Fábula de Isidoro de Julio Fuertes Tarín en Fantífica

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Sergi Viciana reseña Fábula de Isidoro, de Julio Fuertes Tarín, en Fantífica:

He tardado en decidirme a reseñar la Fábula de Isidoro, lo reconozco. Y es que no tenía claro del todo si encajaba en Fantífica, al menos hasta llegar a mitad del libro. No he tomado la decisión hasta el final, aprovechando una hora de tren con efecto lata de sardinas cortesía de Renfe en la que no pude hacer mucho más que pensar y sudar. ¿Que por qué me ha costado tanto? Porque más que de fantasía, estaríamos hablando aquí de un realismo líquido que se va alejando cada vez más de nuestro mundo. Los pies de barro de nuestra realidad se licuan por efecto del Turia, del Guadalquivir y del Manzanares, pero sobre todo de las cloacas, y toda la absurda solidez de nuestra sociedad se viene abajo. Sin embargo, no se trata de algo repentino, sino que se va dando poco a poco, hasta el momento en el que el lector se ve obligado a plantearse cuánto de lo que está leyendo es real y cuánto no, cuánto es producto de las drogas y cuánto es mero delirio de alguien que las ha consumido durante muchos años.

La respuesta, por supuesto, es que nada es real: es una novela. Pero el hecho de que aceptemos como realistas cosas como que torturen y prendan fuego, vivo, al presidente del gobierno en las primeras páginas del libro nos hace, una vez terminada su lectura, replantearnos la verosimilitud de nuestra realidad. Actos —y reacciones a esos actos— que deberían resultarnos inverosímiles se asumen con absoluta normalidad, y la frontera entre lo real y la fantasía se va volviendo más difusa, sin que consigamos tener ningún referente fijo que nos sirva de faro.

Julio Fuertes Tarín

Julio Fuertes Tarín.

Sin embargo, esa pérdida del realismo no va acompañada de una pérdida de la verosimilitud. De alguna manera, Fuertes consigue dar una sensación de consistencia a lo que es a todas luces un absurdo. Personajes que cambian de nombre sin perder por ello lo que más los define. Lugares que son intercambiables entre sí porque, una vez reducidas a lo mínimo, todas las ciudades parecen iguales, todos los soldados son iguales, todos los inmigrantes son extranjeros y todas las diferencias que usamos como puntos cardinales en nuestros mapas mentales son constructos culturales y, por tanto, accesorios y artificiales.

Ni siquiera se respeta el concepto mismo de narración, gracias a Manolo, una suerte de Cide Hamete Benengeli cervantino que permite ocasionales distanciamientos con el texto, a veces paródicos, a veces metanarrativos, con reflexiones sobre lo que se está narrando. Y es que se supone que la fábula es una transcripción relativamente fiel de la narración hecha por Manolo sobre el Día de los Hechos. De esta manera, no solo el mundo en el que sucede la historia (que se supone que es el nuestro) es cuestionado, sino que la misma novela se pone en duda: si estamos leyendo una transcripción de una narración de algo que pasó, parece bastante evidente que no estamos accediendo a la realidad de los hechos. Y para acabar de lanzar la duda sobre lo leído, los dos narradores, Manolo y el narrador que nos habla, son poco fiables. En varios momentos se nos avisa de que Manolo tiene una ideología determinada, que no tiene por qué ser siempre la misma, y que su interpretación y narración están sesgadas; pero igualmente se nos indica en algunos momentos que el narrador se aparta conscientemente de la versión de Manolo, con lo que se plantea la pregunta obvia: ¿cuántas veces se aparta sin avisarnos? Es más: ¿por qué lo hace?

Fábula de Isidoro - PáginasEn medio de todo ese caos surge Isidoro, lo más parecido a algo fijo en toda la Fábula. Un monstruo, un tipo violento y desagradable, egocéntrico y manipulador, que guía al joven Wynston y a todo el que se va encontrando por el camino en una especie de viaje iniciático a ninguna parte, con un bautismo de ríos contaminados y cloacas incluido. Un personaje mefistofélico, relacionado con la hermética y la cábala, enfadado por haberse perdido el atentado contra el presidente, que podría ser el mismo Demonio disfrutando del principio del fin de los días. Quizás, como cree Manolo, el apocalipsis ya llegó y estamos viviendo en el infierno, solo que no nos hemos dado cuenta. Claro que ¿cómo nos vamos a fiar de Manolo?

Mención aparte merece el librito que acompaña a la novela: La fábula de Isidoro resumida a los niños. Con geniales ilustraciones de Irina Vólkova o, mejor dicho, con más ilustraciones de Irina Vólkova, es exactamente lo que anuncia, una versión supuestamente infantil de la novela, reducida y condensada, con una prosa digna de cualquier librito para niños de esos que ganan premios y gustan más a los padres que a los chavales. Es toda una delicia, y recomiendo leerlo antes y después de leer la novela.

Fábula de Isidoro para niños

La Fábula de Isidoro resumida a los niños.

En resumen, se trata de una excelente novela corta que resulta desconcertante a menudo, pero que mantiene enganchado con su brillante prosa y que recompensa con unos niveles de profundidad poco frecuentes, y todo ello sin pretenciosidades y sin olvidar que, a fin de cuentas, se trata siempre de contar una historia.

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