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David Bowie se pasea por Valencia

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José Bosch reseña Lejos de todo, de Rafa Cervera, en su blog Literatura rockera.

«Ficcionar con personajes reales es una jugada arriesgada. Se puede caer en el cliché con mucha facilidad, cuando no directamente en la parodia. Cualquier novela histórica nos presentará a un Nerón déspota, a una Cleopatra tan atractiva como manipuladora o a un Napoleón inasequible al desaliento aunque vea perder la batalla. Su lejanía en el tiempo les ha reducido a una etiqueta a la que se recurre una y otra vez, aunque se intente ampliar esa visión para humanizarlos e introducirlos en un relato, pero, ¿qué pasa cuando ese relato lo protagoniza una estrella del rock contemporánea?

No es muy común encontrar a artistas pop protagonizando ficciones literarias (no me viene ninguna a la cabeza), pero Rafa Cervera, periodista musical al que llevamos leyendo desde los 80 en medios tan importantes como El País, Ruta 66, GQ, Jot Down o Valencia Plaza, asume este riesgo del que sale absolutamente triunfador, presentándonos a un David Bowie tan creíble que llegamos a poner en duda si lo que está narrando llegó a suceder de verdad.

«Lejos de todo» (Jekyll&Jill, 2017) supuso su primer salto a la literatura, provocado, según afirma el mismo autor, por la muerte de Bowie: el manuscrito llevaba descansando en un cajón de su escritorio desde hacía varios años, pero a raíz del triste suceso se decidió a retomarlo, reescribirlo, hacer una poda de elementos sobrantes y llevarlo hasta su cuidada y elegante publicación, en la que contó con la colaboración de la artista plástica Roberta Marrero»SEGUIR LEYENDO

 

Lejos de todo de Rafa Cervera en Libros en mi biblioteca

Carmen CG reseña Lejos de todo, de Rafa Cervera, en Libros en mi biblioteca:
CUBIERTAS DESHIELO BOLSILLO.inddVerano de 1977: Playa de El Saler, Valencia. Un adolescente entabla amistad con una pareja de hermanos. Con él comparte la fascinación por David Bowie. Hacia ella siente una irrefrenable atracción. Así, aislados en el escenario que impone dicho paisaje, que en realidad es un personaje más, los tres pasan a formar un extraño triángulo. Su relación se va definiendo a medida que el verano transcurre, hasta convertirse en una mezcla de anhelos, secretos y sueños que acaban diluyendo el límite entre la fantasía y la realidad.

Primavera de 1976: David Bowie se encuentra sumido en una crisis artística y personal, atrapado en su adicción a la cocaína. Decide aislarse en algún lugar perdido que le permita ser anónimo y así poder encontrar una salida al caos que le domina. Dejándose llevar por el azar, elige Valencia, donde se refugia durante unos días acompañado por sus dos fieles amigos, Jimmy —artísticamente conocido como Iggy Pop— y Coco. Una vez allí, su camino se cruzará con el de uno de los protagonistas de la historia anterior.

Suficiente nos cuenta la sinopsis de Lejos de todo para que yo pueda evitar ir más allá. Os recomiendo que la leáis y así no os sorprenderéis de lo que podéis encontrar en estas 136 páginas, que recibieron el Premio de la Crítica Literaria Valenciana en 2018.

Yo llegué a ella por un librero. Ay, los libreros; una figura esencial del panorama literario para los lectores. Eso sí, el librero tiene que ser lector, y no un lector cualquiera, debe ampliar su zona de confort para ser capaz de recomendar de cualquier género. Hay que cuidar al lector para que te sea fiel. Porque no hay duda de que los lectores somos fieles. ¿Lo habéis pensado alguna vez? Yo, sí. De ahí que quien tiene un buen librero, tiene un tesoro.

El futuro, una ilusión llena de posibilidades que pierde interés a medida que te aproximas a él.

Magnífica cubierta la que acompaña esta historia. Creo que es importante que lo destaque, porque la edición de una novela es muy importante. Nos dice mucho del cuidado que se ha puesto para publicarla, algo que a los lectores nos gusta.

Lejos de todo ha sido una historia que he leído un poco a la defensiva. No sé si entendéis lo que quiero decir, pero he estado como alerta porque no conseguía saber qué implicaba lo que estaba leyendo, lo que me hacía estar en ese estado lector. ¿A qué tipo de historia me estaba enfrentando? ¿Formación, amor, recuerdos… simple narración? Quizá mi corazón romántico me empujaba, en cierta manera, y con un tercio leído de la historia, hacia el amor, centrándome en cómo un chaval descubría su propio camino, atrapado en su vida, en su realidad, que se me enturbiada por elementos externos (esa turbación no es mala, al contrario, consigue que nuestro narrador sea consciente de su propia existencia).

