Entrevista a Paco Cerdà y Paco Inclán en Verlanga

Rafa Rodríguez  entrevista a Paco Cerdà (El Peón, Pepitas de calabaza, 2020) y a Paco Inclán (Dadas las circunstancias, Jekyll & Jill, 2020) en la librería Ramon Llull de Valencia para hablar de sus nuevos libros. HOY en Verlanga.

Paco Cerdà y Paco Inclán, cuando los márgenes son el centro


Paco Cerdà y Paco Inclán. Foto: Saz Enif.

Paco Cerdà (Genovés, 1985) y Paco Inclán (València, 1975). Los dos acaban de publicar nuevo libro. Cerdà, su cuarto, El peón (Pepitas de calabaza); Inclán, su séptimo, Dadas las circunstancias (Jekyll & Jill). Los dos estudiaron Periodismo, no tienen whatsapp personal y las redes sociales les producen alergia. Los dos escriben muy bien, muy muy bien. Los dos han sido editores, Cerdà en La Caja Books; Inclán en Bostezo. Los dos presentan sus nuevas criaturas este mes de marzo, en la Libreria Ramon Llull (donde quedamos para hablar con ellos), Cerdà el jueves día 5, Inclán el sábado 28.

El peón es un banquete de historias de bocados selectos.

Dadas las circunstancias es el viaje organizado ideal, siendo todo lo contrario.

El peón gira en torno a un año, 1962; una partida de ajedrez, Arturo Pomar vs Boby Fischer; dos países, España y Estados Unidos; y muchas vidas que rescatar, de la escritora Dolores Medio al soldado George Fryett, de Salvador Barluenga el estudiante de medicina que robó un retrato de Franco al activista negro Robert F. Williams.

Dadas las circunstancias nos lleva, mapa incluido, a Praga, con parada en un planeta enano y en un escritor con acondroplasia. También a Llodio, a la búsqueda de Goyo, un pintor que habla el erromintxela (euskera + romaní), seguramente el último. O a Veracruz, a la proyección de un documental sobre el vínculo inexistente que tuvo Pancho Villa con aquel lugar, sí habéis leído bien.

Los dos libros hacen zoom a lo(s) fuera de foco, a la periferia de la historia, con y sin mayúscula, convirtiendo los márgenes en el centro. Jaque mate a los lugares comunes.

Contáis historias que de no hacerlo vosotros igual no lo haría nadie.

Paco Cerdà: Personalmente, como periodista, lo que me ha interesado siempre ha sido la historia minúscula, la persona que en principio no tiene relevancia para aparecer en la portada de un diario, esa persona que tiene una enfermedad muy rara y las dificultades que comporta vivir con ella o esa otra que ha sido indocumentada toda su vida y es un apátrida… la historia que recuerdas cuando acabas de leer el periódico. Siempre me ha interesado lo anecdótico que es lo que da sentido al conjunto, y que es lo más interesante desde el punto de vista periodístico y, también, narrativo. No sería tan pretencioso de decir que si no lo contara yo no lo contaría ninguno, pero puede que la manera de abordarlo sí tenga un punto original. Y esto ocurre en El péon. A partir de un mismo hilo conductor, la metáfora del peón, hablo de personas minúsculas que han sido utilizadas a lo largo de la historia por un régimen político o por una causa, sea la que sea, del fascismo al comunismo, del maquis al Black Power, de un jugador de ajedrez como Arturo Pomar utilizado por el NODO y por el franquismo a otro jugador, de talento inconmensurable, como Bobby Fischer utilizado por el gobierno de Estados Unidos en la Guerra Fría de una manera obscena.

Paco Inclán: Sí, se trata de buscar un punto de vista original. Por ejemplo, yo voy a Cuba y no hablaría del comunismo, en Jamaica no lo haría de la marihuana, en México de la violencia. Se trata de darle la vuelta a lugares que ya están muy estereotipados e intentar narrarlos desde otro lugar. Es que si no, acabamos siempre hablando de lo mismo. Yo que he vivido mucho en México, cada vez que veo la imagen que se representa aquí…joder, a mí nunca me ha pasado eso, ni lo he vivido así, ni la gente que conozco está en eso. Que no es cuestión de ignorar esa realidad, pero tampoco que sea la realidad que se imponga.

PC: ¿Y eso lo haces más pensando en el lector o en ti?

