Entrevista a Paco Inclán en Bestia Lectora

Tes Nehuén entrevista a Paco Inclán en Bestia lectora con motivo de la publicación de su libro Dadas las circunstancias:

Paco Inclán: «Viajar también es un estado de consciencia»

Converso con Paco Inclán sobre su libro «Dadas las circunstancias» publicado en Jekyll & Jill.

Entrevista con Paco Inclán
El poeta Roque Dalton, la huella del Che Guevara, el esperanto y un par de historias de encuentros y desencuentros caben en Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill), un libro fabuloso en el que Paco Inclán ha trabajado la huella de las pasiones mediante el viaje y la pregunta latiendo en las fronteras —las geográficas y la que divide ficción y realidad—. Conversar con él sobre su manera de mirar y entender el mundo es un regalo para mí, porque me parece uno de los tipos más lúcidos en el campo de lo literario. Un regalo que él me hace y que yo lo extiendo a quienes gustan de abrir los ojos para entender lo que aparentemente no tiene doblez, porque con Inclán descubrirán que todo es susceptible de ser mirado y encontrado desde otro ángulo.
P—¿Qué es el viaje y por qué viajamos?
R—Hace mucho escribí que el viaje más largo en kilómetros que puede hacer una persona es regresar a sí misma por el otro lado. Creo que solo lo leyó mi amigo Pepe Bernabé, pero me lo recuerda a menudo. Hay muchas maneras de viajar, tantas como viajes. Desconozco por qué viajan los demás. Yo lo hago para escribir, escapar de rutinas, imaginarme que soy otro en otro lugar. Aunque tampoco hay que irse muy lejos para ello, viajar también es un estado de consciencia. Llevo un tiempo paseando por el barrio que hay enfrente de mi casa. Solo tengo que cruzar una avenida. Y es un viaje con el que también puedo escribir, escapar e imaginarme otro.
PDadas las circunstancias no reúne las características para ser un ensayo ni un libro de viajes ni un libro de relatos, pero es todos esos géneros a la vez. ¿Cómo lo concibes tú?
R—Dejo que sea cada lector el que decida cómo quiere acercarse a las historias del libro. El otro día mi amiga Águeda Forés me comentó que las había leído como un estudio de casos de proyectos de gestión cultural. Me pareció estupendo. Yo me digo que escribo textos. Obviamente, hay autobiografía y crónica en el sentido que escribo sobre situaciones vividas en lugares que he visitado. Pero también intento contar qué hay más allá de lo que se percibe a primera vista. Me parece interesante la definición de lo real maravilloso de Alejo Carpentier, donde la fantasía se integra en la realidad como iluminación favorecedora de sus inadvertidas riquezas y ampliación de sus escalas. El formato híbrido me da mucha libertad creativa, la escritura es el territorio donde más libre me siento, no tengo que rendir cuentas a nadie. Y una vez publicados, la interpretación de cada texto pertenece a los lectores. No es una frase hecha. En el grupo de lectura que coordino en Bombas Gens he conocido de cerca el poder de buenos lectores y sobre todo de buenas lectoras para transformar y completar lo leído con sus sensibilidades y percepciones particulares. Resulta fabuloso.
P—Lo real maravilloso pretende actuar sobre la realidad a través de esa epifanía. ¿Te propones tú algún tipo de cambio favorecedor en el mundo de las ideas?
R—Intento transmitir una idea fascinante del mundo y del encuentro con los demás, con sus obsesiones, anhelos y contradicciones. Amo a todos mis personajes, sientan o piensen de manera diferente a mí. Me dedico a observar, imaginar y contar. Con esta premisa, intento transmitir universos delirantes que provoquen goce a los lectores, ese es el objetivo, creo. Si le quitamos toda la parafernalia que rodea a la escritura, solo puedo decir que intento pasármelo bien escribiendo, aunque también lo sufro en alguna parte del proceso, y que el lector disfrute del resultado. Para mí la epifanía es conectar con un lector o una lectora, que sean cómplices de mis historias, que les despierten alguna emoción, incluso que se apropien de ellas. Cuando pasa eso, resulta mágico. Y me doy por satisfecho.
P—¿Qué te interesa del ensayo y qué de la ficción?