Con la escritura puedes hacer algo parecido al rock and roll. La diferencia es que no necesita ser adolescente para seguir haciéndolo bien. Está disciplina funciona al revés, el tiempo y la vida te ayudan a ser cada vez más puro. Es posible incluso que al final tu escritura sea la que mejore tu vida. Eso es lo que creo. 

Nuestro narrador, a través de esas 134 páginas, algo extrañas, comparte con nosotros ese verano de 1977, con quince años, en la playa del Saler, que cambió su vida, o su manera de ver la vida. También está Bowie, no puedo olvidarme de él, aunque para mí es más un excusa para darle más empaque al recorrido por el Valencia de los años 70. Probablemente para otro lector, Bowie sea el centro de la historia, porque es el que une a los personajes, en que les aporta razón. No sé; será cuestión de percepción y de comprensión.

Vi cómo se sumerge entre las sombras mientras se alejaba. Mirando la caminar subir al fin cómo se movían las hijas del Cid.

Puede que el texto descuadre un poco al no seguir una línea lógica temporal, haciendo pequeñas incursiones aquí y allá, dejando todo el control de esta historia al propio autor, que dejará que sepas lo que el quiere que sepas y en el orden que el quiere que lo sepas. He tenido la sensación de que jugaba conmigo, y eso, como ocurre siempre que se hace bien, me ha gustado. Eso sí, no puedo decir que haya leído esta historia de manera cómoda, confiada, disfrutando de por donde me llevaba la trama, de sus giros, de los personajes… no ha sido así, sino, realmente, algo más significativo. Es de esos textos que consiguen removerme porque hacen que me implique mucho más de lo que realmente creía que hacía.

Siente la amenaza, la devastadora melancolía que se apodera de él en ocasiones. Si no se mantiene alerta, su desazón podría arrastrarlo hacia un vacío y conoce muy bien. No parece que exista nada que pueda salvarlo cuándo quedamos cede su soledad. 

Puede que haya tenido la sensación de pérdida por no ser una gran sabedora de David Bowie. No conozco mucho sus canciones y, quitando Dentro del laberinto, película que sí recuerdo de niña, y algunas de sus canciones más populares, poco más sé. Estoy convencida de que un verdadero fan de este personaje disfrutará más de esos detalles que para mí pasan desapercibidos y de cómo el autor los ha usado para crear coherencia a la narración.

Nadie piensa en la muerte a los quince años salvo que la muerte te obligue a pensar en ella.

Magnífico el final como cierre de todo, dando sentido a esos recuerdos tan importantes del protagonista.

En resumen, un texto que te acerca al narrador, haciéndote sentir privilegiado porque has estado allí, con él. Creo que rezuma incertidumbre, soledad, miedos, pero también, vida, en cierta manera amor y búsqueda; además de llevarnos a un lugar que fue refugio de ambos (ese Valencia de finales de los 70), por motivos distintos, pero lo fue.

Bonito, aunque no sé si es un adjetivo que otro lector utilizaría para describir esta lectura, pero para mí sí, ha sido bonito leerla. Una de esas novelas pequeñas que se hacen grandes cuando las lees.

Escribo esta historia porque escribir es la única fórmula para que las piezas encajan y el pasado adquiera sentido.

Habrá que seguir confiando en el consejo del librero.

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Lejos de todo de Rafa Cervera en Alquimia Sonora


Amalia Yusta reseña la novela Lejos de todo, de Rafa Cervera, en Alquimia Sonora:

Cuando Rafa Cervera soñó a David Bowie

El escritor y periodista valenciano publica su primera novela de ficción con Bowie como invitado.
“Lejos de todo” (Jekyll & Jill, 2017) es el sueño de Rafa Cervera. El sueño de sus querencias musicales, de sus debilidades emocionales y de una ficción verosímil. ¿Y si Bowie se dejara caer por El Saler? ¿Y si unos adolescentes comenzaran a “vivir” vestidos con las ansias de fans irredentos? Una primera novela que precisamente estos días se torna necesaria a ojos de la melancolía “bowienesca”. Bowie nos decía adiós el 10 de enero de 2016 y la sombra brillante de su genialidad radica en todos aquellos que se acercaron a su obra. Y entre ellos el propio escritor.

