encaramada, la traición de quién abusó de tu confianza a mitad del viaje, pueden causar daños mayores que la pala de un helicóptero en combate, y de eso va la vida, y de eso va también escribir para contar sus consentidos atropellos. Digámoslo cuanto antes: Rafa Cervera es escritor de una pieza, que nos ofrece en Lejos de todo su personal imaginario, su mirada del mundo y su verdad. El Saler, Valencia hecha barrio y cercanía, un cantante mítico, un amor en sus hilvanes, el lenguaje con mando en plaza tallando las 132 páginas de una historia profunda y leve, si me permiten tan contradictoria afirmación, primorosamente editada por Jekyll & Jill, al cuidado siempre de Víctor Gomollón, que hoy nos acompaña. Enhorabuena, Víctor, por la parte que te toca, y nuestra felicitación también a Roberta Marrero, audaz autora de la portada.

Si escribir es una larga paciencia y un acto de legítima defensa, cuajar una buena historia un accidente afortunado, publicar un albur con castañuelas, y encontrar un lector que sintonice con lo escrito la mejor de las críticas, Rafa ha coronado tan intenso y largo viaje con este merecido Premio de la Crítica Literaria Valenciana, bien acompañado por afines con obras muy notables, como así fue reconocido en la deliberación final por todos los miembros del Jurado.

Sobre la novela y su urdimbLejos de todore afirma Eduard Almiñana:

«El uso de El Saler como escenario para descubrimientos juveniles y revelaciones es un gran acierto de Cervera:  El Saler es extrañeza, silencio, caminos vacíos, rumor cercano de un mar otoñal sin bañistas; un paisaje con un halo sobrenatural al que el protagonista de la novela vuelve y volverá como se nos confiesa, porque en cierta manera él pertenece a todo aquello “lo mismo que esas pobres palmeras solitarias, la hiedra que trepa adueñándose de los pinos o el eterno reflejo del cielo sobre el agua”. Bowie, desde el póster que decora su habitación de adolescente, es una mano tendida para una fuga al espacio exterior más allá de esas dunas y árboles que más que enjaularle, en realidad, le sirven de parapeto. Quizás por eso, en el fondo, la fuga no sea más que otra de esas promesas necesarias para hacer de contrapeso a la inercia, un propósito difuso que uno ni puede ni quiere cumplir».

No se trata aquí y ahora de hacer un spoiler de la novela, pero sí adelantaré que nos lleva al verano de 1977, que juega el amor adolescente y sus ensoñaciones un papel importante, que no todos los sueños se cumplen, y que está escrita por —y aquí acudo a la página 131, cuando ya todo es postrimería— «un narrador sin nombre, escuchando el trazo de mi propia escritura sobre el papel mientras la noche se dispone a borrar todo lo que existe durante el día. Escribo esta historia porque escribir es la única formula para que las piezas encajen y el pasado adquiera sentido».

Rafa Cervera. Foto: ©Fotolateras

Pocas veces en la vida de un escritor, muy pocas, las piezas encajan con tanta rotundidad, con tan inteligente solvencia como en este artefacto en apariencia inofensivo que es Lejos de todo. «Decidí sin dudarlo publicar este libro», confiesa Víctor Gomollón, «por culpa de los destellos de los cristales rotos en el suelo del hotel de Helsinki, por la curiosidad inagotable en la mirada de un Bowie de pelo llameante y por el bañador de lycra negro de Cala Cervera. En ella, y a través del objetivo de un tomavistas, se da toda la nouvelle vague. El siglo XX. La alta y baja cultura. El pop. La experiencia vital de cada uno de nosotros. En Lejos de todo, esta Bildungsroman o novela de aprendizaje, el tiempo pasa más lento. Pertenece a ese estado contemplativo-activo de la adolescencia que algunos, con los años, casi habíamos olvidado. No es casual que El Saler, la Albufera y los paisajes urbanos de la ciudad de Valencia se describan en este libro como un estado de ánimo, dentro de ese extraño accidente orgánico puntuado que es la adolescencia, donde los mitos conforman la identidad del individuo».

Termino, que hay cola. ¿Qué es el arte de perpetrar una buena novela sino una respiración acompasada, en la que todo —vida, experiencia, temblor, obsesiones, dudas perennes— puede ser invocado?    Hay novelas que brindan entre sus páginas el regalo de un párrafo magistral, un capítulo incluso si el viento sopla a favor; otras piden una lectura cuidadosa por su alambicado andamiaje; otras, algunas, entiéndaseme bien,  quinientas páginas, tapa dura y veinticinco eurazos de vellón, ofrecen un contenido inane que deja frío al lector, cuando no titiritando. Y luego están Rafa y este alarde, Rafa y su mundo, Rafa y su honesta manera de escribir Lejos de todo que ha sido, hasta el momento, su mejor manera de estar cerca de nosotros.

Enhorabuena, amigo Rafa, y mucho éxito en próximos empeños.