PI: Me interesa a mí. Buscar esos lugares que no son narrados. Pero también hacerlo de cara al lector. Y como dices tú, Paco, me interesan mucho los personajes anónimos, corrientes, las rarezas de la gente cotidiana, la microhistoria.

PC: Los márgenes, ¿no?, en definitiva.

PI: Sí, lo que pasa es que cuando la gente nos habla de márgenes, lo que consideran como tales para mí es muy centrado.

PC: Sí, sí, eso está claro.

PI: Yo tengo una anécdota sobre esto muy esclarecedora. Llego a un poblado pequeño colombiano, después de un trayecto de muchas horas, salen a recibirme, y le digo a una señora que hay que ver lo lejos que están y ella me contesta “¿lejos de dónde?” Ella consideraba que estaba en el centro, que el centro no era ni Bogotá, ni Europa… Claro, te cuestionas dónde ubicas el margen y el centro.

PC: Exacto. Dile, por ejemplo, a Pedro Sánchez Martínez o a Caracremada, dos maquis de los que hablo en el libro, que ellos estaban en el margen cuando han dedicado toda su vida a combatir el franquismo. La reflexión de esa mujer colombiana que cuentas está muy bien. Al final es la óptica desde la que mires. Y en mi caso, lo que he intentado es mirar al poder desde abajo, desde la figura del peón. Cómo ese sacrificio que hicieron de su vida por luchar por una causa colectiva les afectó después. Prisión, exilio, muerte, rupturas familiares… y cómo a pesar de eso muchos lo hubieran vuelto a hacer porque no entendían su vida sin esa entrega.

¿Por qué os interesa más la realidad que la ficción?

PC: Porque soy periodista. Mi campo de trabajo siempre ha sido la realidad, las personas que la protagonizan, los hechos que suceden, el contexto en el que se mueven… Me interesa mucho conocer qué ha pasado a lo largo de la Historia, o en el presente. Me parece más interesante que fabular en escenarios parecidos. Eso implica mucho más trabajo. En El peón ha supuesto una documentación brutal. Si quería que fuera una historia de no ficción, o real, con pulso narrativo, me obligaba a ir poniendo detalles que para poderlos verificar me costaba mucho. Saber si la luna estaba en cuarto creciente para poderlo decir, saber si hacía frío en la prisión, saber si la chaqueta que llevaba alguien tenía cuatro botones o no… Puede parecer una tontería y una nimiedad, pero creo que es lo que da profundidad a la lectura y al mismo tiempo la hace digerible, y también más periodística, más crónica.

PI: Yo considero que no me ciño, 100%, a lo real. Desde el primer libro se me ha preguntado mucho cuánto de verdad y de mentira había, pero es que al final no me acuerdo. En ese sentido, trabajo un poco más desde la ficción, o desde la exageración de hechos reales, o a no limitarme solo a lo que veo sino también a lo que podría estar viendo. Mi intención en mis relatos es que, al final, dé igual lo que es real y lo que es imaginación. El otro día me pasó algo interesante. Me escribió una persona que se había leído el libro, pidiéndome la dirección de una de las protagonistas pensando que no existía. Pero sí existía. Y me dijo “Me acabas de engañar con una verdad”. Yo, al final, lo que intento es jugar, no es crónica periodística, pero tampoco es ficción 100%. Sí es cierto que en Dadas las circunstancias he introducido cuestiones más cercanas al ensayo, que es algo que cada vez me interesa más, como las lenguas artificiales o la figura de Arnau de Vilanova. Hay un tratamiento más desde la investigación o la documentación, aunque luego inevitablemente me sale ese personaje que se acaba metiendo en follones vinculadas a esos temas. Entre lo que veo y lo que invento surge una dimensión en que realidad y ficción no me importan. Estudié, también, Periodismo, y necesito ese poso de realidad, pero al final decidí alejarme de ella y de la objetividad. Pero no sé crear, desde mi casa, una ficción. Si tengo que narrar algo sobre algún sitio, aunque sea Bután, hasta que no vaya allí no puedo hacerlo.

¿Cuánto hay en vuestra escritura de emprender un camino sin saber con seguridad hacia dónde se dirige y lo que va a pasar?