Una época de descubrimientos, tanto personales como culturales: la adolescencia. Una ciudad: València. Y tres personajes que, lejos de convertirse en los fantasmas deseados que cualquier chico, cualquier chica quiere encontrarse, hilan los deseos y las pulsiones de otros tres personajes que, paralelamente, se dejan llevar por la potencia de las composiciones del de Brixton. Rafa, El Regónzer y la hermana de este, Cala Cervera descubriéndose en época de cambios y Bowie, Jimmy (IggyPop) y Coco, asistente de David. Dos tríos, dos años prácticamente en paralelo en los que acabar encontrándose y ese tono melancólicamente familiar que riega toda la novela.

Una melancolía asociada a la propia adolescencia. A las incógnitas que el propio proceso de crecimiento aparecen en todos nosotros. El protagonista, el alter ego de Rafa Cervera, comparte sus descubrimientos musicales, se encuentra ante la imagen de una chica en la que encontrará ese deseo primigenio e inocente propios de su edad e intenta descifrar cuál es su lugar en el mundo. El mundo onírico de la música, de los trabajos de Bowie, y ese deseo oculto de querer conocer a los ídolos… ¿Quién no ha fantaseado alguna vez en plena adolescencia con encontrarse, por casualidad, con alguno de los personajes que abarrotaban las paredes de nuestras habitaciones?

En la novela subyace la familiaridad de haber sobrevivido a la adolescencia, de haber compartido situaciones muy parecidas. Pero también, como uno personaje esencial en la concepción de la historia, València. La propia ciudad como un personaje determinante más que como una localización aleatoria. Ni Bowie ni Coco ni Iggy pasaron una temporada en la ciudad del Turia, pero si así hubiera sido, les habrían sorprendido los mismos espacios que Rafa Cervera incluye en su texto. Desde El Saler, la Estació del Nord, el Palacio del Marqués de Dos Aguas, la Plaza de la Vírgen… Lugares comunes para muchos de los lectores en los que poder materializar las angostas figuras de David, Iggy y Coco.

Con esa mirada inocente (o cada vez menos inocente) es con la misma mirada con la que el lector comienza a encontrar su lugar en la novela. Lugares transitados y momentos que se han instalado en el colectivo de todos nosotros. Rafa Cervera consigue atrapar al lector y llevarlo a ese mundo de finales de los ’70 para sorprenderlo de la misma forma que el protagonista se sorprende. Esas miradas con los ojos completamente abiertos son las que hacen que sintamos la emoción que El Regónzer cuando cree haber visto a David Bowie en Valencia, y abrir también nosotros los ojos como si paseáramos por la Plaza de la Vírgen y nos lo encontráramos. Para ello, el escritor adopta un estilo que no nos resulta lejano: el propio estilo al que Rafa Cervera nos ha acostumbrado durante todos sus años de trayectoria profesional. Y si a un estilo cercano y directo, sin grandilocuencias efectistas, se le añade la pasión con la que habla de sus propios ídolos (de adolescencia o no), el resultado es “Lejos de todo”.

Un libro que no nace tras el fallecimiento de David Bowie en 2016, sino que se reactiva por el propio dolor, el vacío o la horfandad emocional en la que nos sumió su pérdida. Rafa Cervera, como el mismo fan protagonista de la obra, reavivió su ficción a golpe de cada lágrima derramada por el artista. Por eso hay un halo de emoción implícito más allá de sus propias páginas al enfrentarnos ante su portada (con ilustración de Roberta Marreno). “Lejos de todo” es una novela a través de la cual nos reencontramos con nuestra propia imagen adolescente, con las pérdidas, con el poder de las canciones, con la locura de compartirlas, con Iggy, con Coco, con los mitos y leyendas de los artistas, con el rock y, en definitiva, con la vida. Cuando Rafa Cervera soñó a Bowie y nos hizo partícipes de la ensoñación.

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Rafa Cervera escribe sobre Bowie en Valencia Plaza



Rafa Cervera escribe sobre la vida sin Bowie en su sección Los recuerdos no pueden esperar, en CulturPlaza (Valencia Plaza).

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LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Año II después de David Bowie

VALÈNCIA. El próximo 10 de enero comienza el año II después de David Bowie. Su muerte no ha hecho más que incrementar su presencia en nuestra vida cotidiana. Nadie pudo prever que su desaparición tendría semejante efecto. Y sin embargo, ese efecto es completamente lógico. Atención: este artículo contiene un spoiler o dos.