RAFAEL SOLER

El jardinero de Alejandro Hermosilla en El coloquio de los perros


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Alejandro Hermosilla. Foto: © Javier Alcaraz

 

Diego Sánchez Aguilar reseña El jardinero, de Alejandro Hermosilla en la revista El coloquio de los perros:

ALEJANDRO HERMOSILLA. EL JARDINERO

El jardinero es la tercera novela de Alejandro Hermosilla tras Martillo y Bruja. Con estas tres obras ya se ha creado un hueco en la narrativa española más experimental. Comparte espacio ahí con autores como Rubén Martín Giráldez (Menos joven, Magistral) o Alfonso García-Villalba (Esquizorrealismo, Homoconejo) por citar dos nombres que me gustan especialmente en el rincón más salvaje y menos cuerdo de la narrativa actual española.
Porque, más aún que en sus novelas anteriores, el lector tendrá siempre esta frase en la cabeza mientras lea: “¡¿Pero esto qué es?!” Esta frase podrá enunciarse en forma admirativa, perpleja o despectiva, según los gustos lectores y las expectativas ante el hecho narrativo que tenga cada lector. Yo lo he hecho en las dos primeras formas, porque he disfrutado enormemente este artefacto literario que rebosa maldad y odio por los cuatro hermosos costados con que Jekyll and Jill ha vestido (una vez más) la novela.
Pero vayamos, sin más rodeos, a intentar explicar a los potenciales lectores qué es El jardinero. Si uno mira la contraportada del libro, verá que en ella se explica que la novela nace de una anécdota biográfica del autor, consistente en una disputa que tuvo hace años con el jardinero de su urbanización. Si alguien no conoce la literatura de Hermosilla, estará tentado de sospechar que se encuentra, pues, ante otra muestra de narrativa de autoficción. Jajaja (léase con entonación malvada esta risa, por favor, y sirva como evidente negación de tal supuesto). De hecho, si el lector abre el libro por la última página, se va a encontrar unas pistas mucho más certeras del ecosistema literario al que pertenece Alejandro Hermosilla: avisa ahí de que en la novela se han intercalado frases o “entonaciones” de los siguientes autores: Blanchot, Beckett, Bernhard, Kafka, Lautremont, Sade…
Con estos nombres, podemos darnos cuenta de unas de las características más significativas del libro, y de una de las respuestas que me iba dando a mí mismo ante la pregunta (¡¿Pero esto qué es?!) que me acompañaba continuamente: este es un libro de otro tiempo, que se inserta en el nuestro de una manera extraña y luminosa. Me ocurre lo mismo que cuando leo a Cărtărescu, por decir un nombre que casi todo el mundo puede reconocer. Siento esa misma extrañeza gozosa. Esa intensidad radical por la cual la literatura es todavía algo importante, algo en lo que quien escribe se juega la vida, algo que se lee sin sonrisas irónicas, sin complicidades intelectuales, que se lee lleno de admiración y de odio, o de amor, pero con la certeza de que se está ante un acontecimiento importante. Son libros, en definitiva, que se niegan a ser libros (o, todo lo contrario, que, como el Magistral de Martín Giráldez, pretenden ser el libro que acabe con todos los libros, el último libro), que siguen enzarzados en esa utopía previa a la posmodernidad, por la cual, la literatura tenía que ser llevada al límite, negarse a sí misma, negar lo dado, la tradición retórica y previsible que convertía en falso cualquier intento comunicativo radical.
Desde la óptica posmoderna, esa utopía ya terminó. Y asumir que un libro es una obra de arte, que se está trabajando con un material limitado por su género, recepción, tradición, etc., es algo incorporado a casi toda obra contemporánea. El deseo de superar las barreras vida/literatura persiste, pero ha mutado hoy en el triunfo de la autoficción, que mezcla la autoconsciencia textual posmoderna con el rechazo de lo falso o ficticio de la convención literaria.
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        Perdón por la digresión, pero siempre me sucede cuando tengo que comentar libros que se escapan a una recepción “transparente”, y eso es bueno, al menos desde mi criterio. Volvamos a El jardinero. La novela comienza con un sueño. Y en ese sueño aparece un mundo medieval donde un conde pasea con su noble y venerable madre por los jardines de su feudo hasta que tienen un inquietante encuentro con su jardinero. El autor nos quiere introducir en su ficción narrativa con un sueño, como una forma de avisarnos de lo onírico y alejado de los caminos de la narración realista que vamos a encontrarnos. Porque, a diferencia de otras novelas en que las escenas de sueño son un paréntesis de onirismo, aquí, cuando el personaje despierta y entramos en el mundo “real”, lo que vamos a encontrar va a ser una realidad tan bizarra o más que aquella relatada en el sueño.
           Así, los materiales narrativos con los que se construye esta novela son, por un lado, la historia de este Conde que mantiene un enfrentamiento con su jardinero y, por otro lado, unos fragmentos ensayísticos que se intercalan, interrumpiendo la narración: son fragmentos apócrifos de Artaud, de Teofrasto de Ereso, Kafka, etc, así como de herramientas y técnicas de jardinería. Estos fragmentos construyen una delirante “enciclopedia del jardín” que mezcla erudición con surrealismo de una forma magistral: en ellos se ofrecen teorías y versiones sobre el jardín y los jardineros en un interesante juego intertextual que ayuda, además, a variar y a “descansar” del obsesivo tema y estilo de la narración principal.