R—Del ensayo me interesan los datos, las fechas, la documentación, la bibliografía. No invento nada sobre estos asuntos, todo se puede verificar. Disfruto mucho con el hallazgo de hechos históricos que me servirán para iniciar una misión, que es como llamo a las investigaciones que son el punto de partida de mis textos. Casi todas mis historias empiezan con esa motivación investigadora pero me permito que el lector me acompañe en el fracaso de mis pesquisas. No me salen textos académicos, rígidos, asépticos. Tampoco acabo de sentirme a gusto con la ficción pura, no sé sentarme en mi escritorio a inventar historias, necesito de contextos reales para crearlas. No escribo para evadirme de la realidad sino para reconstruirla, me gustó como lo dijo Menéndez Salmón en su reseña de Dadas las circunstancias. Quizás por eso escribir me cueste tanto: es un proceso que requiere de muchos viajes, lecturas, anotaciones y tiempo mirando al techo. Recurro a la imaginación pero considero que lo que imaginamos también forma parte de nuestra experiencia, no es algo ajeno. Para mí imaginar es cuestión de supervivencia, un espacio de libertad y eso influye en mi vida, tiene su peso. La imaginación me interesa para introducir percepciones que pasarían desapercibidas en una observación superficial de la dimensión que consideramos realidad, que por otra parte también es inventada: cada uno la interpreta como quiere. En este sentido, no confronto realidad e imaginación, las integro en un mismo plano. Convivo con ambas y nos llevamos bien.
P—¿Por qué Dadas las circunstancias?
R—Primero apareció en uno de los textos y cuando lo releí pensé que podría funcionar como título. Al fin y al cabo, el personaje-narrador está sujeto a las circunstancias en todas las historias, las decisiones que va tomando dependen en gran medida de lo que le va sucediendo. Como la vida misma.
P—¿Eres un viajero que desprecia el turismo?
R—También practico el turismo, las últimas veces en Alcoy y Segovia, me encantaron. Sin embargo, para escribir sobre lugares, personajes e historias sí que necesito sentir que viajo sin brújula, sin tiempo ni guías, dejándome llevar por los acontecimientos. Cuando hago turismo, me relajo, busco descanso. Cuando viajo, busco que sucedan cosas, meterme en líos. Y si no aparecen, los provoco. Cuando voy de turista busco el placer. Cuando viajo, estoy dispuesto a sufrir por una buena historia. Cuando voy de turista, estoy de vacaciones. Cuando viajo, escribo. Y no importa que sea en Bután o en el barrio que te comentaba antes.
«Dadas las circunstancias» de Paco Inclán (Jekill & Jill)
P—Viajamos con el objetivo de conocer sitios, con destinos fijados, pero el planteo del libro es más bien ir en busca de lo que aún no se ha escrito, de lo que no aparece en las guías. ¿Te propusiste escribir contra la manera en la que nos enfrentamos a la idea del viaje?
R—Necesito conocer los sitios sobre los que escribiré, por eso la idea del desplazamiento está integrada en mi escritura. Y sí, en los textos propongo un viaje abierto sin planificación ni expectativas. Uno debe soltar amarras, ir con todo, integrarse lo máximo posible en el lugar visitado. Es mucho más enriquecedor viajar así, pero también mucho más cansado. Yo lo hago porque son las historias sobre las que me interesa escribir. El viaje que propongo es principalmente con el lenguaje. Puedes vivir una historia tremenda pero lo importante cuando la escribes es cómo vas a narrarla. Mi viaje es semántico, con las palabras construyo espacios, personajes, situaciones para que los lectores me acompañen con la escritura a ciertos lugares. Cuando escribo sentado en el sofá también es como si estuviera viajando, aunque ya no me centro en el viaje en sí sino en cómo contarlo. Que un viaje haya resultado interesante no garantiza que salga una buena historia.