A medida que concluye la secuencia final del tercer capítulo de Mindhunter, comienza a sonar una canción titulada ‘Right’. Aparecen los créditos y la voz y la música de David Bowie siguen escuchándose, creando una sensación turbadora. Desde el 10 de enero de 2016, cada vez que una canción de Bowie es extraída de su contexto natural (un disco, un concierto, una playlist), esta llega revestida de una nueva carga emocional. Antes de esa fecha se trataba sobre todo de canciones, ahora también son mensajes de ultratumba. Es lo que ocurre con ‘Five Years’ en un capítulo de Fear The Walking Dead, y también al despedirse Ray Donovancon ‘Rock & Roll Suicide’. Las canciones de Bowie han sido incorporadas a películas y series docenas de veces, pero desde su muerte, lo que canta parece provenir de otra dimensión. Nada que ver con Seu Jorge versionándolo a destajo en The Life Aquatic de Wes Anderson, porque cuando se estrenó, Bowie estaba vivo. Nada que ver con los homenajes de American Horror Story y el personaje de Elsa Mars encarnado por Jessica Lange, porque cuando se emitió, Bowie aún no había muerto. Nada que ver con esas otras canciones suyas sonando en capítulos de Los Simpson, Dexter o Mad Men, todos ellos anteriores a enero de 2016. Nada ha cambiado. Todo ha cambiado.

Año cero

Según la acertada definición que hicieron Nacho Canut y Alaska cuando el ídolo murió, el año que acaba de comenzar sería el año II después de Bowie. Dos años. En el siglo XXI, ese tiempo puede ser el equivalente a media vida. Cada vez que vayamos adentrándonos en el futuro, iremos descubriendo nuevos matices al analizar la cuestión de nuestro mundo sin Bowie. Por ahora, el gimoteo masivo se ha ido apagando. Cada tanto hay un ilustre difunto al cual llorar; como se trata de que nos compadezcan, vale prácticamente cualquiera, el único requisito es que sea conocido y críe malvas. Ahora que el llanto general por Bowie es menor y algo lejano, resulta algo más fácil intentar vislumbrar por qué resulta tan profundo ese vacío. Por qué escuchar ‘Right’, que me ha acompañado cientos de veces, me conmueve de una manera tan inesperada. Posiblemente sea porque aparece al final del capítulo de una serie, que siempre es un momento muy emocional. Pero también porque, de golpe, la canción me recuerda que su autor está muerto.

Agente Philip Jeffries

Llevo más de dos años analizando los motivos de esa devastación, que para mí comenzó a finales de 2013 con la muerte de Lou Reed. Es un sentimiento privado y personal, pero a la vez, es algo que le ocurre a más gente, quizá no a tanta como parece. Le ocurre a Loles, lo sufre Remi, le pasa a Juande o le pasa a Paula a la cual no conozco pero que el otro día comentaba en Twitter que temía el momento en que empezaran a aparecer artículos como este. El 10 de enero de 2016 Bowie protagonizó su propia versión de The Leftovers. Desapareció repentinamente, casi inexplicablemente, de este mundo con un involuntario golpe maestro. Un acto digno de Houdini, sólo que realizado a la inversa. El colofón de una carrera que, salvo en unos episodios muy concretos, fue monumental. Oímos el rumor desde el control de tierra y muchos pensamos, no, no digas que es cierto. La despedida ha concluido pero la sensación de ausencia es perenne. Cada tanto algo nos recuerda que el personaje que durante más tiempo amplió el poder y la semántica de la música pop, se ha ido para siempre. En la tercera entrega de Twin Peaks,  David Lynch le homenajeó a su eléctrica manera. Phillip Jeffries, personaje con una  brevísima aparición -y mucho más misteriosa desaparición- en Fire Walk With Me, adquiría un papel fundamental. Al igual que ha ocurrido con Bowie, Jeffreys está presente en la serie sin aparecer apenas en ella. Al igual que dicho personaje, viajó a un rincón del universo desconocido para nosotros.

Año uno

La muerte de Bowie duele porque dejó un poco más solos y vulnerables a aquellos que le seguimos con fascinación. Con su obra nos ayudó a contemplar el mundo al que pertenecemos. También logró que este resultara más soportable. El filósofo Simon Critchleyexplicaba en el ensayo David Bowie que “fue alguien que hizo de la vida algo menos trivial durante un periodo de tiempo tremendamente largo”. Luego corroboraba lo que el propio artista dijo en ‘Blackstar’: “No soy una estrella de pop”. Para Critchley, para mí y para sus fans, fue mucho más que eso: “Fue alguien que, simplemente, nos hizo sentir vivos”. Lo hizo, por ejemplo, al intentar describir la confusión que nos asedia sin descanso, en ‘Life On Mars?’ (“mira al hombre de la ley golpeando al tipo equivocado”) y mientras lo hacía, nos daba pistas para que intentásemos esbozar nuestra propia poesía. Es el horror de saber de qué trata este mundo, dijo en la letra de ‘Under Pressure’. Es la lucha entre lo sublime y lo horrendo, la sensatez y la paranoia, la inocencia y la malicia, y la inevitable desesperación para intentar discernir una cosa de la otra. Bowie, como cualquier otro artista de la música pop, implica muchas cosas –diversión, fantasía, osadía-, posibilidades que se convierten en armas y refugios para intentar comprender la vida. Su muerte plantea una cuestión alrededor del enigma que nadie sabe contestar. Él también se hizo esas preguntas mientras estaba aquí, y las expresó a través de su obra. Ahora que quizá sepa las respuestas, no nos las puede contar.

