Magistral de Martín Giráldez en Polillas al anochecer

Ubaldo Suárez reseña Magistral  de Rubén Martín Giraldez, en el blog literario Polillas al anochecer.

Bien tediosa imagino que debe resultar la tarea que muchos han emprendido o piensan emprender: la novela, entendida como mera narración, como simple contar. Pasa una cosa, después otras y luego las de más allá… Y hay personajes, que hay que escribirlos como si fueran de carne y hueso. Y un ritmo trepidante, y unos diálogos reales y un final, sorprendente, cuando no sorpresivo; mejor si es una novela de denuncia (mientras vivo de puta madre). Yo pregunto: ¿Para qué? En ciertos momentos de exasperación literaria, y vital, solo es capaz de consolarme la reflexión acerca de los límites del lenguaje. En este caso, una novela, un relato, pueden poner a prueba, en la práctica, cuáles son; si se puede estirar el lenguaje, o aplastarlo, o quebrarlo hasta romperle el espinazo, hasta que pierda esa condición elástica propia y yazca, deformado, a nuestros pies (figuradamente hablando). Pero no hablemos de Joyce, hoy.

A esto, uno no puede sino preguntarse (sí, otra vez) si esos límites lo constituyen, en exclusiva, la legibilidad, la comprensión del lector. Si un texto es incomprensible, ¿es texto? No hay lenguaje privado, como decía Wittgenstein: el lenguaje implica comunidad lingüística. Un texto meramente fónico (poemas los hay, precisamente se denominan poemas fónicos, fonéticos o fonetistas, véase Dadaísmo; también he leído que se llama letrismo) sería una sucesión de grafemas correspondientes a ciertos fonemas. Incluso aquí no podríamos liberarnos de ciertas normas o usos establecidos.

En cualquier caso, hay grados, y sin necesidad de hacer irreconocible e incomprensible el idioma que empleemos, sí que me parece valioso, especialmente en esta época de saturación de la comunicación política y comercial (cuando no son lo mismo: la poliganda), la experimentación, la neologización, la patada en el culo a las frases hechas, a los tópicos y a los relatos prefabricados, a las storytellings de los siniestros hombres y mujeres de chaqueta y calzado caro, hombro con hombro, boquita a boquita, con los políticos profesionales, promocionando la insania, la locura, la mezquindad y la sangre derramada gorgoteante. En definitiva, aprecio a quien se decide a voltear el lenguaje, volverlo de adentro hacia afuera, travestirlo, burlesquearlo, carnavalearlo un rato más que sea. Total, la vida son dos luciérnagas. Tal es el caso de Rubén Martín Giráldez y su Magistral(2016).

Aquí aporto una reflexión no contrastada: los creadores y propagadores de mentiras suelen ser inteligentes en sus falsas deducciones, hábiles en enmascarar los non sequitur, procaces en las taimadas asociaciones, pero rara vez inventan lenguaje. Normalmente lo laminan, lo podan y lo castran, lo recubren con un excipiente que lo reduce al mínimo. Su único éxito popular en nuestro país, que yo recuerde, reconozcámoslo, es feminazi, una contradicción en términos, quizá equivalente a ecologintaminante o judinazi, pero vale. Los mentirosos quieren que la gente entienda mal el mundo, pero que los entienda bien a ellos. Por tanto, la imaginación es malvenida en el territorio del marketing y de la propaganda salvo la manufacturada por los crueles pastores de los resentidos y confundidos. La inteligibilidad lo es todo cuando se trata de seducir a tribus de humillados y ofendidos aferradas a ritos primigenios comunitarios.

 

Es en este contexto en el que creaciones como Magistral devienen oportunas, como si su protesta contra el adocenamiento lingüístico y literario fuese también la excreción de un malestar social del que, si fuéramos estructuralistas de pro, ni el mismo Martín sería consciente. Es quizá, puestos a emplear la imaginería que me queda, el Zeitgeist de nuestra época: una fulgurante confusión política junto a un no menos creciente vaciamiento y aplanamiento del lenguaje. Políticos, publicistas, periodistas y los escritores vargallosistas, entre otros, han dejado el lenguaje hecho una papilla inmunda, como las que esquivamos en el último momento en la calle un sábado temprano. El valor de la herejía y de la disidencia, la oportunidad de la blasfemia se me hacen evidentes. No solo en el plano literario.