PI: Yo, en un primer momento, no sabía que iba a hacer el libro que hice, pero acabé embarcado en una historia que me llevó a rozar la locura. (Risas)

PC: En mi caso, había quedado magnetizado por la historia de Arturito Pomar a partir de un documental que vi. Me encanta la épica deportiva y el ajedrez es un mundo que culturalmente me interesa mucho, aunque no juegue. Conocí la partida entre Pomar y Fischer y reparé en que en ese año, 1962, hubo cierta convulsión en España por la huelga minera, el contubernio de Munich, el Concilio Vaticano II… y descubrí que en Estados Unidos fue el año de la crisis de los misiles de Cuba, del auge tremendo de la lucha por los derechos civiles, hubo intercambio de espías…Y en un momento determinado pensé que Pomar y Fischer habían respondido a la misma figura de peón para sus regímenes y no sé cuando, pero surgió la chispa de ¿y cuántos peones se movían en otros tableros que no eran el de la partida ese mismo año? Y de una manera, posiblemente innecesaria, absurda y estúpida, me delimité unas normas más férreas que las del ajedrez y me obligué a que todas las historias que contara fueran reales, que se refirieran a España y a Estados Unidos, que hubieran ocurrido en 1962, que estuvieran conectadas a lo largo de la partida de Fischer y Pomar que, también, tuve que investigar.

PI: Normalmente, el objetivo de la investigación en los relatos no me interesa, es una manera de empezar a caminar. Ir a La Habana a buscar el chiste que mató a un poeta en el siglo XIX realmente me da igual, no quiero encontrarlo, lo que me interesa es todo lo que va a ir provocando el hecho de ir a buscarlo. A veces salgo a buscar algo y me encuentro otras cosa. O encuentro un tema que no pensaba que pudiera ser tal.

PC: Además de llamarnos igual, creo que compartimos la curiosidad. Porque a ti en un primer momento aquel chiste podría darte igual, o lo de Arnau de Vilanova, pero al final te acabas obsesionando, cuando hacía dos meses no sabías nada sobre ello y ahora lo quieres saber todo. A mí también me pasa. No sabía nada de James Meredith, el primer universitario negro que rompe las barreras raciales en Estados Unidos, y de repente necesitaba saber cuándo mecanografía la carta en la que solicita su acceso a la universidad, dónde vivía en el campus…

PI: Qué locura, ¿no? (Risas)

Vuestros textos están muy depurados y cuidados. ¿Cómo vivís el proceso de reescritura que, en ambos se intuye muy importante?

PC: Yo no escribo, yo reescribo. Creo, además, que es la parte más divertida de todo el proceso. Escribir es muy parecido a las matemáticas, encaja o no encaja el problema, das una solución o no la das. Hay frases que tienen un ritmo o no lo tienen, hay palabras que funcionan perfectamente o no funcionan, y hasta encontrar esa tecla hay que cambiar mucho, hay que reescribir mucho. Personalmente, es la parte que más disfruto.

PI: Para mí, también, reescribir es fundamental. De hecho, los primeros bocetos de mis relatos me dan vergüenza propia. Escribo primero como a lo bruto, casi sin mirar lo que estoy haciendo porque sé que después empieza un trabajo de podar y esculpir un texto, un trabajo muy arduo. Siempre digo que escribir es aprender a borrarse, que es algo que me interesa mucho, encontrar la esencia. Reescribir es tacharse, algo que me da mucho placer. Descubrir que vas quitando y que la frase va quedando como tú querías. Al final, reescribir es como autoeditarse, en el sentido de ser el primer editor, el primer crítico que se acerca al texto, hay que aplicar una mirada con cierta distancia. Cuando descubres que el texto tiene el ritmo que buscabas es muy placentero.

PC: Diría que hay cuatro unidades: la palabra, la frase, el párrafo y el capítulo. Y en cada momento del proceso de escritura hay que fijarse en una parte de cada una de ellas. Si falla una estás perdido. Si el capítulo es demasiado largo, o el párrafo no tiene ritmo, o…, creo que esas cuatro unidades son básicas y si descuidas una el resultado no es atisfactorio, al menos para mí.

Ambos publicáis en dos de las editoriales más interesantes del panorama literario: Pepitas de calabaza y Jekyll & Jill.

PC: Es un honor publicar en Pepitas. Considero que es una editorial con un catálogo muy solvente, coherente y con mucha identidad a lo largo de los más de veinte años que llevan publicando. Merece mayor consideración de la que tiene en el mercado editorial español. Es una ayuda verte arropado por un catálogo tan potente, tan riguroso, tan interesante, porque de alguna forma cuando tu libro llega a la mesa de un suplemento literario, o de un medio de comunicación,  lo miran con un respeto adecuado porque la editorial es un sello de garantía.