A nivel personal, la muerte de Lou Reed fue un acontecimiento desolador. Aunque sus problemas de salud habían sido difundidos públicamente, nunca me planteé que pudiera fallecer. Fue el artista que me alumbró en la oscuridad y la confusión de la adolescencia y me hizo ver que había un espacio en el cual, algún día, yo podría ser la criatura que estaba llamado a ser. A partir de cierta edad, la muerte deja de ser una fantasía para pasar a formar parte de lo cotidiano. La de Lou Reed marcó un punto de inflexión. Dos años después, la desaparición de Bowie corroboró que así había sido. Aquellos que me proporcionaron fe, autoestima, felicidad y conocimiento, también se van. A los 50 años posiblemente no los necesite tanto como a los 16, pero sí que necesito que sigan aquí, conmigo. Pero se van.  Después de habernos ayudado a entender y soportar la vida y la muerte, se van.

Año dos

La muerte de Bowie me impulsó a recuperar una novela cuya reescritura había abandonado. Sabía que, trabajando en la dirección correcta, podía sacar de ella la historia que necesitaba hacer. Él era uno de los protagonistas de la trama, una ficción que transcurre en València y El Saler. Es una historia de inocencia y perversión que construye una versión paralela de lo que pudo haber sido mi adolescencia. Mi adolescencia transcurrió en la playa de Pobla de Farnals. Eran pósteres de Lou Reed lo que había clavados en las paredes de mi habitación. Escuchaba sus canciones e indagaba en sus letras como podía, yo solo, en mi cuarto, con la ayuda de un diccionario de inglés americano que me trajo mi padre de un viaje a Estados Unidos. Escuchaba  a Reed con fervor y, a medida que su mundo me absorbía, fantaseaba con encontrármelo por Valencia, de incognito, como si hubiese decidido viajar hasta un sitio tan remoto sólo para darme la oportunidad de que me cruzase con él. Lou Reed fue el filtro que elegí para interpretar la realidad. Las primeras decepciones sentimentales. Los interrogantes del sexo. Los caprichos del alma humana. Lou Reed fue la puerta para cruzar al otro lado de la realidad. Si ingresaba allí, me decía mi instinto, podría empezar a ser yo mismo a pesar de todo. Cuarenta años después he publicado una novela que habla, entre otras cosas sobre eso. Si Lou Reed no hubiese existido, seguramente jamás la habría escrito. Si David Bowie no hubiese muerto, seguramente nunca la habría terminado.

El Saler es un buen sitio para muchas cosas, por eso lo elegí como escenario de ciertas escenas de la novela. Es un lugar perfecto para mirar, pensar, y no tener prisa para hacer nada. Es un sitio idóneo para perderse y olvidarse del resto del mundo, que acaba precisamente allí mismo. Un territorio impregnado por el sexo que se practica secretamente en sus bosques y  dunas, un contrapunto de carnalidad en medio de la belleza mística del paisaje. El Saler también es un buen sitio para ser invisible y llorar. Para escribir. Para vivir lejos de todo, anotando cosas en una libreta que sabe más de mí que nadie en el mundo. Un remolino de silencio en el cual sumergirse para soñar con lo irreal, como cuando tenía quince años. Para escribir sobre una mañana de verano, cuando la niebla flota a ras del suelo. Y a medida que esta se disipa y el sol se va elevando sobre las copas de los pinos, ver a David Bowie, despertando aturdido de un letargo. Está torpemente atado al tronco de un pino, rodeado de otros árboles y plantas. No muy lejos, en una situación similar, está Lou Reed. Al despertar contempla la vegetación que le rodea mientras intenta recordar qué le ha ocurrido y se deshace de la cuerda flácida que apenas le mantienen sujeto al tronco. Hay un tercer hombre que abre los ojos después de haberlos tenido cerrados más tiempos del que puede calcular. Andy Warhol balbucea algo mientras se desprende de las inocentes ligaduras y comienza a caminar colocándose bien la peluca. Los tres saben algo que ningún ser vivo puede saber. Si me quedo quieto donde estoy, acabaremos encontrándonos y me lo contarán.

