Mario Aznar reseña Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición…

Mario Aznar reseña Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, de Ben Marcus, con unos pinitos en pedantería a cargo de Rubén Martín Giráldez, en su blog Lector Salteado:

Reseñar este libro es trabajo para un artificiero. Ya desde el título queda claro que tanto sus autores —Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez— como el editor Víctor Gomollón han querido tendernos una trampa para osos cuyo principal peligro es que nos tomemos la amenaza demasiado en serio. Trataré a toda costa de no caer en ella. A evitar: 1)  Tomarme la propuesta editorial de Jekyll & Jill demasiado en serio. 2) Tomarme los textos de Marcus demasiado en serio. 3) Tomarme el texto de Martín Giráldez demasiado en serio. 4) Tomarme a mí mismo demasiado en serio. 5) Copiar el estilo de los autores para salvar esta reseña. Aunque quizá me relaje un poco y me permita enfangarme y saltar sobre los charcos como si no hubiera un mañana. ¿Acaso lo hay? Esa amenaza que se cierne sobre la edición, sobre Franzen y sobre la vida tal y como la conocemos parece darnos carta blanca para jugar sucio y escribir lo que nos dé la gana, pero eso forma parte de la pirotecnia y al menos hoy no quiero volar este edificio en pedazos.

Con este libro queda inaugurada la colección Fontanela (de fontana. 1. f. Cada uno de los espacios membranosos que hay en el cráneo del recién nacido antes de su osificación completa), con la que Jekyll & Jill nos invita a no confundir las nociones de dúctil y dócil. Un cráneo a medio hacer es, sin duda, la imagen perfecta para figurar una trampa, pues no es difícil identificar en ella una naturaleza fácilmente deformable (dúctil) y una predisposición a la obediencia (dócil). Para no caer en este error hay que leer el libro de principio a fin, pues su estructura fragmentaria es también un espejismo, como lo es, a todas luces, la improbable respuesta al por qué del título.

El libro recoge dos ensayos breves del escritor norteamericano Ben Marcus, autor de la colección de relatos The Age of Wire and String (1995) o de la novela Notable American Women (2002), y un “intersuelto” [sic] de Rubén Martín Giráldez, autor, entre otros, del ensayo Thomas Pynchon: un escritor sin orificios (2011) y de la novela Magistral (2016). Los tres textos conforman un tríptico, a mi parecer, inseparable. Mientras que Marcus —como el auténtico Jekyll de Stevenson— dialoga o combate consigo mismo en dos textos aparentemente enfrentados, el que da nombre al libro y otro titulado He escrito un libro malo, el texto de Martín Giráldez —Mis pinitos en pedantería— es un verdadero excurso huido de la conversación especular de Marcus para venir a parar al mundo del lector. Esta digresión encarna, de alguna manera, el cordón umbilical que nos mantiene unidos a la discusión de Marcus, al mismo tiempo que pone a prueba la tensión de todos y cada uno de sus nervios (y de los nuestros).

Ambos autores cuestionan la pertinencia de una apuesta experimental en la escritura actual, la vigencia del realismo literario, nuestra relación con el lenguaje, la condescendencia y el paternalismo proyectados sobre el lector, o las acusaciones de elitismo que llueven a uno y otro lado de la trinchera. Son cuestiones complejas que tanto Ben Marcus como Martín Giráldez (traductor, además, de los textos del primero) exploran o experimentan sin prometer una definición de manual que nos reconcilie con el género humano, con el mundo de la edición ni con Jonathan Franzen. El libro hace de su puesta en escena la figuración de una manera de leer y comprender la escritura que depara más incógnitas que respuestas, no con la intención de dejarnos sedientos, sino para investigar un concepto de libro que nos exige estar despiertos. Al contrario de lo que pueda parecer a simple vista, no me refiero a la vigilia del sufridor, sino a la del amante que en la cama no puede permitirse sucumbir a un ronquido aletargado, como quieren hacernos creer algunos libros para dummies. En el lado opuesto: “Hay ciertos libros que requieren que seamos lectores, que nos piden que dediquemos un tiempo a frases de todo tipo, y que dan por sentada una avidez de nueva lengua que podría hacer que la noción de ‘esfuerzo’ en la lectura deje de tener sentido”.

Por qué la literatura experimental amenaza… pone en alerta al lector vago y conformista que todos llevamos dentro, no solo para prevenirlo de algunas grandes falacias como la de que los escritores realistas  mantienen una relación privilegiada con la realidad (idea que, según Marcus, “ha permitido que la corriente entera se ablande y se vuelva falsa”), sino también de la que sitúa al escritor experimental —y, de rebote, a su lector— en un pedestal o en una torre de marfil inalcanzables, inhumanamente superior al resto. No. Marcus razona sus argumentos contra esas ideas establecidas cuyos pilares se asientan en un terreno precario y movedizo en extremo, cuando no abiertamente falso, y desmonta el fuerte a hachazos para hacer leña de la que mejor prende.

Los juicios de Franzen, que Marcus desarticula con ingenio y sistema, son muchas veces prejuicios apoyados en un decir general sin fundamento, como la irónica alarma del título que sugiere que la literatura experimental (de práctica insólita, ventas mínimas, lectura minoritaria y crítica casi inexistente) podría llegar a acabar con (¿qué?): la edición, Jonathan Franzen o la vida tal y como la conocemos. Estos argumentos recuerdan demasiado a los que estamos acostumbrándonos a oír a diario por boca de cualquiera para tratar asuntos que van de la destitución de un entrenador de fútbol a la crisis migratoria en Centroamérica. Es la sustitución del debate por la creación del debate, o el motivo de la polémica por la polémica misma. Eso me da por pensar que este libro no habla solo de literatura, sino también de un rigor y una exigencia que saltan fuera de la página. Desde las cubiertas o el lomo, el libro es en sí mismo un juego, pero el juego, para un niño, es lo más serio que existe. 