P—¿No te da miedo que la ficción se coma toda la investigación? Me refiero a que los lectores puedan interpretar tus obras como un gran desvarío sin tomarse el trabajo de contrastar la información…
R—Al contrario, intento que la naturaleza de los textos sirva para acercar a los lectores cuestiones que me resultan interesantes. Investigación y desvarío son compatibles. El desvarío me sirve para desmenuzar la investigación que se sustenta en información verificable. Muchas veces las investigaciones que leo son tan asépticas que se pierden matices que las enriquecerían. Por ejemplo, me interesa la antropología pero no esa que muestra sus resultados con esquemas, estadísticas y gráficos. Por otro lado, son cuestiones tratadas muchas veces en obras endogámicas que solo son consultadas por especialistas y duchos en la materia. Con el desvarío que comentas, intento expandirlas, provocar el interés en un público más amplio. El otro día una pareja de amigos me comentaba que la lectura del texto sobre el museo del esperanto les había llevado a profundizar por su cuenta sobre lenguas artificiales. Otro amigo me comentó que tras la lectura de Incertidumbre buscó más información sobre psicogeografía. Me encanta cuando sucede esto.
P—¿Qué riesgos supone flirtear tanto con el recurso de la ironía?
R—Que no haga gracia, supongo. O no llegar o pasarse de gracioso. Con el humor literario pasa algo curioso, está tan infravalorado como sobrevalorado: se supone que no goza de muy buena consideración pero al mismo tiempo es empleado como recurso de márquetin en las contraportadas de muchos libros que luego no son tan divertidos como prometieron. Hacer reír con la palabra escrita es complicado, hay que darle muchas vueltas para ver en qué momento meter cierta escena, dónde cierto comentario… y mejor si es un humor sutil, irónico, que no se note que el escritor tenía la intención de hacer reír, como que le ha salido una gracia sin darse cuenta. Paradójicamente, para eso hay que hilar muy fino.
P—Cuando entrevisté a Marcos Giralt Torrente me dijo que le gustaría incorporar más el humor en su narrativa, para que quien escribe sea más parecido a la persona que escribe, a él mismo. ¿Se parecen en tu caso el escritor y el hombre, y me refiero a la forma de entender y jugar con el humor?
R—Sí, el humor forma parte de mi vida, aunque embadurnado con una capa melancólica. Cuando viví en Dublín me sorprendió la forma que tenían de cantarle a las derrotas, celebrarlas. Tiene algo de eso el humor que me hace sentir arropado, el de la alegre melancolía que me transmitió Irlanda. No hace falta que el humor me haga reír necesariamente, pero sí que me invite a pensar. Por otro lado, deberíamos relajarnos, que hubiese más risa y cachondeo, no tomarnos tan en serio. Pienso mucho en la muerte, cuatro o cinco a veces al día, y eso también me ayuda a tomarme la vida con optimismo. Estamos aquí para pasar un rato, así que mejor si podemos hacerlo de manera aligerada, sin muchos rollos. Siempre habrá circunstancias que intenten desviarme de esta convicción. Pero el humor también es una forma de militancia. Hay que lucharlo.
P—Las contradicciones humanas, el desperdicio de oportunidades, son algunos de los temas reincidentes en tu obra. ¿Una obsesión con la insistencia del daño?
R—Me interesa la vida en su plenitud y eso incluye reconocernos como seres vulnerables y con propensión al fracaso. Nos hemos inventado una sociedad en la que parece que tenemos que estar todo el rato fuertes, a tope, sin dudas. Y todos, también yo, participamos de eso. Cualquier charla es ahora una master class, si eres director de algo añades «general» que parece que tiene más pompa. Cuando todo es premium ya nada lo es. Cuando disimulamos nuestras flaquezas y contradicciones nos estamos perdiendo una parte de nosotros que también tenemos derecho a disfrutarnos, no debería resultarnos dañino ni doloroso. Por eso de vez en cuando me encanta regalarme un curso de clown con Los Hijos de Augusto, me ayuda a reírme de mis propias debilidades y torpezas. Me interesa escribir sobre los tropiezos, lo que no salió, los besos que no dimos, los lugares a los que no llegamos, los caminos que no tomamos, las becas que no nos dieron. Todo eso da mucho juego narrativo. Con Víctor Gomollón hablamos a veces de un libro que se llamase Confort donde todo estuviese bien, un viaje a las islas Seychelles con comida exquisita, hotel perfecto, playas paradisíacas, camareros amables, días apacibles de descanso. ¿Qué literatura saldría de ahí? Es otro reto. Si alguien me paga un viaje a las Seychelles, me ofrezco encantado para intentarlo. Solo necesitaría diez días.