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Lejos de todo de Rafa Cervera en la revista ICON



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Íñigo López Palacios reseña Lejos de todo, de Rafa Cervera, en la sección El Culturista de la revista ICON (número 47, enero 2018).

RAFA CERVERA
Lejos de todo
(Jekyll & Jill)
¿Escribe del libro de un amigo? Eso está feo. Cierto, lo confieso, conozco a Rafa hace un porrón de años, pero soy su lector desde mucho antes. De adolescente devoraba con admiración sus artículos. Algunos me marcaron tanto que soy capaz de recitar frases de memoria. ¿En serio? Lo prometo. Rafa fue desde el principio, en los ochenta, un periodista musical que escribía como los ángeles. Un tipo con una prosa brillante e ingeniosa. Con ritmo, capaz de ser tierno y caústico. Esta primera novela suya debería haberla escrito mucho antes. ¿Y de qué va? De sus obsesiones. De su ciudad, Valencia, a la que volvió hace años. De David Bowie, representación de aquellos mitos del rock de los setenta que eran personajes lejanos y fascinantes. De un hipotético viaje de incógnito de Bowie a Valencia en 1976. Y de su formación, de esa adolescencia en la que todo era tan nuevo y a la que debe lo que es hoy. (i./. p.)

Lejos de todo de Rafa Cervera en El País



 

Rafa Cervera posa en la redacción de EL PAÍS. GEMA GARCÍA
Rafa Cervera posa en la redacción de EL PAÍS. ©GEMA GARCÍA

 

Fernando Navarro escribe sobre Lejos de todo, de Rafa Cervera, en El País:

Fabulando con David Bowie

El crítico musical Rafa Cervera escribe ‘Lejos de todo’, su primera novela, ambientada en una Valencia postfranquista con el músico como inspiración

Para los habitantes de la república invisible de las canciones, todo lo importante sucedió dentro de los acordes, como templos sagrados fueron aquellas habitaciones cuyas puertas les protegían como si fueran “trincheras”. En palabras del chaval “extraño y fuera de contexto”, protagonista de Lejos de todo, la novela del crítico musical Rafa Cervera (Valencia, 1963), los mejores momentos de un mundo “hecho de soledad” llegaban cuando su héroe musical se ponía a cantar: “Quería creer que David Bowie emergería de este muro estucado en blanco para sacarme de aquí”. El anhelo de ese chico, perdido en mitad del verano de 1977 en la Playa de El Saler, ha sido un sentimiento universal en los corazones de tantos adolescentes que pisaron por primera vez la patria mostrada por Bowie, como si, al igual que Mayor Tom, pudiesen pasearse por la luna y las estrellas.

Bowie como inspiración, aunque podría ser cualquiera de los colosos musicales que han creado su propio y fascinante territorio artístico, prendido con fuego en existencias desorientadas, como confiesa el autor de Lejos de todo: “Si la novela fuese mi autobiografía, el que estaría en el poster sería Lou Reed, en la foto del disco Rock’n’roll Animal. Pero Bowie ha sido y es muy importante en mi vida. Lo meto porque me venía muy bien para la historia de adolescentes que quería contar”.

Cervera, firma habitual de EL PAÍS y referente en el periodismo musical desde los ochenta en publicaciones como Ruta 66, debuta en la literatura de ficción con un libro que diluye la fantasía y la realidad para cruzar las historias de un adolescente “confuso que se creía que era único” y un David Bowie que, atrapado en su adicción a la cocaína, acaba en Valencia con el fin de salvaguardarse del mundo acompañado de dos fieles amigos, uno de ellos un tal Jimmy, también conocido como Iggy Pop. “El Bowie que meto en la novela es una persona que está en crisis, que necesita cambiar y buscar soluciones, y refugiarse de sí mismo. Algo que le pasó en la vida real”, explica Cervera. “Me venía muy bien para hablar de la melancolía, la soledad y la pérdida”, añade.