PI: Yo amo a mi editor y a mi editorial, Jekyll & Jill. Es un editor que cuida mucho a los autores y a los libros. Eso es un placer. Es una persona muy paciente, detallista, perfeccionista, que está encima de todo y te acompaña en las partes más desquiciantes del proceso creativo. Es una suerte que una editorial que está trabajando desde un criterio muy personal cuente conmigo. Victor Gomollón publica lo que quiere sin atender a cuestiones no literarias. En ese sentido, tanto Jekyll & Jill como Pepitas son editoriales muy valientes. Primero piensan lo que quieren hacer y luego ya verán como eso se puede rentabilizar.

PC: Yo  no sé si habrá muchos autores de libros a los que en Nochebuena, a las dos de la madrugada, les envíe un correo su editor para hablar de una cosa de un libro. A mí me ha pasado. Es extraordinario. Julián Lacalle no tiene horarios y no duda en destinar todos los recursos posibles a que el proyecto salga adelante. Además, es que el corrector de Pepitas es José Ignacio Foronda, un maestro de la escritura, que tiene un libro magnífico, Días bajo el cielo, y todo el equipo que les rodea, Víctor y Raquel, son muy eficaces y muy buenas personas. Yo no sé cómo será la hoja de excel de Planeta, pero la hoja de excel emocional de Pepitas seguro que la supera.

Y vosotros que habéis sido editores, ¿cómo os lleváis con el vuestro? 

PC: Yo le dije al mío, “ya conoces, Julián, el dicho, nunca sirvas a quien sirvió, ni edites a quien editó”. (Risas) Soy muy pejiguero con la portada, con los colores… y él es también muy perfeccionista. Es una combustión, una explosión de lento retardo.

PI: Me pasa igual. Víctor y yo deliramos en cuestiones muy mínimas como un punto y coma, matices que apenas se perciben, que seguramente el lector no notaría si no se hubiera cambiado. Recuerdo que un día a las tres de la madrugada le dije que las “f” y las “l” se encabalgaban y eso no me gustaba. (Risas)

PC: A mí sí. (Risas)

PI: Ese flirteo entre letras no (Risas), le hice separar un poquito las “l”… (Risas)

¿Qué importancia tiene el ser humano en vuestros textos como generador de historias?

PI: El contacto humano me parece muy interesante. Muchas de las historias de Dadas las circunstancias nacen de vínculos muy estrechos con gente en bares en México, en tabernas en Praga… Me gusta mucho sentarme en un lugar y que empiecen a pasar cosas. Cuando estás con esa predisposición para que ocurran, te van a pasar. A mí, tal y como cuento en el libro, se me ha sentado un tipo en una cantina mexicana y me ha dejado su casa y su coche en Sinaloa. Me interesa mucho narrar desde este contacto humano, que te cuenten historias, el ser humano es fascinante. Salgo a pasear por Torrefiel y pienso que cada persona con la que me cruzo tiene una historia fascinante que contarnos. Yo escribo mucho desde la escucha activa, pero hay veces, también, que hay que volver a la retaguardia y saber cuándo se ha escuchado demasiado (Risas).

PC: Igual que en Los últimos hablé con muchas personas, en El peón quería escuchar a la gente, a la gente de la que escribía. Y por eso, esa preocupación obsesiva por encontrar documentos escritos por ellos, cartas, diarios… porque quería que esas mismas palabras resonaran en su historia.

¿En qué momento dais por cerrada, narrativamente hablando, una historia?

PC: En el caso de El peón tenía la suerte, que es una desventaja, de que eran 76 fragmentos, uno por cada movimiento de la partida que disputaron Pomar y Fischer. Eso sí, cada uno podía tener dos páginas o diez. Pero quería que el ritmo que desprendiera el libro fuera el de una partida de ajedrez, pim pam, pim pam y sostenido. Y que las frases fluyeran y tuvieran tensión en todo el capítulo hasta la siguiente jugada. ¿Cuándo decido que ya está bien? Posiblemente cuando he leído y releído cada fragmento unas diez veces. Entonces lo cerraba y empezaba con otro.

PI: Yo doy el libro por cerrado cuando la editorial me dice que entra en imprenta, porque sigo corrigiendo el libro, incluso, una vez publicado, que me digo… no, por favor, no lo hagas.

PC: Eso sí que es grave. (Risas)

PI: Sí, sí que lo es. (Risas)

ENLACE al artículo