P—Entre Incertidumbre y Dadas las circunstancias ¿cuál es la diferencia en la propuesta de escritura?
R—Creo que con Dadas las circunstancias hay un propósito más ensayístico en algunas cuestiones, como con las lenguas artificiales, Plutón como planeta enano, la biografía de Arnau de Vilanova… pero luego se me escapa el personaje y me recreo en la narración detallada de mis investigaciones malogradas en las que acontecen peripecias con escritores enanos checos, dobles del Che, nietos de Pancho Villa y postres sirios. Al final siempre me acabo alejando del tono ensayístico que tomé como punto de partida. Estos días de confinamiento he intentado escribir reseñas sobre libros que significaron mucho para mí y he acabado metiendo esos libros en historias que imagino. No tengo remedio.
P—¡Una maravilla! La fábula te supera. Y en medio de esa indagación, ¿por qué quisiste empezar por Dalton?
R— Su biografía me resulta fascinante y también su poesía, ambas están vinculadas. Era altanero, contradictorio, bullanguero en una atmósfera, la comunista, en la que ese tipo de actitudes eran consideradas osadas y sospechosas. Dalton estuvo además en lugares que me interesan como territorios literarios: México, Cuba, Corea del Norte, El Salvador, Checoslovaquia, la Unión Soviética… Visitar la taberna praguense donde él concibió su poema más conocido era una idea que me sedujo durante años. Son esos proyectos que mantengo vivos hasta que puedo realizarlos. Decidí empezar el libro con ese homenaje a Roque Dalton porque era una historia de largo recorrido, insertada en mi propia biografía. La idea es recrear la atmósfera que él describió en su poema «Taberna» cincuenta años atrás. Es de esas historias que me dejan huella, resultado de viajes, lecturas y notitas sueltas en servilletas que perdí luego. La de las lenguas artificiales es otra de ellas.
P—A Julián del Casal yo tuve que googlearlo. ¿Me recomiendas por dónde empezar a leerlo?
R— No sé si me atrevería a recomendártelo. De Del Casal me atrapó su historia paradójica de poeta melancólico que muere de un ataque de risa. Pensé que era el arranque perfecto para viajar de misión a La Habana: buscar el contenido de aquel chiste homicida a sabiendas de que no iba a encontrarlo. Me interesaba contar Cuba desde un lugar distinto al que estamos acostumbrados y la muerte de risa de un poeta decimonónico de versos tristes fue el punto de partida. Dicho esto, por responderte: me leí partes de un libro que recoge su poesía completa y prosa selecta. Recuerdo que hubo un texto que me gustó mucho, El amante de las torturas, sobre un hombre que se recorre las librerías de La Habana en busca de libros raros.
P—Morirse de risa parece una manera aceptable de irse. Ya que vamos a tener que enfrentar esa circunstancia que sea con goce. ¿Hay algo de eso en tu fascinación por este personaje?
R— Para narrar la muerte de Del Casal pensé mucho en la circunstancia que rodea al acto de morirse de risa y no creo que sea la mejor manera de hacerlo. Debe ser bastante desagradable, un momento aterrador de mucha histeria e incomprensión. Puestos a elegir, preferiría morir durmiendo, como Javier Krahe. Mi interés por afrontar la muerte de risa de Julián del Casal era el de recorrer La Habana. Las investigaciones que acometo son una excusa para salir de casa. Son historias que me mantienen vivo, motivado, en alerta.
P—Aparte de los personajes que aparecen en el libro, ¿qué autores o autoras te han marcado o te han ayudado a encontrarte como escritor? ¿Podrías recomendarnos alguna lectura?
R—Leo un poco de todo, de manera aleatoria, quizás porque muchas de mis lecturas están relacionadas con lo que escribo. Siempre cito El antropólogo inocente, de Nigel Barley, lo cito tanto que parece que sólo me he leído ese libro, pero lo cierto es que me ayudó mucho a encontrar la voz desde donde quería narrar. De Alejo Carpentier leo y releo párrafos sueltos, fascinado por su precisión estilística. Por mencionar lecturas más recientes: La boca pobre de Flann O’Brien; la biografía de Arthur Cravan de Maria Lluïsa Borràs o Distraídos venceremos de Andrea Valdés, un rico ensayo que se adentra en territorios literarios tan escondidos como extraordinarios. Otro libro que me ha sorprendido últimamente ha sido El koala asesino de Kenneth Cook. Hay un relato, «Cien botellines», que me hizo reír, literalmente. Va de dos clientes en un bar del interior de Australia que apuestan a que otro cliente puede beberse cien botellines de cerveza del tirón. Muy divertido. Aunque esto de leer va según gustos y momentos: cada lector es diferente y cada lectura también lo es.