Entre 1976 y 1977, años en los que transcurre el libro, Bowie realmente se escondió en las montañas del norte de Suiza, junto al lago Lemán. Fue un período de gran exploración personal, en el que se interesó por la música clásica, la literatura y la pintura, con especial amor por el arte expresionista. Pero para Cervera lo importante es “fabular”, situando al genio británico en su tierra natal, con la idea de revivir a través de la escritura esa sensación irrepetible en la que, como dice su protagonista, “la vida era algo nuevo, extraordinario y también inquietante”. “No era una necesidad volver a esa etapa, pero sí que era un territorio que me apetecía explorar. De cuando había pasión y te fundías con las voces que te inspiraron”, dice. “Es duro volver a la inocencia. A una inocencia que yo ya no tengo. Ya no soy ese. Es duro y doloroso volver a cuando descubriste quién querías ser. Entonces, estábamos completamente vírgenes y necesitados de algo que nos dijese: ‘Mira, como no eres buen estudiante, eres un desastre como deportista, ni sabes tocar la guitarra… no te preocupes porque está la música’. Esta gente te enseña el camino. Quieres seguirles y ya veremos luego a ver qué pasa”.

Cervera tardó ocho años en acabar la novela y también fue duro encontrarse durante el proceso de creación casi acabado con la muerte inesperada de Bowie. “Fue tremendo. Pero quise tener lealtad a alguien que me ha estado cantando al oído”, confiesa. Retomó el manuscrito inicial, lo cambió y reescribió la historia, colándose “más melancolía”. “Escribir es como una venganza contra la realidad. Cuando haces ficción, eres una especie de Dios. Puedes decidir cómo funciona ese mundo, colocas a los personajes y les dices cuando hablan o callan. Tienes el dominio de todo”, señala. Exactamente igual que cuando estás dentro de las canciones, como cuando eres un habitante de esa república invisible a la que Cervera, con el impulso de Bowie, le ha dedicado una oda literaria tierna y absorbente.

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Rafa Cervera y Lejos de todo en Valencia Plaza

Rafa Cervera escribe sobre el génesis de su novela Lejos de todo. Publicado el 1/10/2017 en Valencia Plaza.

LOS RECUERDOS NO PUEDEN ESPERAR

Cómo escribí ‘Lejos de todo’

VALÈNCIA. Mi primera novela llegará a las librerías con el título de Lejos de todo, el resultado de un largo proceso de escritura que finaliza mi primera novela. Se materializará con una portada maravillosa a cargo de Roberta Marrero (siempre imaginé este libro ilustrado por una obra suya) y lo hará en Jekyll&Jill, la editorial con la que soñaba estar desde que la descubrí por culpa de los libros de mi admirado Paco Inclán. Lo que viene a continuación son algunos apuntes sobre cómo la escribí.

Una mañana de otoño, hace algo más de 10 años, me encontraba junto a las Torres de Serranos, monumento que antaño fue una puerta a la València antigua. Era la fiesta de Todos los Santos. Noviembre acababa de hacer acto de presencia pero aquel fue un día casi primaveral. Sentado frente al volante de mi coche, esperaba a unos amigos para irnos a comer a El Palmar. Así que allí estaba yo, distrayéndome con la estampa festiva que ofrecía la calle en una mañana tan pura. Los días de fiesta alegres y soleados hacen que me sienta como un forastero en el mundo. Un desconocido se acercó a la ventanilla. Era un hombre mayor que yo, el pelo y la barba casi blancos. Su rostro tenía una expresión bondadosa, pero transmitía algo más profundo y complejo. Bajé el cristal como si le conociera de siempre y a continuación le oí decir: «¿es usted Miguel Genovés? «La pregunta me desconcertó. Respondí que no, que yo no era esa persona a la que él esperaba. Asintió algo desencantado. Lo cierto es que mí también me decepcionó no poder serle de más ayuda. El hombre del pelo blanco se despidió educadamente. Lo vi regresar al borde de la acera y siguió atento a los coches que circulaban frente a las Torres de Serranos. Estuve unos minutos observándole pero él ya me había olvidado. De repente aparecieron mis amigos y poco después estábamos saliendo de la ciudad. Pasamos la tarde en L’Albufera, rodeados por un paisaje perfecto. En otoño, las luces del lago imponen sus propias leyes. En medio de aquel estado de placidez, paseando y hablando con quienes estaban conmigo, no pude dejar de imaginar cosas acerca de aquel desconocido. El hombre que hizo que sintiera no haber sido la persona a la que esperaba.