Pero volvamos a esta narración principal. El carácter claramente onírico nos obliga a hablar de Kafka, el tono repetitivo y obsesivo nos obliga a hablar de Bernhard: creo que estos dos son los referentes más directos que pueden ayudar a entender el propósito de esta novela. Como en Kafka, estamos todo el tiempo ante una historia extraña, ante una pesadilla que nos ofrece una intención alegórica. Pero, como en el caso del checo, esa alegoría no se deja reducir: no hay un “mensaje” o una “correspondencia” directa y evidente con la que podamos “traducir” los personajes y hechos. Sabemos todo el tiempo que, a pesar de lo extraño de los sucesos y personajes narrados, es del ser humano y de su maldad de lo que se habla. Y es también de la sociedad y de sus problemas, pero nunca podremos “despejar” la ecuación de la alegoría, porque es el lenguaje de la novela, es su (i)lógica interna la que toma las riendas y nos introduce en su vorágine del mal. Porque, todavía no lo he dicho, en primer lugar, hay que explicar que este es un libro sobre el Mal, así con mayúsculas. Es un libro lleno de odio, cargado de elementos desagradables tanto a nivel físico (son importantísimas y abundantes las escenas sexuales muy, muy alejadas del concepto de “amor”, así como todo tipo de elementos escatológicos) como a nivel moral.
En cuanto a Bernhard, su huella está muy presente tanto en cierta actitud de desprecio y misantropía que el Conde ostenta en su continuo monólogo como, sobre todo, en lo obsesivo del tema, en la repetición continua de ciertas acciones, frases y motivos que acaban convirtiéndose en algo asfixiante.
Pero El jardinero nos va a desconcertar aún más (¡¿Pero esto qué es?!) que estos dos referentes, y eso es debido al manejo del tiempo narrativo que hace Hermosilla. Aquí experimentamos el tiempo como pesadilla: la pesadilla de la simultaneidad. Esto no está en Kafka, ni en Bernhard. Las pesadillas de Kafka, a las que hemos asemejado antes este libro, relatan de forma lineal y angustiosa hechos extraños y oníricos, cargados de espesor, pero avanzan: es un tiempo inexorable en el que los hechos se van sucediendo, con una lógica interna e irracional, pero reconocible. En Bernhard el tiempo está estancado y da vueltas, pero también sus reiteraciones funcionan dentro de cierta linealidad. Aquí, en El jardinero, asistimos a una ruptura total del tiempo del relato. Los hechos relatados no siguen ninguna linealidad, los fragmentos que componen la novela no están atados a una línea temporal, sino que se diseminan en una especie de simultaneidad, como si estuviéramos mirando El Jardín de las Delicias de El Bosco deteniéndonos en sus aberrantes figuras, saltando de una a otra, repitiendo la contemplación, abrumados.
          La fragmentaria narración se sostiene por la obsesiva voz en primera persona del Conde que, principalmente, habla del jardinero, de su odio por el jardinero, de cómo el jardinero está destruyendo su condado y su vida. El personaje del jardinero es un objeto. No es un sujeto, en ningún momento se le concede la voz. Es el objeto que va siendo creado párrafo tras párrafo por la voz del señor del castillo. Es el objeto/ausencia sobre el que se crea todo un relato de horror, que absorbe, como un agujero negro, todo un catálogo de vicios, defectos y miserias del ser humano. Pero el sujeto, el conde, el señor, el que habla, al crearlo, al escupir sobre él todo su odio, es también el jardinero y toda su inmundicia. La intenta expulsar o expiar en esas retahílas interminables, en esas infinitas variaciones del horror pero, más que conseguir sacarlas de sí, lo que hace es objetivarlas, crear un rival al que tiene que matar para matar todo eso de sí mismo. Para negar que la posibilidad de que el jardinero y él mismo puedan ser la misma persona.
Hay muchos más temas interesantísimos que podríamos seguir intentando interpretar, comentar, porque la novela se presta a ello. La idea del paraíso perdido, del Jardín del Edén y el Jardín de las Delicias; la idea de la decadencia, así como su relación con un pasado de esplendor muy sospechoso; la cuestión edípica y la sexual; el odio a uno mismo, y la esquizofrenia social entre la auto imagen y la realidad de los hechos… Pero el espacio aquí es limitado y esa tarea quedará para el ámbito académico que esta obra merece.
En cualquier caso, para terminar, solo me queda recomendar esta fiesta del lenguaje y de la imaginación que se recrea de forma obsesiva y compulsiva en el odio, en la tortura, en lo más inmundo de la palabra y del ser humano, como una espiral en la que cada círculo es más desagradable y violento que el anterior.
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Ana Segura entrevista a Rubén Martín Giráldez en el programa La torre de Babel



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Ana Segura entrevista a Rubén Martín Giráldez en el programa La torre de Babel, Aragón Radio, con motivo de la publicación del libro Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, de Ben Marcus, con unos pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez, a partir del minuto 16:45.

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