P—¿Qué opinión tienes de la literatura contemporánea?
R—Estoy tentado a contestar algo pero creo que opinar está sobrevalorado, lo cual paradójicamente también es una opinión. Me resulta liberador no tener que opinar de todo. Debería ser yo quien te preguntara a ti en este caso, que desde tu atalaya de la Bestia Lectora tienes una visión mucho más amplia sobre literatura contemporánea. Creo que es necesaria tu labor de descubrirnos nuevas lecturas, de explorar que hay más allá de campañas de márquetin y otras cuestiones ajenas a la literatura. Aprovecho para mencionar a otros autores que también se dedican a estudiar y reflexionar sobre el tema, como Vicente Luis Mora en La huida de la imaginación y Violeta Ros Ferrer en La memoria de los otros. Prefiero remitirme a quienes os dedicáis a ello con mayor esmero.
P—Da la sensación al leerte de que toda búsqueda siempre es interrumpida por un hecho nimio que evita que lleguemos al final. ¿Lo importante siempre es lo que está a punto de suceder?
R—Me interesa narrar el proceso de una historia, entretenerme en detalles que aparentemente no tienen importancia. La literatura que me gusta es la que engrandece esos hechos nimios, lo que no se ve o no se percibe a simple vista. Cuando me propongo un objetivo para narrar una historia solo es una excusa para empezar a investigar, caminar e imaginar. No me interesa tanto encontrar lo que salgo a buscar como contar qué sucede mientras lo busco. Quizás por eso no me interese tanto el final como lo que va sucediendo o lo que está a punto de suceder. Lo que narro es el «mientras tanto», que durante un tiempo fue un posible título para lo que acabó siendo Dadas las circunstancias. Digo que salgo en busca de algo que solo sabré qué es cuando lo encuentre. Lo importante es saber detectarlo cuando aparezca, tener esa intuición. La realidad siempre nos desborda, estábamos pensando en montar un festival y nos sobrevino una pandemia, por ejemplo. Mis historias requieren de contrariedades, que tomen un devenir que no estaba previsto. Recurrir al azar es una estrategia en todo esto. Además, por concluir, me interesan las historias que terminan pero no acaban. Finalizado el cuento, prosigue la vida, irremediablemente.
P—Una forma también de ir contra la literatura moralista o que elabora un camino cerrado que empieza y termina casi en el mismo lugar.
R—Exacto, huyo de moralejas. Prefiero que cada lector extraiga sus propias conclusiones.
P—Si te pidiera que te definieras dentro de una generación, ¿cuál sería? No me refiero a la temporal sino a la estética, a la época de escritura con la que sientes que encajas mejor.
R—No lo sé la verdad, no he pensado en eso. A mí lo que me da placer es practicar la escritura como oficio, encerrarme tres días en un hotel de Almuñécar con la antepenúltima versión de un manuscrito. Rehúyo de la solemnidad en la que suele enmarcarse la literatura. A veces trato de imitarla pero no me sale. Todavía asisto a las ferias del libro con la sensación de ser un intruso con afán de vivir aventuras, colarse en fiestas para robar canapés que son gratuitos, ensoñar que lo traducen al polaco y conocer a escritores coreanos obsesionados con pingüinos. Imagino que en todas las épocas ha habido escritores que tuvieran esa misma sensación. Me identifico con ellos, son una generación transversal en el tiempo.
P—¿Qué querías hacer con este libro? ¿Lo has conseguido?
R—Cuando uno decide mostrar lo que escribe es para que lo lean el máximo número de lectores. Dadas las circunstancias ha salido durante una pandemia de carácter global y ahora está en búsqueda de los lectores y las lectoras que conectarán con su contenido pero todavía no lo saben. Estamos en ello con Jekyll & Jill. Poco a poco, el libro va sumando nuevos cómplices.
Entrevista con Paco Inclán