El hombre que cayó sobre València

Usé aquel episodio para escribir uno de los ejercicios del taller de escritura al que asistí en Madrid durante años. En menos de cuatro folios logré atrapar la sensación de aquel breve encuentro. Fue como extirpar un cuerpo extraño y colocarlo ante mí para poder examinarlo. Una vez escribo sobre algo que me perturba, la obsesión se transforma, y pasa a ejercer una pulsión diferente sobre mí. Así fue también en esta ocasión. Poco después opté por cambiar al personaje del relato que está sentado al volante. El protagonista pasó a ser David Bowie. No logro recordar cuál fue el motivo, aunque estoy seguro de que se me ocurrió escuchando Low. El David Bowie que, con todo mi atrevimiento, situé como una figurita imaginaria en las Torres de Serranos, es mi bowie favorito. Es el David Bowie del periodo 1976, el ser saliente de la piel del personaje del Thin White Duke. Es también el artista a punto de marcharse a Berlín y grabar el disco que le permitiría sumergirse en terrenos musicales más abstractos, los del mencionado álbum Low. De este modo supe que lo que había creado era, más que un cuento corto, el fragmento de la novela que a continuación tenía que escribir. Me olvidé del presente y de la realidad. Situé la acción en 1976 y seguí escribiendo. El mundo imaginario que durante años he ido elaborando está a punto de emerger a la superficie. Dentro de poco dejará de ser mío y pertenecerá a cada lector que se acerque a él.

Velocidad de la vida

Al principio, en la novela sólo estaba David Bowie con su atuendo habitual de la etapa de 1976 –pelo entre rojo y rubio, delgadez extrema, vestido de hombre europeo, con sombrero Fedora- sumergido en esa València que le era ajena. Entonces -y de nuevo sigo san saber ni cuándo ni por qué-, me di cuenta de que había otra narración posible que podía discurrir junto a la anterior. Rescaté a unos adolescentes de un viejo relato, los situé en El Saler, y a partir de ellos fabulé con el que fue el verano de 1977, un episodio clave en mi vida. Inicialmente, ese otro relato y el de Bowie discurrían paralelos. En una primera versión llegó a haber una tercera historia. Finalmente, y después de dársela a leer a muchos amigos que aguantaron pacientemente mis neurosis creativas, la novela se quedó reposando en un disco duro. No había ninguna editorial interesada en sacarla. Era muy posible que lo que creía haber hecho y lo que finalmente hice no fuese en absoluto la misma cosa. La realidad de la crisis económica impuso sus prioridades y, por cansancio y por inercia, fui olvidándome del manuscrito.

Resurrección y muerte de David Bowie

El trauma de la inesperada muerte de Bowie en enero de 2016 me hizo volver al texto casi sin darme cuenta. Publiqué uno de los capítulos de la novela en CulturPlaza (tres años antes ese mismo capítulo había aparecido también en Verlanga), acompañando el obituario que escribí sobre el artista. A partir de ahí, revisé el texto. Le quité más de 150 páginas y eliminé la tercera historia, que lastraba lo demás. Crucé las otras dos y de nuevo comencé a reescribir. Considero que la literatura, en la mayoría de las ocasiones, es una venganza contra la realidad. En este caso ya lo era antes del 11 de enero de 2016, pero después de ese día, lo fue más aún. Seguí escribiendo y reescribiendo. Y llegó un momento en el que comenzaron a suceder pequeños acontecimientos, cosas que hacen que ficción y realidad se fundan. Una energía con sus propias leyes, como las luces de L’Albufera que cada tanto aparecen en la narración.

Cosas extrañas que suceden en El Saler

En enero de este mismo año, Roberta Marrero vino a València para formar parte de un coloquio sobre Bowie en el IVAM. Ese día pude darle una versión cerrada del texto. Empezó a leerlo en un hotel junto a las Torres de Serranos. Cuando la terminó en Madrid me escribió para contarme sus impresiones y reiterar su disposición para ilustrar la portada cuando llegara el momento. También destacó algunos aspectos del texto que yo no había visto y que tampoco diré aquí para no condicionar a posibles lectores. Sí diré, porque estoy convencido de que son cosas que seguramente pasarán inadvertidas para quien lo lea (este tipo de asuntos sólo suelen ser importantes para el que escribe), que de una manera espontánea, ciertos detalles de la historia se repiten dos veces como un reflejo. Quiero pensar que El Saler es un personaje más en la historia. Un espacio abierto del que los adolescentes que lo habitan durante el citado verano, no pueden salir. Pienso en los secretos de esta novela que durante tanto tiempo me ha pertenecido exclusivamente a mí. Pienso en David Bowie contemplando las gárgolas de La Lonja. Imagino que hablaré de todas estas cosas durante las próximas semanas. Pero hay un ciclo que concluye aquí. El otro día vi un poste metálico, cerca de la playa, temblando sin ninguna explicación aparente. Los próximos meses los pasaré dando vueltas alrededor de él mientras voy escribiendo en mi cuaderno.

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