Marcus escribe que “llamar experimental a un escritor equivale hoy en día a decir que su obra no es relevante, que no es legible y que es agresivamente masturbatoria”, y se pregunta por qué es considerado un experimento el hecho de intentar algo artístico. Martín Giráldez, por su parte, afirma que no puede imaginar “qué clase de persona no estaría a favor de tener la lengua más alta que el culo”. Y es que la oposición entre realistas y experimentalistas roza el absurdo, sobre todo por el miedo a decir de una vez por todas que, si no es de géneros de lo que hablamos, entonces estamos discutiendo sobre textos que son buenos o malos, sobre escritores que son exigentes o escritores que son mediocres y conformistas. Lo mismo con los lectores. ¿Qué es lo que tanto nos asusta? Yo no me avergüenzo de ser un pésimo jugador de curling, porque nunca se me ha ocurrido practicarlo.

Al inicio de su ensayo, Marcus escribe acerca del área cerebral de Wernicke, encargada de la comprensión de la lengua, y habla de ella en sentido figurado para referirse al músculo lector: “Si no leemos, o leemos rara vez, el músculo lector está fláccido y poco ejercitado, y los textos más extraños y exigentes, los singulares desde un punto de vista lírico, los que operan fuera del terreno de la familiaridad, se nos desparraman en un conjunto de palabras arbitrarias, simplemente”. Pero en el mundo literario aludir al cerebro “suena a esfuerzo, y esfuerzo es lo último que se supone que debemos pedirle a un lector”. Todo el mundo entiende a la perfección que si nunca hemos jugado al tenis y nos sueltan en medio de una pista para disputar un torneo internacional vamos a dar un espectáculo penoso (no sin motivos, desde la grada gritaran: ¡vaya tenista de mierda!). Sin embargo, nos cuesta entender que si no leemos a menudo, o si no variamos nuestras lecturas para ganar resistencia o velocidad, cualquier texto será una maraña de palabras sin sentido y nosotros unos lectores de mierda.

No se trata de prestigio ni de escuelas, movimientos o corrientes, ni siquiera de gustos. Es una cuestión de educación, ambición y calidad, de no querer leer más, sino mejor. De entrenamiento, si se quiere, pero el hecho de que todos aprendamos a coger el lápiz en la escuela o a deletrear nuestro nombre nos dificulta la admiración de alguien que lo hace con mayor virtuosismo (no así de quien toca la flauta travesera o es capaz de colar una canasta desde el medio del campo), o incluso de pagar veinte euros por un libro que —en potencia— todos tenemos herramientas para escribir. Puedo imaginar que antes y después de por-que-coveroknuestra lectura se publicarán reseñas que hayan entendido el libro de Marcus como una simple apología del experimentalismo. Se trata de un tema muy viejo, y si esas reseñas hipotéticas estuvieran en lo cierto no solo dirían muy poco de Ben Marcus, sino que estarían revelándose ellas mismas como la claque de un tardío descubrimiento del Mediterráneo. El conflicto que plantea el libro, en todo caso, es que no hay conflicto, o mejor dicho, que los términos en que suele plantearse son más propios de una pantomima (1. f. Representación realizada mediante gestos y movimientos sin emplear palabras. 2. f. Farsa) que de un debate intelectual de la altura que sea.

¿Qué necesidad puede tener un escritor como Franzen de defenderse, en este caso, de la literatura experimental? ¿No es esta una forma de crear un muro contra el que proyectar su propia sombra? ¿Cómo es que la literatura va tan a la zaga respecto de las artes visuales? ¿Cómo desmonta Marcus su propia teoría en un comentario demoledor de su novela más reciente? ¿Cómo es que Martín Giráldez puede comparar —no sin ironía— a William H. Gass y a Rafael Sánchez Ferlosio sin que dudemos de las posibilidades de supervivencia de un Ferlosio actual? ¿Acaso caminamos hacia atrás en una playa, borrando nuestras propias huellas por miedo a que alguien nos siga? Los autores de esta broma tan necesaria plantean un interrogante tras otro y con cada pregunta derriban un tótem o un altar.

Hace falta humor, mucho criterio, un poco de mala leche y demasiada valentía para emprender un proyecto como este. Inexplicablemente, el nuevo libro de Jekyll & Jill se devora con la tensión de un relato policíaco que nos invita a preguntarnos qué buscamos cuando leemos; si cuando leemos, buscamos; o sencillamente si leemos. Quizá radique en esta singularidad su eficacia como declaración de intenciones, ensayo literario, divertimento intelectual, ópera bufa o manifiesto político. Sin duda, se trata de un libro arriesgado que no dejará a nadie indiferente, y que, con suerte, nos hará caer en su trampa. De hecho, llevo un rato callándomelo para no alarmar a nadie, pero huelo a humo, veo escombros y escucho gritos ahogados. ¿Soy yo, o he acabado pisando la mina y ha estallado todo por los aires? Creo que al final me he tomado demasiado en serio la propuesta editorial de Gomollón, los textos de Marcus, el de Martín Giráldez y el mío propio. En ocasiones como esta me entusiasmo como un niño, pero solo estoy jugando. En serio.

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