Digamos que Magistral es novela. Tiene en cada parte un orador que le habla al lector, que le exhorta, le impreca y le zahiere a cada rato con la misma intensidad que se flagela a sí mismo. Es un monólogo con aire de subsuelo. Es también soflama y reflexión frenéticas, crítica y lapidación. Es una serpiente retorciéndose en la charca, el metal de un florete que vibra con nota siniestra mientras te cae encima la campana de la iglesia. Es una vibración que te acompaña aunque hayas arrojado el libro para solaz del cachorro al que le están saliendo los dientes o prestado al enemigo más cercano para que comparta tu sufrimiento. Lo difícil hiere, qué se le va a hacer.

Cuando apareció Magistral, los últimos escritores murmuraron algunas intenciones de mejora sin garantía real, pero ya sabemos que las promesas se cubren unas a otras igual que caballos, claro. Los mismos que saludaron mi publicación primera cayeron mientras escribían lo último que iban a escribir: ese saludo. Hay que reconocer que un saludo que lleva consigo su conclusión es de una elegancia que roza lo supremo por la parte de arriba y es digno de superloas; lo he tenido siempre en cuenta cuando después me he visto obligado a escribir para hacer daño y delatar bardólatras. Los pocos escritores posteriores no son mis epígonos sino mis clownesas. Vosotros, escritores incapaces de la idea propia personal, sibaritas del fracaso, a la espera de ser polinizados, receptivos sin saber que toda vuestra actitud motiva la contracepción de cualquier posibilidad de arte. Demasiado abiertos, seguramente tenéis alguna fe en que algo fecunde el excremento que depositáis aquí y allá, protegido a veces por la deyección previa de otro autor -de vuestra deyección no puedo negar que sí sois autores, claro, vaya si lo sois, ¡y de los mejores!, premio al mejor creador-. (Pág. 29)

Este idioma está maldito, este idioma está débil, este idioma está difícil. Este idioma nuestro tiene lo que se merece: nada y gente sin ambición. Manantiales de falta de ambición. Aquí paz y después pereza. ¿Te sigue pareciendo una insensatez mi ocurrencia de tomar al asalto otros idiomas, hacerlos pasar por el nuestro? ¿Y qué hacer con el residuo castellano, aparte de jabón para cadáveres? ¿Quién va a preguntarse por ello?, si lo hemos rebajado de tal modo que se puede mezclar en cualquier brebaje, por insípido que sea, y echarlo en el abrevadero de cualquier animal; si gracias a todos el castellano es como la base de un cóctel. Se puede hacer rápido y sin contratar al mercenario más silencioso, confiad en mí, el castellano literario es la angostura de los idiomas, puede estar ahí sin que nadie lo advierta. Se puede hacer rápido y hasta con cascabeles, si se quiere. Se puede hacer rápido, con cascabeles, mal y hasta sin querer. A lo mejor hay que replantearse el idioma. A juzgar por el uso que hace de él el escritor español, no parece que vaya a importarle demasiado que desmantelemos por unos días la función de la lengua. Total, para llegar al fondo de un tarro que es para lo que la usa, se basta con los dedos. (Pág. 50)

Pero no solo del lenguaje versa esta obra, la cosa no queda ahí: también del papel del escritor en este circo, y del crítico, y del lector, que muchas veces creen estar recogiendo flores perfumadas de arte y de literatura y lo único que están haciendo es restregarse la cara con pañales cagados. Todo muy pertinente aunque nos moleste. O, más bien, por ello.

Puede que en vuestros libros haya espacio y pastitas para todos, pero aquí no. Soy consciente de que un imperio sin filisteos no es un imperio. Sea. No necesitáis ni un solo autor más preocupados de complaceros que de escribir. Escribir no es una labor diplomática. No debería haber lugar para la amabilidad en la novela, quien se pierda que se enfurezca, que para eso estamos rellenos de sangre y o de cacahué. La dificultad no la constituyen ciertas clases de lenguaje, sino el lenguaje en sí. De lo oracular a lo vernáculo. (Pág. 77)

Es por tanto una obra que no recomendaría a casi nadie. Por tanto, la recomiendo al público minoritario que se interesa, aunque sea a ratos (tras una mala siesta, o en un momento inaudito de percepción de la propia soledad, o paseando al gato), por todo lo que he escrito antes. Si quieren una novela de buenos y malos de la que se pueda hacer una película, pasen de largo. Si quieren una novela con un adjetivo detrás, sáltense esta entrada, o el mismo blog. No será por blogs ni por novelas… Tampoco les hará especiales, ni mucho menos mejores. Pero hará pensar a los/las que, de todos modos, ya quieren pensar.

Si yo fuera escritor, podría llegar a obsesionarme con Magistral. Como probablemente tampoco sea crítico literario, la reseña ha quedado así.

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