Menos joven de Rubén Martín Giráldez en Un libro al día

Reseña de la novela Menos joven, de Rubén Martín Giráldez, en el blog literario Un libro al día.

A ver cómo lo explico. Hay libros que son como edificios llenos de ventanas desde las que el lector puede asomarse y mirar a la calle, a las habitaciones, al patio de escaleras. En algunas de ellas te detienes más, por la razón que sea: porque te cautiva la decoración, porque la luz es débil y sientes curiosidad, porque en la negrura de un cuarto cerrado escuchas ruidos que te aterrorizan. Y cuando sales del edificio arrastras un equipaje singular, parecido a las maletas de otros lectores que también echaron un vistazo a esas ventanas, pero matizado por tu propio recorrido. No hablo sólo de niveles de interpretación, que también, sino de algo más: cómo uno entiende la cultura en general y la literatura en particular, cómo uno pone sobre la mesa lo que sabe y lo confronta con lo que cree saber, cómo uno siente la necesidad de regresar y mirar un poco más, una ventana más, una idea más. Libros, en definitiva, que proponen, preguntan, provocan; libros ante los que es imposible quedarse indiferente.

Menos joven es una reflexión desde las maletas del autor y un ensayo filosófico en muchas ocasiones descojonante sobre el equipaje cultural disfrazado de programa radiofónico con caballos disfrazado de novela francesa cubierta por unas tapas falsas de novela española de 2012 que forma, sin exagerar un ápice y en sentido arquitectónico, un objeto casi perfecto con piezas cuidadosamente escogidas, que empiezan a sumar a partir de unas cubiertas con misterio y atraviesan las tapas interiores, pasan por las calcomanías de personajes famosos incluidas, la sorprendente página de créditos o la ficha de personajes, se enrocan en los afilados apuntes manuscritos de los márgenes y terminan, prácticamente sobre un escenario sonoro, por dejar sin aliento al viajero. Creedme: no miento en nada. Y lo más cojonudo es que, cerrado el libro, todo tiene sentido.

Rubén Martín escribe como un salvaje, completamente desbocado (este adjetivo no es gratuito). A veces enlaza comentarios, referencias culturales, episodios seguramente vividos y giros metaliterarios con tanta velocidad que es difícil seguirlo, pero el narrador se da cuenta del despiste y para, da una vuelta, nos arrea y seguimos. Cuidado: el narrador es un mentiroso confeso, un cínico mayormente despreciable, un loco feliz, un egocéntrico manipulador, y nos obliga a escucharlo con precaución. Escucharlo, sí. Os lo explico:

El peinado de Calígula es un espacio radiofónico de entretenimiento infantil protagonizado por adultos en el que los participantes tienen por objetivo localizar a sus ídolos y darles caza. Menos joven es la narración oral íntegra del locutor de ese programa durante el episodio en el que concursa un hombre llamado Bogdano. Todo lo que leemos, por tanto, es la «pormenorizada» «descripción» de los «acontecimientos» que «tienen lugar» por boca de ese verborreico, imparable y acelerado locutor. De quien ya os he comentado un poco el perfil. ¿Y Bogdano? Bogdano es un pequeño hijoputa, aunque quizá otros lectores lo hayan encontrado más tierno, qué sé yo, poco hecho. Bogdano cree tener las ideas claras y corre sin piedad hacia sus objetivos, convencido de su drama personal, con la indolencia propia de saber a quién culpar por todo, sin dudas, arrollador. Ese es Bogdano: un tío que está buscando pegarse la Hostia del Siglo.

Vuelvo al ejemplo del edificio lleno de ventanas. Rubén Martín ha concebido un libro genial, extraño y ambicioso, del que se han escrito reseñas muy distintas. Se repite mucho aquello de «matar al padre» (siendo aquí «padre» la educación adquirida, la biblioteca familiar, los ídolos de adolescencia, las lecturas antiguas, etc.), pero a mí me cuesta verlo exclusivamente de ese modo, aunque lo entiendo. Creo más bien que el autor ha realizado un ejercicio de limpieza íntima. Se ha puesto a sudar delante del espejo para, de una vez y para siempre, dejar de tomarse a sí mismo tan en serio como el ámbito de la cultura actual solicita (o impone) y ser capaz, contra marea y en un país que históricamente no sabe cómo hacerlo, de reírse de todo, pero sobre todo de él. Reírse de uno mismo, ese trance. Y esa liberación. Puesto aquí en forma de libro único, lleno de menos jovenguiños, de puñetazos, de caídas del caballo. Con un humor negro y brillante, ingenioso, retorcido.

Llegas al final de un capítulo y te encuentras la nota manuscrita (¡a lápiz!) de alguien que leyó ese ejemplar que tienes en las manos antes que tú:

«Se me ocurre algo mejor para cerrar un capítulo: es el día en que todos los padres del planeta confirman a sus hijos que son franceses. Escenas de terror y llanto ante la terrible noticia.»

A ver cómo lo explico.

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